Psicologia - Psiquiatria ***

 

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domingo, diciembre 31, 2006

Alexitimia, la incapacidad de expresar emociones

¿Si te dijeran que el edificio en que nos encontramos está en llamas, qué harías? «No sé». Esta respuesta, falta por completo de apasionamiento, podría ser la de una persona que sufre alexitimia, es decir, incapacidad para identificar o expresar emociones. Este desorden, que en ocasiones es consecuencia de una lesión o intervención quirúrgica en el cerebro, es sobre todo un problema de origen psiquiátrico. Quienes lo padecen, más hombres que mujeres, son personas que resultan aburridas, con dificultades para crear vínculos afectivos y con escasa capacidad creativa. Además, suelen dar vía libre a sus emociones a través del padecimiento de numerosas enfermedades. Aunque algunos estudios sugieren que es un desorden muy extendido, que sufren siete de cada cien personas, los expertos señalan que no existen datos sobre la incidencia en la población, e insisten es que se trata de un rasgo de carácter más que de un trastorno, por lo que quien la padece no siempre se somete a tratamiento.
Una interpretación clínica

© Ende/Flickr


Un vecino, una amiga, un compañero... Todos conocemos a personas que parecen no inmutarse por nada, no sentir ni frío ni calor. Son personas que no expresan su afectividad con palabras ni gestos: ni echan las campanas al vuelo cuando tienen una alegría, ni muestran dolor cuando les sobreviene una desgracia. Muchos de ellos pueden sufrir alexitimia, un desorden caracterizado por la incapacidad para reconocer y expresar emociones. El término empleado para referirse a este problema de nombre casi impronunciable es de origen griego y significa literalmente «sin palabras para las emociones» (de a: no; lexis: palabra; timos: afectos).
En la alexitimia las emociones afloran en forma de problema físico

El término fue acuñado en 1972 por el psiquiatra estadounidense Peter Sifneos para describir «un problema». Porque la alexitimia, en sentido estricto, no es una enfermedad; tampoco un trastorno. En realidad, como señala José Menchón, del equipo de Psiquiatría del Hospital de Bellvitge, en Barcelona, es una interpretación clínica para referirse a las personas que no pueden explicar sus sentimientos. Emociones que, generalmente, pueden llegar a somatizar y expresar de modo físico.

De hecho, una de las claves para detectar que una persona puede presentar el cuadro de alexitimia es la cantidad de problemas físicos que padece (herpes, eccemas, dolores de cabeza, fibromialgia), dolores para los que ningún especialista halla respuesta y que suelen responder a la ansiedad que provoca el hecho de tener enterradas las emociones, a las que dan salida mediante estas dolencias.

Origen diverso
La alexitimia puede tener su origen en dos ámbitos: el psiquiátrico o el de la neurocirugía, campo en el que según indica Enrique García Bernardo, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, se utiliza menos este término. Como explica el psiquiatra, las intervenciones cerebrales de los años sesenta eran más invasivas que en la actualidad, pero aún hoy, aunque hay operaciones que han dejado de practicarse de manera habitual (como la lobectomía frontal), las intervenciones de neurocirugía pueden dejar, entre otras secuelas, alexitimia. En este caso se trata de alexitimia secundaria, sobrevenida tras un problema ajeno a la personalidad del paciente. Este tipo de incapacidad para reconocer y expresar emociones es más evidente que la alexitimia primaria, que padece el individuo como un rasgo de su personalidad y es de menor intensidad, según señala José Manchón.

Los casos más graves de la alexitimia provocada por la neurocirugía son los de aquellas personas que tras la extirpación de un tumor en el cerebro, o a causa de una lesión, cambian de personalidad y pierden capacidad emocional. Como señala Manchón, algunas de estas personas son más frías e indiferentes que antes de ser operadas. La causa de este cambio radica en un daño accidental en los tejidos ocasionado por una cirugía cerebral. También puede tratarse de una disfunción en la comunicación entre los hemisferios del cerebro que controlan los lados racional y afectivo.

La alexitimia, en sentido estricto, no es una enfermedad ni un trastorno, sino una interpretación clínica para referirse a las personas que no pueden explicar sus sentimientos

La incapacidad de expresar sentimientos tras la cirugía también puede deberse a lesiones, como la desconexión entre el sistema límbico del cerebro, que detecta los estímulos fisiológicos que generan la emoción, y el neocórtex, la zona que reconoce la emoción y permite expresarla. Finalmente, también pueden darse estados transitorios en personas sometidas a intervenciones muy agresivas o a situaciones de alto estrés. Se interpreta, en estos casos, como algo parecido a un mecanismo de defensa frente a la agresión que están sufriendo.

En el caso de la alexitmia primaria, su origen puede encontrarse en una predisposición genética, tener ese rasgo de la personalidad desde el nacimiento. Pero, además, existe el factor social, la educación afectiva que se recibe. Según expresa Enrique García Bernardo, muchos de entre quienes padecen este desorden han crecido en familias donde los sentimientos no se expresaban, por lo que ellos aprenden a no hacerlo y llegan incluso hasta la negación de los mismos. Por ello recalca la importancia de la educación emocional, «ya que cuanto mejor reconozca sus emociones una persona, más capacidad tendrá para ser feliz y vivir en sociedad».






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Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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miércoles, diciembre 27, 2006

Conductas Una variación genética hace agresivos a muchos hombres

Investigadores estadounidenses afirman que una variación genética puede servir para predecir si un hombre será agresivo durante el transcurso de su vida. Aunque también sostienen que el afecto y la educación de los padres son cruciales para desalentar los comportamientos violentos de los varones.

"Encontramos que una variante de un gen puede asociarse a comportamientos agresivos de los varones", dijo a Clarín por teléfono Stephen Manuck, el psicólogo que lideró la investigación en la Universidad de Pittsburgh. "Pero eso no significa que todos los varones que tienen esa variante sean agresivos. Sólo lo son en la medida en que reciben poco afecto de sus padres o que han crecido en una familia con escaso nivel de educación".

El estudio de Manuck se presentó ayer en el Sexto Congreso Internacional de Neuroendocrinología, que se desarrolla desde el lunes en Pittsburgh. Relaciona genes con comportamientos y no está exento de despertar polémica: muchos expertos critican que este tipo de estudios pueden implicar determinismos sobre el modo en que se explican los comportamientos humanos.

En la charla con Clarín, Manuck enseguida se defendió: "Hicimos un estudio genético, pero es esperanzador porque todo su foco, a partir de los resultados, es que el ambiente es importante para evitar los comportamientos agresivos de los varones tanto en la relación con sus parejas, sus supervisores o sus vecinos".

Además agregó: "la agresión es un comportamiento que se explica por múltiples factores, tanto ambientales como genéticos. Con nuestro trabajo, sólo aportamos uno de esos factores, que es una variante genética".

El equipo de Manuck evaluó 531 hombres descendientes de europeos que estaban sanos en el momento del estudio, que se llevó a cabo entre 2001 y 2005. Tenían entre 30 y 55 años. El 90 por ciento tenía trabajo y el 67 por ciento tenía pareja.

Por medio de tests genéticos los investigadores buscaron las variaciones del gen que codifica para la enzima de la monoamina oxidasa (MAOA es su sigla en inglés). Por otro lado, les hicieron entrevistas a cada participante para saber si tenían problemas con sus patrones o jefes, parejas, la Policía, los vecinos, entre otras personas.

Al relacionar los datos, los investigadores observaron que la agresión en los hombres puede ser el resultado de variaciones en uno de los dos genes involucrados en la actividad del neurotransmisor serotonina.

Sin embargo, aclararon que los hombres con la variante genética de la "agresión" no necesariamente son violentos. La genética parece ser predictiva sólo si los hombres tienen actitudes hostiles, si recibieron poco afecto cuando eran niños y si sus padres no llegaron a completar la escuela secundaria.

El estudio es el primero en su tipo que se concentró en averiguar si la agresión en hombres "normales" puede, en parte, ser atribuida a las mismas alteraciones genéticas relacionadas con la serotonina que habían sido asociadas con comportamientos agresivos en ciertas poblaciones criminales y psiquiátricas.

El estudio halló que aquellos que reportaban peleas pasadas, conflictos con la figura de la autoridad o ruptura de objetos por ataque de ira eran más propensos a tener la variante del gen MAOA en baja actividad, que en estudios anteriores había sido vinculada a la violencia criminal. La enzima monoamina oxidasa-A (MAOA) es una enzima que inactiva a la serotonina, ayudando a mantener sus niveles en un balance adecuado.

Manuck contó que ya está desarrollando un estudio similar en mujeres, aunque considera que los varones tienden más a tener comportamientos agresivos. "Lo registramos en la cantidad de hombres que hay en las cárceles, por ejemplo". E insistió en el valor del cariño de los padres.

"Que les hablen a los chicos, que los escuchen, que organicen salidas grupales, que les digan explícitamente que los quieren es decisivo para desalentar los comportamientos agresivos en los varones", son las recomendaciones de Manuck a partir de su estudio para los padres y los educadores.

"No sólo con un buen ambiente familiar se desalientan las conductas agresivas en los varones. Así, también bajan las chances de que haya violencia en sus futuras relaciones de pareja.

Las razones de la furia

¿Por qué un día de furia es más común en los hombres? La psicología esboza una explicación para ese fenómeno, que es fácilmente reconocible en hechos violentos urbanos y en manifestaciones más extremas, como por ejemplo la violencia doméstica que azota a las familias en España. Una de cada 10 mujeres en ese país es víctima de alguno de esos episodios.

Según explican desde la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, la furia es tradicionalmente promovida en los hombres e inhibida en las mujeres. Ellas, encargadas culturalmente de cuidar a los chicos tienden a reprimirla. Y, como "subordinadas" —tal como se las considera socialmente—, no tienen permiso para agredir.

Sobre genes, hormonas y educación
Oscar Angel Spinelli
ospinelli@clarin.com

Un estudio dice ahora que la agresión tendría algún origen genético. ¿Y por qué no? Si hasta en los albores del psicoanálisis hablaban sobre una consecuencia de la pulsión sexual del varón. Es decir, de una conducta vinculada a las hormonas. En fin, que genes y hormonas tienen que ver. Por suerte los psicoanalistas hoy consideran que se trata de una respuesta aprendida. Entre otros asuntos, la agresión podría ser una reacción (que se aprende) ante un hecho frustrante. Los hombres tienen límites, no son tontos (¿o sí?) Son pocos los que andan por ahí con bravuconadas, porque lo más probable es que hallen a alguien más grandote o armado. Hay excepciones, preocupantes, como el caso del peaje que se cuenta en estas páginas. Pero, en general, la agresión es calculada, que para eso existe la cultura y la educación. Ser bruto no conviene, es moralmente inaceptable. Y agredir al débil es otro acto de cobardía.

Cuando estalla la violencia

En el filme Un día de furia, Foster es un oficinista que un día, harto ya de estar harto, deja su auto en medio de un embotellamiento, regresa a su casa a pie y se deja ganar por la violencia. Aquí, casos similares:

Este último fin de semana, en Mar del Plata, un abogado de Capital le pegó hachazos a un cajero automático porque le tragó la tarjeta. Como no tenía efectivo para pasar el fin de semana con su familia se detuvo en el primer cajero que encontró en el camino. La máquina no sólo no dio el dinero sino que se quedó con su tarjeta. Primero forzó la ranura con un destornillador, luego martilló el teclado y por último fue hasta su auto y tomó un hacha.

En abril de 1999 un joven de 25 años manejaba por el Centro, se quedó sin nafta y dejó su auto Libertad al 1.000 con un cartel que indicaba su falta de combustible. Cuando regresó, al coche se lo había llevado la grúa. Se fue con el bidón hasta el playón y le prendió fuego a la oficina de la empresa STO.






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Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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viernes, diciembre 22, 2006

Riesgo de conducta suicida en relación con los antidepresivos

(Boston Collaborative Drug Surveillance Program, Boston University School of Medicine, Lexington, EE.UU. ) -
En 1991 la Food and Drug Administration (FDA) trató el tema de la conducta suicida en relación con la fluoxetina, un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS) para tratar la depresión. Luego, los resultados de un metaanálisis de 17 estudios a doble ciego no mostraron asociación entre fluoxetina e incremento del riesgo de suicidio. Los autores de dos estudios epidemiológicos señalaron que el riesgo de suicidio en relación con el uso de fluoxetina no difería del observado con otras drogas antidepresivas. Más recientemente han surgido interrogantes similares respecto de la paroxetina.

En 2004, la FDA pidió a los fabricantes de diez drogas antidepresivas que incluyeran una sección donde se recomendara la observación de los pacientes adultos y pediátricos tratados con estas drogas para detectar agravamiento de la depresión o la aparición de ideación suicida.
Se han demostrado dos factores de riesgo para la conducta suicida, que incluyen un episodio anterior de esta conducta y la indicación de más de un antidepresivo (lo que reflejaría una depresión más grave o resistente al tratamiento). Por ello, los autores diseñaron un estudio de casos y controles para comparar el riesgo de conducta suicida asociado con el uso de amitriptilina, fluoxetina o paroxetina y dotiepina.

Métodos

El estudio se basó en la UK General Practice Research Database (GPRD), una base de datos médicos detallada de más de tres millones de personas del Reino Unido (RU), en un período mayor a diez años. La información incluida abarca las características de los pacientes, las drogas indicadas, los diagnósticos clínicos, las derivaciones a especialistas, las visitas al departamento de emergencias, las internaciones, los antecedentes y los datos del examen físico, entre otros. Los diagnósticos de conducta suicida, ideación suicida y suicidio fueron registrados por médicos generales sobre la base de toda la información disponible. En el RU, el médico general cuenta con un registro exhaustivo computarizado de la atención médica de cada paciente.

La población incluida en este estudio comprendió todas las personas a quienes se indicara al menos una vez amitriptilina, fluoxetina, paroxetina o dotiepina entre 1993 y 1999. Estas drogas fueron elegidas por ser las más indicadas en el RU en este período y por representar 2 clases farmacológicas diferentes: antidepresivos tricíclicos (ATC, amitriptilina y dotiepina) e ISRS (fluoxetina y paroxetina). En total se registraron 159 810 personas: 22.6% recibieron amitriptilina; 29.2%, dotiepina; 31.1%, fluoxetina y 22.2%, paroxetina. Del total, 6 976 tenían entre 10 y 19 años y 66% eran mujeres. El número promedio de antidepresivos prescriptos fue similar para cada droga, entre 4.6 a 4.8 por paciente.

Los consumidores de amitriptilina y dotiepina, 19% y 20%, respectivamente, recibieron al menos una prescripción para otro antidepresivo antes o después de su primera prescripción de ATC; para los usuarios de fluoxetina y paroxetina, la proporción de otros antidepresivos recibidos fue de 28% y 34%, respectivamente. Esto indica que las personas que recibieron los 2 ISRS del estudio presentaron aproximadamente 50% mayor probabilidad de modificación del tratamiento antidepresivo que los pacientes con los ATC.

Los casos fueron aquellos con un primer diagnóstico de ideación suicida no fatal o intento de suicidio entre los 10 y 69 años entre 1993 y 1999; aquellos que recibieron al menos una prescripción para un antidepresivo dentro de los 90 días antes de la fecha del primer diagnóstico de conducta suicida (o fecha inicial); y aquellos con al menos 2 años de antecedentes registrados en GPRD antes de su fecha inicial.

Los controles pertenecieron a la misma población de base que los casos (pacientes con al menos una prescripción para una de las 4 drogas). Para cada caso, identificaron 4 controles (pacientes que no presentaron conducta suicida) comparados de acuerdo con la edad (dentro de 2 años), el sexo y la duración de los datos registrados en GPRD (dentro de 1 año). A los controles se les asignó la misma fecha inicial que la de los casos.

Los autores compararon el riesgo de conducta suicida entre pacientes que recibieron amitriptilina, fluoxetina o paroxetina en comparación con los usuarios de dotiepina (exposición de referencia). Con la información sobre el número de píldoras indicadas antes de la fecha inicial, estimaron el riesgo relativo de conducta suicida en pacientes que abandonaron el antidepresivo antes de esta fecha, en comparación con aquellos cuya prescripción de antidepresivos finalizó a partir de la fecha inicial. Además estudiaron la relación entre el intervalo de tiempo desde la primera prescripción de antidepresivos y la fecha inicial y el riesgo de conducta suicida. También fueron identificados los pacientes que se suicidaron y que recibieron al menos una prescripción de una de las 4 drogas analizadas, que fueron comparados con hasta 10 controles por edad y sexo.

Los autores emplearon regresión logística condicional para estimar el odds ratio (OR) e intervalo de confianza de 95% (IC) para la asociación entre exposición a las drogas e ideación suicida y suicidio, por separado, al emplear dotiepina como la exposición de referencia.

Resultados

El estudio incluyó 555 casos con un primer episodio de conducta suicida no fatal o ideación y 2 062 controles. Los casos de conducta suicida no fatal fueron predominantemente mujeres (65.4%); 75.3% tuvieron entre 20 y 49 años y 12.3%, entre 10 y 19 años; 85% presentaron intento de suicidio y 15%, sólo ideación suicida; 80% de los que intentaron cometer suicidio mostraron antecedentes de internación o evaluación en un departamento de emergencias y 5% fueron derivados a un psiquiatra; 30% de los que manifestaron ideación suicida fueron internados o evaluados en un departamento de emergencias, mientras que 55% fueron derivados a un psiquiatra.

El tiempo transcurrido desde el inicio del tratamiento antidepresivo se asoció fuertemente con el resultado. Los pacientes que comenzaron a tomar el antidepresivo 9 días antes de la fecha inicial, indicaron una probabilidad 4 veces mayor de presentar el primer episodio de suicidio (OR ajustado(ORa): 4.07); aquellos que habían iniciado el tratamiento entre 10 y 29 días previos a la fecha inicial mostraron casi 3 veces mayor probabilidad de presentar conducta suicida no fatal (ORa: 2.88); los sujetos que recibieron antidepresivos 30 a 89 días antes de la fecha inicial, indicaron 1 a 1.5 mayor probabilidad (ORa: 1.53). Esta asociación fue más marcada en relación con mayor edad. Sin embargo, no se modificó el efecto del tiempo desde el inicio del tratamiento por edad o droga antidepresiva.

El ORa entre amitriptilina, fluoxetina y paroxetina y dotiepina fue de 0.83, 1.16 y 1.29, respectivamente. No se observó modificación del efecto por edad o sexo. Entre los pacientes entre 10 y 19 años, el OR para conducta suicida no fatal fue de 0.9 (95% IC: 0.3 a 2.8) para amitriptilina, 1.3 (95% IC: 0.6 a 3) para fluoxetina y 1.7 (95% IC: 0.7 a 4.1) para paroxetina, en comparación con dotiepina, ajustado por tiempo desde el inicio de la terapia.

En los pacientes que iniciaron el tratamiento con antidepresivos 30 días o más antes de la fecha inicial, no se observó incremento del riesgo de conducta suicida no fatal en aquellos cuya última prescripción finalizara antes de la fecha inicial (abandono de la medicación).
Diecisiete pacientes que se suicidaron recibieron una sola de las drogas dentro de los 90 días de la fecha inicial y no presentaron antecedentes de conducta suicida; 76% fueron hombres, 0% entre 10 y 19 años, 53% entre 20 y 39 años y 47% entre 40 y 69 años; 3 casos y 37 controles recibieron amitriptilina; 7 casos y 52 controles, dotiepina; 4 casos y 36 controles, fluoxetina y 3 casos y 32 controles, paroxetina. No se observó una asociación significativa entre antidepresivos específicos y riesgo de suicidio. El tiempo desde el inicio del tratamiento antidepresivo se asoció fuertemente con el resultado. Los pacientes que comenzaron el tratamiento 1 a 9 días antes de la fecha inicial presentaron 38 veces mayor probabilidad de cometer suicidio que aquellos que lo iniciaron 90 días o más antes de la fecha inicial.

Discusión

El riesgo de conducta suicida luego del inicio del tratamiento antidepresivo fue similar entre consumidores de amitriptilina, fluoxetina y paroxetina y de dotiepina. A su vez, este riesgo fue mayor en el primer mes luego del inicio de los antidepresivos, en especial durante los primeros 9 días. Esto quizá se deba a que el tratamiento antidepresivo podría no resultar efectivo de forma inmediata o a que estos pacientes presentan depresión más grave en ese momento.

Aunque el riesgo de conducta suicida en pacientes que iniciaron paroxetina no fue significativamente mayor que el de aquellos tratados con dotiepina, la diferencia se aproximó a la significación estadística. La magnitud del riesgo relativo (1.29) es suficientemente baja, por lo cual el resultado podría deberse a confusión no controlada por gravedad de la depresión. Si los pacientes con depresión más grave tuvieran mayor probabilidad de recibir los antidepresivos de aparición más reciente en el mercado entre los evaluados (paroxetina), esto conduciría a mayor riesgo de conducta suicida en comparación con los que inician la terapia con una droga más antigua (dotiepina).

En este estudio –como en otros–, la depresión y la conducta suicida no fatal fue más frecuente en mujeres, pero el suicidio es más usual en hombres. Aunque no se observaron suicidios en personas entre 10 y 19 años tratados con antidepresivos, en la población global de GPRD, 15 personas de estas edades cometieron suicidio. En personas mayores, el suicidio en ausencia de depresión es, en proporción, menor.

No existiría diferencia sustancial en el efecto de las 4 drogas en personas entre 10 y 19 años. Además, concluyen los autores, luego de la interrupción de los antidepresivos, no existiría mayor riesgo de conducta suicida.



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Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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domingo, diciembre 17, 2006

Claustrofobia

Cuando la severidad de los síntomas no es alta y el diagnóstico no es complicado, un psicólogo puede ayudar a superar esta fobia en apenas diez sesiones

Cuando entra en un ascensor, ¿siente palpitaciones y la boca seca? ¿Le da miedo viajar en metro o pasar varias horas en autobús? ¿Evita circular o pasear por los túneles? ¿Sufre ansiedad cuando se encuentra a oscuras en una habitación cerrada? Todas estas situaciones describen lo que se conoce como claustrofobia, un miedo intenso a los lugares cerrados que se caracteriza por diversos síntomas fisiológicos y que requiere la intervención de un especialista para superarlo. Aunque es una de las fobias más sencillas y fáciles de tratar, quien la padece puede verse limitado en su vida diaria. Por ello, conviene acudir al psicólogo para que diagnostique y aplique la terapia más adecuada. Diez sesiones pueden ser más que suficientes.


Origen

Las fobias se caracterizan por un miedo irracional ante una circunstancia o situación determinada. Cuando ese miedo se presenta como consecuencia de sentirse atrapado en un espacio pequeño, o que se percibe como tal, se denomina claustrofobia. Un problema que afecta aproximadamente al 5% de la población y que se clasifica dentro de las denominadas fobias específicas, es decir, aquellas que describen el miedo a algo concreto.

Quien la padece evita situaciones tan comunes como utilizar un ascensor, atravesar un túnel, viajar en metro, autobús o avión, quedarse encerrado en una habitación pequeña e, incluso, hay quien se niega a soportar pruebas médicas como un TAC, que requiere inmovilidad absoluta durante varios minutos en máquinas de ajustadas dimensiones. «Son capaces de buscar cualquier alternativa para no tener que afrontar su miedo», asevera Juan Romeu, especialista en neurología y psiquiatría del Gabinete Médico Psicológico de Barcelona y perteneciente al Cuerpo Facultativo de la Clínica Quirón.

Es muy probable que una persona que padece episodios de claustrofobia pueda haber experimentado antes una situación traumática que le conduce a evitar escenarios similares. Por ejemplo, es frecuente que se nieguen a utilizar un ascensor quienes se han quedado atrapados en algún momento de su vida en otro sin apenas aire para respirar, más si se cortó el suministro eléctrico. Pero no todas las experiencias desagradables son vividas por cada persona de la misma manera ni dejan la misma huella. Que en un futuro se desarrolle ese temor irracional a repetirla, por tanto, puede depender de otros factores.

Algunos especialistas afirman que la claustrofobia se produce por causas hereditarias, como una especie de trastorno genético que se transmitiría de generación en generación. Una teoría con la que no todos están de acuerdo y que responde, según explica Verónica Guillén, psicóloga del gabinete de Psicología Previ, de Valencia, al hecho de que «algunos padres transmiten a sus hijos mensajes de ansiedad y les trasladan, sin darse cuenta, sus propias fobias».

Son varias las teorías, pero en la práctica la mayoría coincide en afirmar que quien padece de claustrofobia no siempre teme al espacio cerrado en sí, sino que padece el mismo miedo, a veces más, a las posibles consecuencias negativas que pueda provocar. «Es muy frecuente que se tema más sufrir un ataque de ansiedad que quedarse colgado en un ascensor», señala Guillén. Precisamente, es en estos casos cuando el tratamiento puede complicarse porque los miedos se multiplican y las fobias, también. Es como si además de tener miedo a un perro, nos aterrara pensar que nos puede morder y contagiarnos la rabia.

Síntomas

La mayoría de las fobias tienen unos síntomas comunes que, en el caso de la claustrofobia, también se repiten. Los más habituales son boca seca, palpitaciones, sensación de ahogo, sudor frío, náuseas, pulso acelerado, malestar, sofocos y temor; prácticamente los mismos que se presentan en una crisis de ansiedad o de angustia. Además, a menudo se produce también una respiración rápida, llamada hiperventilación, que según describe Juan Romeu «llega a provocar un exceso de eliminación de CO2 y alcalosis sanguínea». Estas alteraciones pueden dar lugar a hormigueo y espasmos musculares, especialmente en el rostro y en las manos.

«La ansiedad es una reacción de alarma ante lo desconocido, cuya respuesta es doble», explica Romeu. De un lado, psíquica, «de preocupación o impaciencia» y física, caracterizada por la múltiple activación del organismo como defensa ante lo imprevisto. «El cerebro pone en marcha la respuesta de ansiedad como un estado de suma vigilancia, de alerta crispada, al tiempo que, a través de descargas de adrenalina, prepara al cuerpo para lo que pueda ocurrir», completa Romeu.

Es esta descarga de adrenalina la que provoca los síntomas citados y causa otros como el aumento de la presión arterial o la contracción de algunos esfínteres, que puede ir emparejado con la necesidad de orinar o de defecar. Todos ellos suelen presentarse ante cualquier situación que implique permanecer en un espacio reducido y pueden derivar, según su intensidad, en un ataque de pánico. Esto es lo que ocurre cuando una persona sufre claustrofobia en el agua. «Puede ocurrir que cuando alguien practica buceo, más que sentir una sensación de libertad, se sienta encerrado y, al verse rodeado de agua y a cierta profundidad, la ansiedad se convierta en un ataque de pánico», describe Verónica Guillén.

Por lo general, los síntomas remiten cuando se termina la situación que los provocó, pero es importante controlarlos y superarlos para evitar que la persona pueda resultar dañada. «No todos los estados de ansiedad cursan con todos estos síntomas», matiza Romeo. No obstante, «un 3% ó 4% de la población general sufre las llamadas crisis de ansiedad o de pánico, que provocan una intensa conmoción en quien las padece, con una grave sensación de estar perdiendo el control o incluso de estar muriéndose».

Puede ocurrir también que los síntomas de la claustrofobia se agraven cuando la persona los padece en público, en una situación difícil o embarazosa, y deba enfrentarse a la sensación de vergüenza que pueda sentir porque los demás le miren o sienta que hace el ridículo. Es entonces cuando se añade el fenómeno llamado agorafobia, que además de utilizarse para referir el miedo a los espacios abiertos se emplea, según Romeu, para definir el miedo y la ansiedad que aparecen, de forma patológica, cuando uno está en algún lugar de donde es difícil salir para hallar ayuda si apareciera la crisis de ansiedad.

Cómo superarla

La claustrofobia se cura, pero para ello, según afirma Verónica Guillén, es necesario acudir a un psicólogo. «Si la claustrofobia es una fobia sencilla, conocida como fobia específica, se clasifica dentro de los trastornos de ansiedad y no necesita fármacos para curarse», explica. Sólo se recurre a los medicamentos cuando la claustrofobia se produce a la vez que otros trastornos graves como la depresión, situación en la que se precisaría de la intervención de un psiquiatra. «Si no, sólo es un problema», matiza.

Juan Romeu también comparte esta idea e insiste en que cuando la claustrofobia no se asocia con ninguna otra fobia o complicación es fácil de curar. No obstante, reconoce que hay que tener cuidado porque la claustrofobia a veces se confunde con el miedo a tener un ataque de ansiedad, «que es otra fobia y requiere otro tratamiento». Antes de ponerse en manos de un especialista, añade, las personas afectadas suelen desarrollar técnicas de evitación. «Evitan aquella situación que saben que les provoca la fobia, hasta que alguien querido les pide que la afronten o se encuentran obligados a hacerlo», subraya. Es el caso de alguien que tiene miedo a volar y debe viajar de urgencia desde la península a las islas. En casos así, «seguro que cogerá el avión», apunta el psiquiatra.

El tratamiento para superar una claustrofobia consta principalmente de dos partes: información y exposición. «Primero se facilita al paciente toda la información que necesita sobre la claustrofobia y su origen, y luego se recrean aquellas situaciones que dan lugar a la fobia», indica Guillén. Se trata de que el paciente diferencie los conceptos de miedo, ansiedad y fobia, y entienda las causas que los provocan, a la vez que se le enseñan técnicas de relajación y de control del pensamiento, para recordar tranquilamente la situación temida.

«Esta es la forma lenta, pero las fobias se pueden superar también de forma rápida», defiende Romeu. «Se trata de colocar a la persona en una situación de máxima ansiedad y esperar que se extinga por agotamiento». Por ejemplo, cita, una persona con fobia a los ascensores es situada en uno de ellos junto con el terapeuta y «es aleccionada a consumir su ansiedad hasta que ésta desaparezca por completo». La ansiedad despertada por una situación suele bajar al 50% en la primera hora, al 20% en la segunda hora, y extinguirse por completo durante la tercera hora. Si se combinan técnicas de relajación es factible reducir el proceso a poco más de una hora. «De esta forma, la persona aprende que es posible convivir con las situaciones más temidas y, a partir de ahí, regular sus miedos irracionales», asegura.

Por otro lado, las nuevas tecnologías también han irrumpido en el mundo de la psicología. La realidad virtual es una técnica cada vez más utilizada para estos trastornos. La primera experiencia se llevó a cabo en el Centro Médico Delfos-Sitec de Barcelona, en colaboración con la Universidad Jaume I, de Castellón. La metodología se aplicó de manera experimental para sumergir a los pacientes progresivamente en las situaciones que les provocaban el miedo, pero ha sido extendida por otros profesionales como los del Centro Previ. «Podemos crear cuantas situaciones imaginemos», cuenta Romeu. Gracias a la realidad virtual se puede recrear un ascensor, un túnel o una habitación, en la que poco a poco se bajan las persianas y cada vez se consigue más oscuridad. El psicólogo observa cómo reacciona la persona claustrofóbica y le ayuda a superar la situación que le provoca ansiedad. Se trata de un tratamiento «más breve y menos agresivo», explica uno de los psicólogos del centro.

En concreto, este sistema de realidad virtual puede ayudar al paciente a superar su problema en apenas seis sesiones cuando la fobia no se complica con otros trastornos, según Verónica Guillén, aunque con el sistema de terapia convencional pueden bastar una decena de sesiones de una hora de duración. Lo importante es tener ganas de curarse, recuerdan en Previ: «No todas las personas con claustrofobia buscan ayuda profesional para superar su problema». Muchas manejan su problema evitando activamente las situaciones que impliquen cierre, la mayoría desconocen que este problema puede llegar a desaparecer con un tratamiento apropiado y otros suelen buscar ayuda especializada sólo cuando su problema interfiere de un modo notable en su vida, en su trabajo, en su familia o en sus relaciones sociales. Por último, muchos claustrofóbicos se han resignado y han aprendido a vivir con su problema.






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martes, diciembre 05, 2006

Psicofármacos, industria, salud mental e investigación

Los medicamentos psicotropos existen específicamente para prácticamente todos y cada uno de los síntomas de los trastornos de conducta. Eso sí, estos productos no han pasado de ser eso: medicamentos sintomáticos para trastornos y enfermedades de causa desconocida en unos cerebros de cuyo funcionamiento aún no sabemos nada o casi nada. Uno quisiera averiguar las causas que producen enfermedades como la esquizofrenia, el Alzheimer o las epilepsias. Sin embargo, este hallazgo nos parece todavía lejano.

Como si de una profecía hecha realidad se tratara, la síntesis y descubrimiento de la benzodiacepina denominada Diazepan (diazepam DCI) en los años sesenta, le situó como el fármaco más vendido, el más utilizado y, por qué no decirlo, el más elogiado del mundo. El famoso soma del escritor Aldoux Huxley en su novela El mundo feliz se había hecho realidad.

Pero los psicofármacos no nacieron en los sesenta, lógicamente. Los griegos fueron expertos en extractos vegetales para el insomnio, la ansiedad y otras dolencias; los romanos emplearon el litio en fuentes termales para desarreglos afectivos; los árabes aunaron a los anteriores y añadieron jugos de origen animal e incluso abrieron el primer hospital psiquiátrico del mundo, El Marestan; y así hasta el siglo XX, cuando irrumpieron los barbitúricos, las anfetaminas, los psicodislépticos, los neurolépticos, los antidepresivos tricíclicos y así un largo elenco de sustancias psicotropas.

Hoy, en pleno siglo XXI, los psicofármacos figuran entre los principios activos más vendidos del mundo, los más variados, los más extendidos y, así, en un imparable alud de descubrimientos, han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana.

En los últimos diez años, los nuevos antidepresivos o ISRS se han multiplicado por diez, los antiepilépticos por cinco, los ansiolíticos por 20 y sólo a la zaga los neurolépticos por tres, convirtiéndose el monto global de gasto en estos productos el número uno sin duda, según datos de la consultora IMS Health, de todos conocidos.



Hoy, gracias a la investigación y al desarrollo y también, por qué no decirlo, a los lucrativos beneficios para la industria farmacéutica que estos medicamentos producen, los psicotropos existen específicamente para prácticamente todos y cada uno de los síntomas de los trastornos de conducta. Eso sí, estos productos no han pasado de ser eso, medicamentos sintomáticos para trastornos y enfermedades de causa desconocida en unos cerebros de cuyo funcionamiento aún no sabemos nada o casi nada.

Esta misma investigación, hoy a niveles moleculares, nos ha enseñado a inhibir la recaptación de la serotonina, a estimular la depleción sináptica, a agonizar o antagonizar receptores pre o postsinápticos, y todo ello actuando específicamente en la ansiedad, en la impulsividad, en la psicomotricidad o en la afectividad, dominando la enfermedad, vaciando los hospitales psiquiátricos, reinsertando a las personas con enfermedades psíquicas en la familia o en la sociedad de las que nunca debieron salir y, en definitiva, a integrarlas en el ambiente socio-laboral propio del ser humano actual.

Y junto a la investigación, la competencia industrial, pura, llana y legítima competencia por fabricar el producto más específico, más eficaz, de menos efectos secundarios, con menor toxicidad y menor duración en el organismo, el producto 'ideal' para mitigar la angustia del paciente y, consecuentemente, para estar a la vanguardia de los rankings de utilización y venta.

Éste es el verdadero motor de los descubrimientos, el trabajo por adelantarse al otro en el hallazgo científico, el esfuerzo por presentar el producto farmacéutico más depurado y más aséptico. ¡Qué lejos queda el jarabe de ácido cianhídrico como sedante! ¡Cuánto tiempo ha pasado desde los cócteles de Laborit para la agitación psicomotriz! ¿Qué será de los primeros neurolépticos? Sin duda, la gran revolución en el campo de la Psiquiatría en el siglo XX fue la farmacológica, como lo será en el XXI la genética y, todo ello, enfocado por, para y con el ser humano.



Más de 500 millones de personas en todo el mundo padecen una enfermedad mental grave y precisan ayuda, medicación, terapias y, sobre todo, comprensión. Y eso que en el denominado y amplio tercer mundo el hambre impide llegar a presentar una enfermedad psíquica por la muerte prematura. Entonces, ¿qué podemos esperar en el futuro inmediato de la investigación en la salud mental?

Uno quisiera responder: el descubrimiento de las causas de la esquizofrenia, del Alzheimer o de las epilepsias. Pero, aún nos parece lejana esta quimérica e ingenua respuesta. Yo me conformaría con descubrir lo que somos como hombres, lo que podemos desear noblemente y la forma de acercarnos al sufrimiento psíquico con la mayor honestidad posible.

Probablemente en esta carrera por tener respuestas, los investigadores, los profesionales de la salud, las familias de los pacientes con trastornos psíquicos y, como no, las propias compañías farmacéuticas tendrán algo que decir.


Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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