Psicologia - Psiquiatria ***

 

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miércoles, junio 28, 2006

¿Somos víctimas de nuestras emociones?

El concepto número doce en esta relación de patrones de pensamiento distorsionado, es el creer que uno no tiene control sobre sus emociones y que somos víctimas de estas sin poder controlar la forma en que nos sentimos. Esta idea es totalmente incorrecta.

La realidad es que ejercemos un gran control sobre nuestros estados emocionales y si nos percatamos de ello a través del pensamiento racional, aprenderemos a controlar nuestras emociones de forma muy efectiva. Si las emociones nos controlan es porque nosotros lo permitimos al concentrarnos en los pensamientos negativos.

Según pensamos, así nos sentimos. Es sumamente importante que vigilemos la calidad de nuestros pensamientos, para controlar de esta manera la calidad de nuestras vidas. Cada uno de nosotros es responsable de su propia vida emocional.

El patrón es el siguiente: pensamiento, emoción y reacción. Cuando usted se encuentra deprimido, si analiza las causas se dará cuenta que esto se debe a una serie de pensamientos negativos que usted está sosteniendo acerca de su propia persona. Si usted se siente alegre se dará cuenta de la misma manera que es plenamente responsable por ese sentimiento de alegría, sencillamente porque se ha estado concentrando en cosas positivas.

Todos somos responsables de nuestros estados emocionales. No somos víctimas de las emociones. Tenemos pleno control sobre la forma en que nos sentimos. La reacción emocional es siempre nuestra propia responsabilidad. Si nos percatamos de esto a través de nuestro pensamiento racional, aprenderemos a controlar nuestras emociones de forma muy efectiva. Si las emociones nos controlan a nosotros, es porque lo permitimos al concentrarnos en los pensamientos negativos. Según pensamos, así nos sentimos.


Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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lunes, junio 26, 2006

Las personas que sufren ansiedad tienen más riesgo de suicidio

La crisis de ansiedad puede ser un signo de alarma de un intento de suicidio.

Estados Unidos, 26 junio 2006 (mpg/azprensa.com)

El trastorno de ansiedad es uno de los problemas psicológicos más frecuentes y, en Estados Unidos, más de 25 millones de personas lo padecen. Las fobias o miedos inexplicables ante determinadas situaciones; el pánico y las obsesiones son ejemplos de trastornos de la ansiedad.

Las personas que sufren alguno de estos problemas, y no son correctamente diagnosticadas y tratadas, tienen un riesgo elevado de padecer depresión y de consumir alcohol o drogas, como medio para evadir la enfermedad que padecen. Estos síntomas tienen una repercusión negativa en todos los aspectos de la vida cotidiana.

Un estudio publicado recientemente por un grupo de investigadores europeos ha intentado demostrar si las personas que sufren trastornos de ansiedad cometen algún intento de suicidio con mayor frecuencia que las personas que no padecen la enfermedad. En el estudio han participado más de 4.500 personas que sufren algún tipo de trastorno de ansiedad.

Durante el período de seguimiento, se demostró que las personas que padecen estos trastornos psiquiátricos tienen ideaciones suicidas con mayor frecuencia que el resto de la población. El suicidio es una causa de muerte para más de un millón de personas cada año en el mundo. Identificar de manera precoz las personas que planean un intento autolítico es fundamental para evitar su muerte.


Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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Adicción a Internet se perfila como problema psiquiátrico

Así como algunos son adictos a las drogas, el juego o el tabaco, otros lo son a pasar horas pegados a Internet, un fenómeno que un creciente grupo de especialistas de Estados Unidos considera un "problema psiquiátrico".
La enfermiza afición a la red ha sido ya diagnosticada por ciertos expertos como "Desorden Adictivo a Internet", y se estima que entre el seis y el diez por ciento de los aproximadamente 189 millones de usuarios en EU lo padecen.

También llamada "Internet-dependencia" e "Internet-compulsión", esa adicción se detecta por comportamientos relacionados con Internet que interfieren en la vida normal de una persona, causando estrés severo a su familia, amigos y trabajo.

Una persona que pasa horas al día frente a la computadora navegando por Internet, enviando correos electrónicos, negociando acciones, chateando o jugando puede considerarse como un "ciberadicto" y, por tanto, necesita ayuda.

Así lo consideran especialistas como la psiquiatra Hilarie Cash, cuyo consultorio, Internet/Computer Addiction Services, en la Universidad de Pensilvania, es visitado por pacientes diagnosticados con el "Desorden Adictivo a Internet" o "DAI".

Cash ha identificado como síntomas de la DAI la constante preocupación por "estar conectado", así como mentir acerca del tiempo que se pasa navegando por Internet o sobre el tipo de contenido visualizado, además de aislamiento social, dolor de espalda y aumento de peso. "Si el patrón de uso de Internet interfiere con tu vida o tiene impacto en tus relaciones de trabajo, familiares y de amistad, debes tener un problema", anota otra experta, Kimberly Young, investigadora líder de las adicciones a Internet.

Young es la fundadora del Center for Online Addiction, con sede en Bradford, Pensilvania, donde funcionan grupos de apoyo a las "ciberviudas", esto es, las esposas de adictos a las relaciones amorosas, la pornografía o las apuestas vía Internet.

En opinión de Young, los "ciberadictos" optan por el placer temporal en lugar de las relaciones íntimas y profundas.

Los enfermos cibernéticos entran en un círculo vicioso, ya que la pérdida de autoestima crece a medida que aumenta su adicción a Internet, lo que a su vez eleva su necesidad de escapar de la realidad y de refugiarse en la red. "La infidelidad vía Internet es el mayor problema que tratamos. Más del 50 por ciento de nuestros clientes son individuos y parejas que sufren sus secuelas" dice Young, autora del libro "Caught in the Net" ("Atrapado en la Red"), el primero en abordar el tema del "ciberadulterio".

Otros tipos de adicciones son las relacionadas con actividades interactivas como el "chateo", la mensajería instantánea y los vídeo juegos, así como los sitios de apuestas, subastas y compras.

Para Cash, los "ciberadictos" tienden a padecer otros problemas mentales, como depresión y ansiedad, o a sobrellevar relaciones familiares o de pareja problemáticas.

Ese panorama viene a confirmar el resultado de encuestas citadas por psiquiatras especializados en la DAI, que revelan que más del 50 por ciento de los adictos a Internet padecen también adicciones a las drogas, alcohol, tabaco y sexo.

En EU, la DAI es tratada por un creciente número de centros médicos especializados, entre ellos los de la Universidad de Maryland en College Park y el Computer Addiction Study Center, del Hospital McLean, en Belmont, Massachusetts.

Con todo, algunos psiquiatras son escépticos y señalan que el uso abusivo de Internet debe calificarse de adicción "legítima", ya que no tiene los mismos efectos negativos en la familia o la salud que adicciones propiamente reconocidas, como el alcoholismo. "Internet es un medio de comunicación. No es como la heroína, que te aisla y te hace dependiente", dice la psicóloga Sherry Turkle, autora del libro "Vida en la Pantalla: Identidad en la Era de la Internet", una de las guías de quienes consideran que no hay nada de malo en la actual fiebre cibernética.

http://estadis.eluniversal.com.mx

 

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martes, junio 20, 2006

El estrés afecta por igual a miños, jóvenes y adultos

El estrés es una reacción del individuo ante una situación del exterior que lo presiona y le provoca tensión, lo que genera diversos síntomas psicosomáticos que dañan la salud física y mental de niños, jóvenes y adultos.

Emilia Lucio Gómez, investigadora de la Facultad de Psicología de la UNAM, señaló que muchos niños padecen estrés debido a la presión que se les ejerce en la escuela cuando se les enseña a leer y escribir en inglés y español antes de los seis años de edad.

La experta en psicoterapia infantil dijo a Notimex que aunque el estrés no afecta a todos los niños por igual, porque ahora se les da estimulación temprana, sí les provoca presión desde el preescolar con obligaciones no aptas para su edad, pues esa es de juegos.

"El hecho es que cuando los niños llegan a la educación primaria deben saber leer y escribir en inglés y español, pero muchas veces en lugar de ayudarlos se les perjudica porque no tienen la suficiente madurez para ello", explicó la universitaria.

Lucio Gómez recordó que comenzó a estudiarse el estrés porque se observó que había una relación entre ese padecimiento y algunas enfermedades que después se le llamaron psicosomáticas, como úlcera, hipertensión, dolores de cabeza, gastritis y colitis nerviosa.

Indicó que el estrés en los niños puede provocar ansiedad, depresión, síntomas físicos como dolor de cabeza, irritación estomacal, cansancio excesivo, distracción, sueño, hartazgo y otros.

La investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) comentó que hay casos extremos de estrés que se presenta en los infantes que han sufrido abuso sexual, a lo que se le denomina "estrés postraumático".

El estrés de ese tipo, refirió la experta, les produce a los pequeños síntomas psicofisiológicos como pesadillas, además de los antes mencionados, por lo que tienen tratarse con un especialista.

Por ello aconsejó a los padres de familia que deben buscar formas para que los infantes tengan espacios de juego, y lo más importante es que procuren comunicarse con los niños y saber qué les pasa y qué sienten.

Otro motivo de estrés en esa edad es que los adultos creen que los niños no entienden y los padres se pelean y hablan de divorcio delante de ellos, pero el pequeño sí percibe la gravedad del asunto, lo que le provoca presiones.

Sigue AFECTA EL ESTRES... Dos... Presiones "Los niños desde muy chiquitos lo saben, por eso hay que dejarlos hablar y que nos digan lo que sienten, ya que es muy importante que saquen lo que les molesta y les duele, porque es un grave error considerar que no entienden", expuso.

Por otro lado, entre los adolescentes y adultos también es indispensable que saquen todo lo que les molesta y presiona, así como darse tiempo para disfrutar de días de descanso y vacaciones, porque contrariamente se piensa que si uno trabaja más y no se da tiempo para descansar rendirá más, pero no es así.

"En la actualidad se ha creado una cultura de la eficiencia que provoca que los días de descanso se ocupen en trabajar o estudiar, en vez de relajarse y hacer actividades recreativas o simplemente descansar", alertó.

Además, explicó que el estrés no es una enfermedad, sino una reacción del individuo ante situaciones de presión externa que provocan modificaciones de tipo biológico, emocional y psicológico.

Por ejemplo, se dice que hay estrés por la crianza de un hijo, el tráfico, el trabajo, la casa, pero muchas veces se utiliza término sin conocer bien su significado, pero lo que sí puede generar estrés son los problemas en los ámbitos laboral, familiar y de pareja.
Advirtió que para aliviar el estrés cotidiano la fórmula es "darnos tiempo para querernos. Debemos descansar, ir de vacaciones, hacer las cosas que nos gusta, no llevarnos el trabajo a casa, disfrutar la relación familiar y de pareja, pero sobre todo darnos tiempo


http://www.lacronica.com

Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer

 

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lunes, junio 19, 2006

Los tratamientos de la depresión duran hasta 6 años

Curarse de una depresión lleva tiempo. Algo más, si el enfermo debe acudir a consultas de la sanidad pública regional. En Asturias, la media de los tratamientos antidepresivos está en seis años. Cuatro, si se trata de trastornos de ansiedad, estrés casos de angustia, fobias o neurosis. Así, al menos, aparece reflejado en las estadísticas asistenciales del año 2004 correspondientes a la red de Salud Mental del Principado, donde se indica que a lo largo del año fueron atendidos 42.372 asturianos, que generaron un total de 201.998 consultas.

Lo que más llama la atención de este balance, al que ha tenido acceso EL COMERCIO, es el tiempo de duración de las terapias. La atención en la mayoría de los procesos, incluso los banales, se prolongan durante años. En los casos de depresión y ansiedad, enfermedades mentales más frecuentes y en constante aumento, el plazo durante el cual un enfermo sigue yendo al psiquiatra o al psicólogo duplica al de las consultas privadas. Así lo han puesto de manifiesto diversos profesionales del sector, que aseguran que un enfermo de depresión debería recibir el alta en un plazo máximo de entre dos y tres años.

Red sobresaturada

El problema, según apuntan fuentes sanitarias consultadas, es que «la red pública está sobresaturada», y esta situación está provocando «la cronificación de la enfermedad en muchos de los afectados». Además, tal y como indicaron estas fuentes, la organización de Salud Mental «ayuda poco, ya que es habitual que los pacientes que mejoran sigan acudiendo al psiquiatra, con revisiones cada seis meses, lo que provoca sesgos en las estadísticas», señalaron.

Los datos estadísticos vienen a dar la razón a una máxima en salud mental que afirma que «es muy fácil entrar, pero más difícil salir». Esto explica, a su vez, el hecho de que el volumen de enfermos se incremente año a año, y que los médicos se vean cada vez con más dificultades para poder atender en tiempo y forma a todos sus pacientes.

Las cifras asistenciales de 2004, parte de las cuales fueron avanzadas en setiembre por este periódico, confirman que la demanda para acudir a Salud Mental es cada vez mayor en Asturias. En apenas cuatro años, el Principado ha pasado de contabilizar 33.372 pacientes psiquiátricos (cifra de 2000) a tener 42.372 (datos de 2004). Nueve mil enfermos más en un cuatrienio. O lo que es lo mismo, 2.250 más cada año.

Para colmo, el mayor aumento se da en los diagnósticos más leves, pero que generan más consultas, como pueden ser los cuadros depresivos. El pasado año, en salud mental se diagnosticaron 11.144 nuevos casos, de los que 4.547 correspondieron a trastornos depresivos y cuadros de angustia y ansiedad.

Pero las depresiones y los cuadros de ansiedad o angustia no son los únicos trastornos con tiempos largos de tratamiento en la sanidad pública. De hecho, la media de duración generada por todos los enfermos que acuden a consulta en salud mental está en cinco años. Así, los pacientes con problemas de bulimia o anorexia consultan durante tres años, como media, y los que sufren alcoholismo, cuatro años.

Eso en cuanto a la duración de las terapias, pero, ¿cuántas veces es citado un enfermo por su psiquiatra o psicólogo? La cifra varía según la enfermedad, pero nunca llega a superar las cuatro citas anuales, lo que significa que los pacientes son vistos, generalmente, cada tres meses (90 días).

25% citas no médicas

En los casos de depresiones o trastornos afectivos, que suman ya el 20% de todas las consultas psiquiátrica, la media de contactos es de 3,9. Pacientes fóbicos, con ansiedad o angustias, que suponen tres de cada diez consultas, un poco menos, 3,7 citas al año. Además, no todas las visitas son al psiquiatra o al psicólogo. Entre un 15 y un 25% de las consultas corresponden a citas con enfermería, auxiliares o trabajadores sociales, lo que reduce aún más la media de veces que el enfermo consulta con su médico.

Poco personal

Otra de las razones que podría explicar el escaso número de veces que un paciente es citado a consulta psiquiátrica está en la ajustada cifra de personal, cuyo volumen no ha crecido al mismo ritmo que la demanda asistencial. Nuevamente hay que recurrir a las estadísticas, que revelan que la plantilla en Salud Mental se mantiene casi estática desde hace años. Los datos de las memorias del Servicio de Salud (Sespa) señalan que la red de Atención Psiquiátrica se compone de 402 trabajadores, de los que 81 son médicos. Este volumen de personal se repitió en 2002 y 2003, pero bajó a 372 a lo largo de 2004.

http://www.elcomerciodigital.com

Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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sábado, junio 17, 2006

Ansiedad y fobias


La ansiedad es un sentimiento humano normal que todos experimentamos cuando nos enfrentamos con situaciones que consideramos difíciles o que suponen una amenaza.
Con frecuencia llamamos a este sentimiento estrés, pero este término puede resultar confuso ya que la misma palabra puede ser utilizada para hacer mención a dos cosas diferentes; por una parte a las cosas que nos ponen nerviosos y por otra a nuestra reacción ante ellas. Por esta razón no emplearemos el término estrés en este folleto.

Cuando nuestra ansiedad es el resultado de un problema más o menos prolongado, como puede ser la presencia de dificultades económicas, lo llamamos preocupación. Si es una respuesta repentina ante una amenaza inmediata o un peligro inminente como puede ser el mirar desde lo alto de un precipicio o el enfrentarse a un perro rabioso lo llamamos miedo.

Normalmente, tanto el miedo como la ansiedad nos son útiles ya que nos permiten evitar situaciones peligrosas, nos ponen alerta frente a las mismas y nos suministran motivación para afrontar los problemas. Sin embargo, si estos sentimientos se vuelven demasiado intensos o duraderos pueden interferir nuestra capacidad para hacer las cosas que queremos y hacernos sentir desdichados e infelices.

Una fobia es un miedo ante situaciones particulares u objetos que no son peligrosos y a los que la mayoría de la gente no considera problemáticos.

Síntomas.

Ansiedad.


Mentales:

  • Sentirse preocupado todo el tiempo.
  • Sentirse cansado.
  • Incapacidad para concentrarse.
  • Sentirse irritable.
  • Dormir mal.

Corporales:

  • Palpitaciones (latidos irregulares).
  • Sudoración.
  • Tensión y dolores musculares.
  • Dificultad para respirar.
  • Vértigo.
  • Mareos, desvanecimientos.
  • Indigestión.
  • Diarrea.

Las personas ansiosas suelen confundir estos síntomas con indicios de la presencia de enfermedades físicas graves, y esta preocupación puede hacer que los síntomas incluso empeoren. Los episodios inesperados y repentinos de ansiedad son llamados pánico, y generalmente llevan a la persona a huir rápidamente de la situación en la que se encuentran cuando el ataque tiene lugar. Ansiedad y pánico con frecuencia se acompañan de sentimientos de depresión, de forma que la persona ansiosa puede sentirse malhumorada, perder el apetito y ver el futuro como triste y sin esperanza.

Fobias.

Una persona con una fobia tiene intensos síntomas de ansiedad como los descritos con anterioridad que suelen surgir en determinados momentos ante situaciones particulares consideradas como amenazantes. En otros momentos los pacientes no suelen sentirse ansiosos. Si usted tiene una fobia a los perros, usted se sentirá bien si no hay perros a su alrededor. Si a usted le asustan las alturas, usted se sentirá bien a nivel de tierra. Si usted no puede afrontar situaciones sociales, usted se sentirá tranquilo cuando no exista gente a su alrededor.

Una fobia suele conducir a quien la sufre a evitar aquellas situaciones en las que se siente ansioso y esto hará que la fobia empeore según transcurre el tiempo. También puede dar lugar a que la vida de la persona llegue a estar progresivamente dominada por las precauciones que tiene que tomar para evitar las situaciones que teme. Los que sufren fobias generalmente saben que no existe un peligro real y que su miedo es irracional e injustificado y como consecuencia pueden sentirse estúpidos sobre sus temores ya que son incapaces de controlarlos. Una fobia es más probable que desaparezca si ha comenzado tras un acontecimiento estresante o traumático.

¿Son frecuentes?.

Cerca de una de cada diez personas tendrá ansiedad patológica o fobias en algún momento de su vida. Sin embargo, la mayoría de ellos nunca solicitará tratamiento al respecto.

Causas.

Algunas personas parecen haber nacido con una tendencia a ser ansiosos (la investigación sugiere que esta tendencia puede ser heredada a través de nuestros genes). Sin embargo, aún incluso la gente que no es ansiosa por naturaleza puede llegar a estar ansiosa si se le somete a la presión suficiente.

En ocasiones parece bastante evidente la causa de la ansiedad, y cuando los problemas desaparecen también lo suele hacer la ansiedad. Sin embargo, existen ciertas circunstancias que son tan turbadoras y estresantes que la ansiedad que causan puede persistir tras el suceso. Estas situaciones generalmente suponen una amenaza para la vida como puede ser el caso de accidentes de automóvil, accidentes de tren o incendios. Las personas involucradas pueden sentirse nerviosas y ansiosas meses incluso años después del suceso, aún incluso si no resultaron heridos físicamente, constituyendo lo que conocemos como trastorno por estrés postraumático.

A veces la ansiedad puede ser consecuencia del consumo de drogas del tipo de las anfetaminas, el LSD o el éxtasis. Incluso la propia cafeína presente en el café o en las bebidas con cola puede ser suficiente para hacernos sentir a algunos de nosotros inconfortablemente ansiosos.

Por otra parte, puede no estar claro el porqué una persona en particular se siente ansiosa, ya que su ansiedad puede deberse a una mezcla de factores: su personalidad, las cosas que le han ocurrido, o cambios vitales como puede ser un embarazo.

Buscando ayuda.

Si estamos sometidos a gran cantidad de tensión podemos sentirnos ansiosos o temerosos por mucho tiempo. Generalmente superamos estos sentimientos ya que conocemos qué es lo que los está causando y cuando finalizará la situación. Por ejemplo, la mayoría de nosotros se sentirá ansioso antes de un examen de conducir, pero podemos afrontarlo porque sabemos que estos sentimientos desaparecerán una vez que el examen finalice.

Sin embargo, algunas personas pueden tener esos sentimientos durante mucho tiempo sin saber qué se los está causando y por tanto no sabiendo cuándo desaparecerán. Esta situación es mucho más dura de afrontar y generalmente se necesitará la ayuda de alguien. Los pacientes en ocasiones no desean solicitar ayuda porque piensan que los demás pueden considerar que están "locos". De hecho, lo cierto es que las personas con ansiedad y temores no suelen padecer enfermedades mentales graves. Además, es mucho mejor solicitar ayuda lo antes posible que sufrir en silencio.

En ocasiones, las personas con ansiedad y fobias pueden no querer hablar acerca de esos sentimientos, ni siquiera con su familia o amigos íntimos. Aún así, es fácil darse cuenta de que las cosas no van bien. El que sufre de ansiedad o tiene una fobia tiende a estar apagado y tenso, y puede asustarse o sobresaltarse fácilmente por sonidos normales como pueden ser el timbre de la puerta o la bocina de un coche. Suelen estar irritables y esto puede dar lugar a discusiones frecuentes con las personas que les rodean, especialmente si éstas no comprenden el hecho de que no pueda hacer ciertas cosas. En otras ocasiones, aunque los amigos y la familia puedan comprender el malestar causado por la ansiedad, pueden encontrar difícil el convivir con ella, especialmente si los temores parecen irracionales.

Ansiedad y fobias en los niños.

La mayoría de los niños pasan épocas en las que se sienten muy asustadizos ya que es parte normal de su crecimiento. Por ejemplo, los niños pequeños suelen estar muy unidos a las personas que los cuidan, y si por alguna razón son separados de ellas pueden ponerse muy ansiosos. Muchos niños se asustan de la oscuridad o de monstruos imaginarios. Estos miedos suelen desaparecer cuando el niño crece y generalmente no suponen una merma en la vida del niño ni interfieren con su desarrollo. La mayoría de los niños se sentirán ansiosos ante acontecimientos importantes en su vida como puede ser el primer día de colegio, pero pronto se les pasa y son capaces de disfrutar con la nueva situación.

Los adolescentes pueden con frecuencia estar malhumorados. A esta edad tienden a preocuparse por su imagen, por lo que los demás piensan de ellos y por sus relaciones con otras personas, especialmente con las del sexo opuesto. Estas preocupaciones suelen superarse hablando sobre ellas. Sin embargo, si son demasiado intensas pueden afectar su vida de forma que otras personas pueden darse cuenta de que disminuye su rendimiento escolar, que se comportan de forma diferente o de que no se sienten físicamente bien.

Si un niño o un adolescente se sienten tan ansiosos o temerosos que ésto afecta negativamente su vida, es una buena idea el consultar a su pediatra o médico de cabecera para que lo valore.

Ayudando a las personas con ansiedad y fobias.

Hablar sobre el problema puede ayudar cuando la ansiedad surge ante algún problema o conflicto reciente, como puede ser la pérdida del empleo, el tener un hijo enfermo o que le abandone su esposa. ¿Con quién hemos de hablar? Lo recomendable sería el intentar hablar con amigos o familiares en los que se confíe, cuyas opiniones se respeten, y que sepan escuchar. Ellos pueden haber tenido el mismo problema o conocer a alguien que lo haya tenido. A la vez que tenemos la oportunidad de hablar, podemos ser capaces de darnos cuenta de cómo otras personas han afrontado un problema similar.


Los grupos de autoayuda son una buena forma de entrar en contacto con personas con problemas similares. Ellos serán capaces de comprender lo que tu estás pasando y te podrán sugerir alguna forma de superar la situación. Estos grupos pueden estar centrados en la ansiedad y las fobias, o pueden estar constituidos por personas que han pasado experiencias similares (grupos de mujeres, grupos de pacientes en duelo, grupos de supervivientes de abusos).

Aprender a relajarse puede ser de gran ayuda para controlar la ansiedad. Podemos aprender a relajarnos a través de grupos o de profesionales, aunque también existen libros y cintas de audio y de video que pueden enseñarnos. Es una buena idea practicar con regularidad este tipo de técnicas y no sólo cuando se está en crisis.

La psicoterapia es un tratamiento a base de hablar pero más intensivo que nos puede ayudar a comprender y a afrontar aquellas razones de nuestra ansiedad que podemos no haber reconocido nosotros mismos. Este tipo de tratamiento puede tener lugar en grupos o individualmente, generalmente con frecuencia semanal durante varias semanas o meses, con psicoterapeutas que pueden ser o no médicos.

Si lo anterior no es suficiente, existen diferentes profesionales que pueden ayudarle -el médico de cabecera, el psiquiatra, los psicólogos, los trabajadores sociales, las enfermeras, consejeros-.


La medicación puede ser de gran utilidad en el tratamiento de algunas personas con ansiedad y fobias.

Los tranquilizantes más frecuentes son los fármacos del tipo Valium o Diazepan, las benzodiacepinas (la mayoría de las pastillas para dormir pertenecen a esta clase de medicamentos). Son muy eficaces en el alivio de la ansiedad, pero sabemos que pueden ser adictivos tras sólo 4 semanas de uso continuado. Además, cuando se trata de suspender estos fármacos se puede experimentar síntomas de abstinencia desagradables que pueden durar cierto tiempo. Este tipo de medicamentos debe ser empleado únicamente durante breves períodos de tiempo, quizás para ayudar en una situación de crisis. No deben ser empleados en tratamientos a largo plazo de la ansiedad.

Por otra parte, los antidepresivos no son adictivos y pueden ayudar a aliviar la ansiedad así como la depresión para la que habitualmente son prescritos. Algunos de ellos incluso parecen tener un efecto específico en ciertos tipos de ansiedad. Uno de sus defectos es que suelen precisar de 2 a 4 semanas antes de ser eficaces y que algunos pueden causar sedación, vértigo, sequedad de boca y estreñimiento. El tomar ciertos antidepresivos especiales como los IMAOS requiere el tener que seguir una dieta.


http://www.univision.com/

 

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jueves, junio 15, 2006

Felicidad, alegría, emociones y neurociencias.

La nación, Clarín)
Para Juan Pablo Piñeiro (27 años), ser feliz es compartir los buenos momentos: “Me siento muy bien cuando los vivo con gente que quiero”, afirma. Analía Pazos (30) asegura: “La felicidad es la conjunción de muchas cosas. Es lo que siempre pido en un brindis: salud, dinero y amor”.

Iñaki Erreguerena (30) opina que “es la suma de pequeños momentos de grandes alegrías” y ver felices a los que quiere. Diego Marcos Ithurburu Isola (32) estima que “la felicidad es poder pasar más tiempo con la familia, gozar de buena salud y aprender a disfrutar de las pequeñas y cotidianas cosas de la vida, como la conversación, el descanso, la amistad, el trabajo”.

Delia Oneto (68) llegó a la conclusión de que “es un estado de la mente que va más allá de tener dinero, hijos, casa o marido”. Por su parte, Ricardo Ponce (55) contesta sin vueltas: “Lo que me hace feliz es el dinero y comprar cosas”.

Todos ellos ofrecen una respuesta sugestiva –aunque incompleta– a una pregunta que en los últimos tiempos desvela a psicólogos, psiquiatras y neurocientíficos: ¿qué es lo que nos hace ver la vida color de rosa? Y, en el caso de que lo descubramos, ¿es posible estimularlo a voluntad?

Para hallar las raíces de ese estado de ánimo que nos hace cantar, tratan de encontrar patrones en las respuestas de las personas comunes y corrientes, comparan a pares de mellizos, analizan registros de imágenes mentales, estudian a monjes budistas, y no desdeñan ningún indicio que pueda iluminar los mecanismos mentales que hacen brillar nuestra existencia.

Las conclusiones comienzan a redondear un cuerpo de conocimiento en cierto modo sorprendente. Por ejemplo, hoy se sabe por imágenes de resonancia magnética que el ánimo positivo y entusiasta se asocia con una mayor actividad de la corteza prefrontal izquierda. También se postula que venimos "programados" para ser felices; es decir, que tendríamos un nivel emocional predeterminado para nuestro humor diario, más allá de las circunstancias de la vida.

Según algunos autores, las cuatro condiciones determinantes para ser feliz son la autonomía, la competencia (sentir que se es efectivo en las actividades que se emprenden), los vínculos con otras personas y la autoestima. Luego vienen la determinación (tener metas propias) y ser físicamente atractivo, y sólo en último lugar aparece la popularidad y el dinero.

Sin embargo, otros disienten: diversos estudios muestran que quienes tienen discapacidades severas son menos felices que los que no las padecen, que los casados son -en general- más felices que los solteros, que ese aumento de felicidad se prolonga a lo largo de décadas, y que quienes se separan o enviudan experimentan un descenso de su bienestar. Por otro lado, lo que explicaría que a medida que los ingresos aumentan los niveles de felicidad se mantienen inalterables es que al mismo tiempo que se elevan nuestras posesiones también se multiplican nuestras aspiraciones materiales.

"En un individuo típico -escribe el investigador norteamericano Richard Easterlin- la función felicidad depende de la razón entre las aspiraciones y los logros en cada dominio de la vida."

Pero además, poco a poco, los neurocientíficos están empezando a atisbar la compleja maquinaria cerebral responsable de lo que podríamos llamar la "alegría".

"Antes se pensaba que había un sistema límbico, un anillo de estructuras que se encargaba de las emociones -explica Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva-. Hoy estamos revisando ese concepto y demostrando algo que postulaba Darwin ya en 1872: que la expresión de las emociones en humanos y en animales es homóloga. Existe un conjunto limitado de emociones básicas que se mantuvo a lo largo de la evolución en las diferentes especies: alegría, tristeza, sorpresa, miedo, asco, ira, disgusto. Y están asociadas con señales faciales que son comunes a diferentes culturas."

Ya en 1983 se postuló que cada emoción debe estar asociada con un circuito cerebral particular. Y así como se descubrió que, por ejemplo, la amígdala está relacionada con el miedo, la ínsula con el disgusto y el estriado ventral interviene en la agresión, se sabe que la corteza prefrontal está involucrada en la regulación de la emoción y la toma de decisiones guiadas emocionalmente.

El mapa de las emociones

"Entre otras cosas, sabemos que la corteza orbitofrontal, una región «nueva» del cerebro desde un punto de vista evolutivo, se encarga de la recompensa y el placer -afirma Manes-. También se demostró que la emoción está «lateralizada»: cuando hay una lesión en el área derecha, los pacientes tienen risa patológica o se muestran patológicamente desinhibidos; cuando la lesión es en la izquierda, hay más depresión o angustia. Eso indicaría que el lado izquierdo procesa más la alegría y el derecho la tristeza. Lo interesante es que en individuos normales, estudios realizados en resonadores magnéticos funcionales mostraron que las mujeres y los varones procesamos las emociones de forma diferente. Las mujeres muestran mayor representación cerebral cuando evocan pensamientos tristes que los varones, y esto explicaría el riesgo casi duplicado de depresión que padecen con respecto a los hombres."

Sin embargo, si bien se puede decir que esta área es "necesaria" para la alegría, no es la única. "El cerebro trabaja en red y como si fuera un piano -apunta Manes-; algunas notas son más fuertes que otras. Quiere decir que se activa todo el cerebro, pero hay un área predominante."

"Podríamos distinguir la percepción de objetos hermosos, la experiencia de la felicidad y la expresión de la felicidad -dice durante un diálogo telefónico con LA NACION el doctor Sergio Paradiso, de la Universidad de Iowa, en los Estados Unidos-. Y aunque estos tres aspectos se han conectado muy fuertemente entre sí seguramente se relacionan con distintos mecanismos que pueden ser disociados en el cerebro."

Por ejemplo, la percepción de caras hermosas, una función muy importante en la vida social, está conectada con la parte inferior y medial del lóbulo temporal. Con esa parte del cerebro distinguimos si una cara es familiar o no, si es fea o hermosa, y eso abre las puertas a un sentimiento de felicidad o no. Los estímulos de recompensa muchas veces activan un área cerebral en la parte más baja de los ganglios basales, llamada estriado ventral.

"Son zonas que se activan cuando se toman drogas como la cocaína -detalla Paradiso-, y seguramente los adictos están buscando un rápido sentimiento de felicidad, de recompensa. También se piensa que situaciones de la vida normal en que uno se siente bien están conectadas con la actividad de esta área del cerebro, como el orgasmo."

Por Nora Bär

Busca del bienestar: la felicidad se localiza en un área del cerebro.

Las claves son cultivar los afectos y evitar problemas.
Los científicos debaten si es bueno estimular a personas sanas.

Gracias a los estudios que pueden obtener imágenes del cerebro en funcionamiento, los investigadores hoy pueden echar luz sobre cuáles son los caminos neuronales de las emociones y formular hipótesis que complementan y profundizan los conocimientos obtenidos a partir de la introspección sobre cuáles son las raíces de la felicidad.

“Con estudios de tomografía por emisión de positrones hemos demostrado cómo la parte cortical del lóbulo frontal está involucrada en la percepción de objetos que son agradables, mientras que zonas del cerebro subcortical, como la amígdala, están conectadas con la percepción de objetos que son feos, malos. Esa observación me hizo pensar que es más importante filogenéticamente, para la supervivencia, reconocer los peligros y las cosas feas, y por eso éstas están conectadas con el cerebro más antiguo”, comenta el doctor Sergio Paradiso, de la Universidad de Iowa, Estados Unidos.

“Cuando nos hicimos humanos, con el desarrollo de la corteza frontal, tuvimos más posibilidades de ponernos en contacto con aspectos más hedónicos de la vida y del ambiente. De modo que para disfrutar situaciones como comer o copular, tenemos el lóbulo frontal, y el cerebro subcortical, más antiguo, se conecta más con la satisfacción primaria.”

Según Paradiso, el ser humano parece ser el único capaz de sentir felicidad. “Seguramente hay emociones positivas en los monos o en los perros, pero esas condiciones se distinguen de la felicidad porque se relacionan con un bienestar sensorial, corpóreo –reflexiona–. Es muy posible que la felicidad humana haya evolucionado en cierto modo de los sentimientos más básicos de los animales. Pero creo que los humanos somos los que tenemos emociones más desarrolladas. A mi modo de ver, la felicidad es un sentimiento hedónico de apreciación estética, que está conectado íntimamente con la especie humana.”

En cambio, para Mariano Sigman, profesor de la carrera de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, “se sabe muy poco sobre las emociones de los animales, pero los animales se ríen o parecen reírse, y frente a situaciones parecidas a las que nos hacen reír a nosotros. Lo que sí es cierto es que la emoción positiva, la alegría o la risa son cognitivamente más complejas que emociones negativas como la tristeza o el enojo. De hecho, un bebe llora antes de reír”.

Según Sigman, todas estas emociones están relacionadas con el aprendizaje, nos sirven para corroborar qué camino seguir: si algo nos duele, cambiamos de ruta. La tristeza y las emociones negativas serían más primitivas, porque nos ayudan a sobrevivir. “La alegría es una especie de horizonte –afirma–, el lugar hacia donde ir.”

Estados intermedios

Sin embargo, agrega el investigador, cuando uno quiere categorizar las emociones, se encuentra con que hay estados que no están bien definidos. “Por ejemplo, hay momentos en que estamos un poco alegres y un poco tristes, o en que la risa se transforma en llanto –explica–. A pesar de que se identificaron áreas específicas relacionadas con cada emoción, parece haber otras que son comunes a todas.”

Y finaliza: “Para mí, la risa, tal como el humor o la metáfora, es un juego, algo así como la evocación de un sentimiento”.

Una frase hecha asegura que de evitar problemas se compone la felicidad. Paradiso coincide: “Seguramente, la alegría depende de nuestra capacidad para conectarnos con nuestros hijos, con nuestros padres, con los amigos, de modo que nuestra posibilidad de ser felices está relacionada con nuestra capacidad social, de tener placer y de resolver conflictos. Cuanto más uno sepa solucionar problemas, tanto más feliz será”.

¿Seremos más felices en el futuro, cuando se desentrañen los vericuetos neuronales que lo hacen posible? ¿Podrá estimularse una felicidad mayor en individuos sanos? Y si así fuera, teniendo en cuenta la enorme producción filosófica y estética surgida de seres angustiados, ¿seremos mejores?

“Hay estudios que muestran en mujeres que, cuando sienten alegría, disminuye la actividad en el área frontal del cerebro, que interviene en la toma de decisiones –cuenta el doctor Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva–. Se podría decir que cuando uno está alegre se pone un poco «tonto». La alegría frena la planificación.”

Pero Fernando Savater, en su prólogo a una obra de Bertrand Russell, se muestra escéptico: “No sé si en el siglo XX la gente ha sido más o menos feliz que en otras épocas. No hay estadísticas fiables de la dicha (por ejemplo, ¿nos hace más felices la televisión o el fax?)”, escribe. Y más adelante agrega, mordaz: “En cuanto a conquistar la felicidad, la felicidad propiamente dicha... sobre eso no me haría yo demasiadas ilusiones”.



Psicología

El lado bueno de las emociones negativas
Enojo, miedo, culpa, celos, envidia… Sentimientos que experimentamos con frecuencia y que, según el doctor Norberto Levy, pueden enseñarnos a vivir mejor

"Yo, al miedo, cuando aparece, le digo: terminala, que tengo que salir a bailar, así que… ¡¡¡finíshela!!!" (Alejandro, 42 años.)

"¿Qué le diría a ese sentimiento de culpa que me persigue a cada paso si lo tuviera ahí? ¡Que lo odiooooo!" (Inés, 47 años.)

"Nada estrangularía con más placer que a mis enojos. Los detesto." (Martín, 38 años.)

Quién lo duda: hay emociones "malas" o "negativas". El enojo, el miedo, la culpa, los celos, la envidia… Todos las conocemos; son tan molestas como frecuentes. Entonces, cuando las vemos venir (y generalmente vienen seguido), las etiquetamos y empaquetamos como si fueran completamente inútiles y las condenamos a desaparecer o, al menos, a ser disimuladas.Pero ellas se empeñan en regresar.

"Solemos creer que estas emociones conflictivas son el problema en sí. Pero del mismo modo en que las luces del tablero de un auto se encienden e indican, por ejemplo, que queda poco combustible, cada emoción es una refinadísima señal que en sí misma no significa nada, pero que indica un problema por resolver. Y ésa es la sabiduría que nos proponen", dice el doctor Norberto Levy, médico y psicoterapeuta argentino, heredero de la tradición gestáltica que inició el alemán Fritz Pearls en los años sesenta.

"Si hablamos de emociones buenas y emociones malas, les damos una valoración moral que nos impide comprender su razón de ser. Y ésta es una lección inadecuada que aprendemos desde niños –agrega Levy–. El problema es que cuando pienso que una emoción es mala tiendo a eliminarla, así que me pierdo la posibilidad de aprender lo que tiene para enseñarme, y entonces en lugar de aprovecharla sólo la padezco."

La propuesta de Levy consiste en la autoasistencia psicológica, algo así como la posibilidad de que seamos nuestros propios terapeutas, un método basado en aprender a preguntarnos sobre los aspectos personales que no nos gustan y, en esa intimidad de diálogo, ser honestos con nosotros mismos y con esas partes problemáticas que generalmente rechazamos.

Pero hay varias claves para que este diálogo interior rinda frutos: aceptar que es normal que todos sintamos estas emociones aparentemente malas y que cuanta más violencia pretendamos ejercer sobre nuestros aspectos negativos, peor reaccionarán, sintiéndose una parte dividida y rechazada de nosotros mismos en lugar de aspectos propios que también claman por nuestra atención y consideración, tanto (o más) que nuestras virtudes.Vestido completamente de blanco, sin zapatos (pero con medias, también, del mismo blanco inmaculado), el doctor Levy responde en forma concentrada, cerrando los ojos y tomándose su tiempo, a cada una de las preguntas.

–Emociones y sentimientos, ¿son lo mismo?

–Si utilizamos la metáfora de la paleta del pintor, los colores primarios representan las emociones y los tonos pastel, los sentimientos. Pero la realidad es que los límites son imprecisos, y de hecho ambos reflejan modificaciones en el estado anímico, producidas por un estímulo determinado. Además, cuando nos concentramos en ver qué función cumplen advertimos que en ambos casos es similar. Existen emociones que nos informan acerca de lo que tenemos (por ejemplo, la alegría, la gratitud, la confianza, la solidaridad) y otras que nos informan sobre algo que nos falta: la tristeza, el miedo, la culpa… Estas últimas son llamadas negativas, como si llamáramos negativo al dolor físico, que en realidad tiene la importante función de llamarnos la atención sobre un problema. La señal puede ser dolorosa, pero moviliza la acción para reparar algo que no hemos tenido en cuenta.

El miedo
–¿Qué nos indica el miedo?

–Que hay una desproporción entre la amenaza que enfrento y los recursos que tengo para encararla. La amenaza puede ser física o emocional: miedo de ser golpeados, de no contar con los medios para sostenernos, de ser humillados… No existe el miedo injustificado: puede ocurrir que sea un miedo cuyas razones desconozcamos, pero no por eso no tener justificación. Y siempre, cuando la persona percibe que la amenaza supera sus recursos, aparecerá el miedo, porque el reconocer que uno cuenta con los recursos también forma parte de los mecanismos necesarios para no sentir miedo. Pero hay más: el miedo en sí mismo no es un problema: siempre que sentimos miedo, a continuación también experimentamos otra emoción o reacción emocional en cadena, y según sea esta reacción será el destino del miedo original. Si nos da miedo sentir miedo, lo suprimimos porque nos parece que nos va a sobrepasar; si nos da rabia, nos enojamos con la parte miedosa y la retamos. Si nos avergüenza, la escondemos. Como cada una de estas reacciones produce una actitud específica hacia el miedo original, a la parte miedosa se le agrava su condición y entonces tiene dos amenazas: la externa (el examen, la enfermedad, el rechazo, etc.) y la interna, que es la propia reacción interior que nos produce el tener miedo. Esto puede agravar o atenuar el miedo original.

–¿Y entonces?

–Entonces surge la equivocada idea de oponer el miedo a la valentía, o creer que tener miedo es ser cobardes o que el miedo es mal consejero… Pero este miedo no escuchado pone en marcha un círculo vicioso que pronostica situaciones más catastróficas cada vez: el miedo busca ser oído, y eso mismo es lo que hace que se lo escuche menos y que pierda credibilidad por sus propias exageraciones. Seguramente usted escuchó hablar del ataque de pánico.

–Claro, por supuesto…

–Bueno, todo miedo comienza siendo pequeño. Pero este cuadro intenso y dramático es el resultado del círculo vicioso que antes mencionamos, que amplifica y agrava el miedo hasta vivirlo como una catástrofe. El pánico, en realidad, es miedo mal asistido.

–¿Cuál es su propuesta?

–Una paciente me consultó por miedo a la soledad. Mi propuesta es que una parte de uno mismo le hable a la otra y que después esa otra le conteste, tal como ocurre entre dos personas. Parece extraño, pero de hecho todos conversamos así con nuestros distintos aspectos, y si logramos realizar este ejercicio con claridad podremos transformar antagonismo en cooperación. Partiendo de este método, le propuse a esta persona: "Si imaginaras que esa parte miedosa tuya está enfrente, ¿qué le dirías?" Y, ella, mirando hacia ese espacio, le gritó: "Que estoy harta de tu miedo, que me dan ganas de darte bofetadas para que te despiertes..." Entonces la invité a que se pusiera en el lugar de la parte miedosa y que viera cómo se sentía al escuchar eso. Y ahí respondió: "Ahora me siento peor, más sola que antes…". Esta es una reacción interior típica que agrava el miedo: creemos que enojándonos con esa parte miedosa la vamos a transformar. Siempre somos evaluadores de nuestras propias emociones, y según sea el modo de evaluar podremos ayudarnos a nosotros mismos o no. El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto, porque en realidad no quiere vivir con miedo. Escuchar a la parte miedosa no significa consentirla o pretender que esa escucha la haga callar. Eso es sólo anestesia, y dura poco. La clave es poder preguntarle a nuestra parte miedosa qué necesita y cómo precisa ser tratada para ser ayudada, no destruida. Para transformar el miedo hay que tratarlo bien.

El enojo
–El enojo es otra emoción muy cuestionada…

–Así es. El enojo es esencialmente una reacción a la frustración. Y, en términos generales, podemos decir que lo fundamental es que sepamos si nuestros enojos tienden a destruir o a resolver. El problema es que en el 80% de los casos (o más) los enojos no resuelven nada y, en realidad, son agravadores o destructivos. Esto ocurre cuando quedan adheridos al deseo de hacer sufrir y de castigar al otro por lo que hizo. Muchos creen que expresar enojo es descalificar, reprochar, cuando eso en realidad nos distancia del motivo que provocó el enojo y pone en marcha un mecanismo que podría llamarse "de bomba atómica": yo agredo y ofendo a quien me hizo enojar, quien a su vez me agrede y me ofende, y continuamos así en la fabricación de actos de una violencia desproporcionada, que a menudo olvidamos cómo comenzaron.

–¿Y qué se puede hacer en lugar de eso?

–Un elemento central es la capacidad de autofirmación, es decir, de expresar con claridad la propia necesidad o punto de vista. Mi amigo prometió traerme un libro que no me trajo. Que yo me enoje no es el problema, sino cómo me enojo… Puedo decirle que es un egoísta, una mala persona, un desconsiderado o expresarle mi enojo sin agraviarlo, diciéndole que necesito ese libro y que él prometió traerlo y no lo hizo, y que espero que vea cómo solucionar el problema. Enojarse, contra lo que a menudo creemos, no es sinónimo de pelearse. Y para quienes a menudo el enojo significa pelea hay una pregunta que es conveniente hacerse al iniciar toda discusión: ¿qué debería ocurrir aquí para que mi enojo termine lo antes posible?

–¿Y qué ocurre cuando no podemos resolver el enojo?

–No lo podemos expresar. Si lo retenemos, lo enfriamos, pero al mismo tiempo lo volvemos crónico, y así se convierte en resentimiento, que es como una foto fija del dolor y de la bronca que nos produjo un hecho vivido en determinado momento, pero que se desconecta de lo que pasó después y queda inmutable en el tiempo. Quien siente resentimiento suele ser hipersensible y caer fácilmente en el autorreproche, otra de las trampas que abren las puertas a la baja autoestima y al desprecio de la persona por sí misma, como si hubiera en ella una "naturaleza destructiva", cuando en realidad es un ser herido y no un "depravado" esencial.

–¿Y existe alguna clave, alguna llave maestra para evitarlo?

–Bueno, es importante ser capaces de comunicar el dolor o el enojo sin reprochar. Esto permite que no anide el resentimiento.

–¿Puede no estar resentido, por ejemplo, un padre a quien le matan a un hijo?

–Sí. Y esto lo vemos a menudo. De alguna manera, estas personas logran trascender la reacción primaria de venganza directa, el ojo por ojo, y pasan a un nivel superior: pueden darle canales eficaces y civilizados de expresión a su enojo para realizar acciones útiles que permitan que esa tragedia que les ocurrió a ellos no vuelva a pasar. Y eso es muy bueno. Encauza el enojo, que así se reduce. Y pensemos que se trata de personas a quienes les mataron un hijo, una de las cosas más duras que nos pueden pasar.

–Hoy en día algunos gurús recomiendan "enojarse menos" o, en lo posible, no enojarse y tratar de conectarse más con la compasión. ¿Es una visión ingenua?

–Es una propuesta bienintencionada, pero que no resuelve el problema. Lo esquiva. Y volvemos a lo anterior: la gran mayoría de nosotros no sabe qué hacer con el enojo y, cuando lo expresamos, complicamos más las cosas. Tenemos que aprender a enojarnos; ésa es la clave: utilizar la energía del enojo para resolver el problema que nos enoja, no para agravarlo.

La culpa

–Cuando me siento culpable, ¿de dónde viene ese sentimiento?

–Es una buena pregunta. En realidad, hay una voz interior culpadora que es la que hace que uno se sienta culpable. El problema es que culpable y culpador son las dos caras de una misma moneda, porque conviven en la misma persona. Para comprender y resolver el sentimiento de culpa tenemos que reconocer a quién representa esa parte culpadora que está dentro de nosotros. Todos, en forma consciente o no, respondemos a un código moral, que es individual, pero también social, y que funciona interiormente como "culpador" y se activa cada vez que no cumplimos o creemos no cumplir con él.

–Entonces, si la culpa viene a recordarnos una norma con la que incumplimos, es una emoción justa…

–Bueno, en realidad, la función del culpador no es la injuria y el castigo, sino el aviso al culpado de que ha transgredido la norma y el intento de restablecer el respeto a ese código. El problema es que el culpador debe aprender a enseñar, no a castigar o a torturar.

–¿Por ejemplo?

–Veamos: una mujer querría separarse de su marido, pero se siente culpable porque una voz interior la tortura diciéndole que él no merece ser dejado, porque cuando ella lo necesitó el esposo estuvo a su lado. La tarea que la persona cuyas partes "culpables" y "culpadoras" tironean interiormente necesita realizar es trabajar sobre la norma que nos indica que no está bien abandonar a alguien que nos necesita. Pero separarse de alguien no es necesariamente abandonarlo, sino, en este caso, dejar de convivir.

–¿Y cuando a menudo sentimos que los otros nos hacen sentir culpables?

–Cuando decimos "Fulano hace que me sienta culpable", en el fondo lo que estamos diciendo es que Fulano me acusa de lo mismo que mi propio culpador interior. Es mi propio autorreproche manifestándose también de esta forma. No todos sentimos la culpa de la misma manera: algunos experimentan síntomas físicos; otros, una especie de dolor y desasosiego. El punto en común es que nos reprochamos no haber cumplido una norma de nuestro propio código interno que, cuanto menos flexible sea, más severamente nos increpará. Podemos convertir esa voz culpadora en una voz aliada, que repare sin torturar.

La envidia

–Hay gente que dice que no conoce la envidia… ¿Todos somos envidiosos?

–Todos, en determinada situación, podemos sentir envidia, aunque no siempre nos es fácil reconocerlo. Descubrir que uno siente envidia no debería convertirse en sinónimo de marginación existencial (risas)… Lo que quiero decir es que es normal albergar deseos insatisfechos y sentir el inevitable dolor que produce la comparación con alguien que realizó ese deseo que yo hubiera querido y no pude.

–Mi vecino se compró un auto nuevo, o el departamento que más me gusta, o tuvo un hijo… Todas cosas que yo quisiera y no tengo. ¿Qué hago con este sentimiento?

–Primero de todo, saber que no soy una mala persona por sentir lo que siento. Segundo, saber que es inevitable y universal, y que todos los seres humanos en mi lugar sentirían envidia. Tercero: preguntarme qué puedo hacer yo para responder a mi cuota de deseos insatisfechos y ver, dentro de mis posibilidades, cómo alcanzarlos.

–Entonces, ¿qué nos puede enseñar la envidia?

–El sentido más profundo de esta emoción es el de ser una señal que nos pone en contacto con un deseo no satisfecho. Y una de las peores cosas que se ha hecho con la envidia es convertirla en algo que uno no debería sentir.

Los celos

–¿Qué son los celos?

–Una emoción universal, que implica el temor y el dolor de perder el amor de alguien querido por la presencia de un tercero. No sólo existen en las relaciones de pareja, sino en todo tipo de relación. Todos hemos sentido celos alguna vez, y por eso es necesario diferenciar los celos normales de los patológicos. Esto se logra distinguiendo el estímulo que los denota de la manera en que se reacciona. Cuanto menor es el estímulo y mayor la reacción, más cerca estamos de los celos patológicos.

–A menudo se dice que el celoso es un inseguro…

–Bueno, uno siente celos en relación con aquellas áreas en las que se siente más inseguro, y eso puede ser la intimidad afectiva, el área intelectual, la sensibilidad, la creatividad… Entonces imagino que un tercero le brindará a mi pareja lo que yo supuestamente no, y mi rival ni siquiera es alguien real, sino lo que yo quisiera ser y no soy.

–Pero en una relación de pareja, ¿tiene que haber celos?

–Es cierto que a menudo se dice "si me cela es porque le importo", cuando probablemente, con esa actitud, el que intenta despertar celos disimula así su propia condición de celoso. En realidad, el amor no necesita de los celos. La pareja necesita de la autonomía psicológica de cada uno de sus miembros; esto es, que cada uno tenga una cuota satisfactoria de vida propia y que ambos crezcan en el vínculo. La raíz más importante del problema de los celos es el sentimiento de autodesvalorización, que, junto con la dependencia emocional, son las causas profundas de los celos excesivos.

–¿Y esto se puede modificar?

–Sí, trabajando la raíz que genera estas emociones, y que es el autorrechazo destructivo, lo que ocurre cuando en lugar de intentar transformar lo que nos molesta de nosotros mismos lo esquivamos, lo negamos o detestamos como si de esa forma dejara de existir.

–¿Y ser posesivo es lo mismo que ser celoso?

–La posesión es una distorsión. El posesivo teme perder al ser querido e intenta retenerlo convirtiéndolo en un objeto poseíble. La raíz de esta actitud, como la de los celos, es la inseguridad. El posesivo no la pasa bien, padece mucho. Quizá no en forma consciente, pero sabe que lo que busca es imposible, y entonces cosecha resentimiento de parte del otro, que se siente enjaulado. También es imposible lo que busca el celoso, que es ser todo para el otro, su única fuente de satisfacción y bienestar, cubrir todas sus áreas. Eso siempre terminará en fracaso: la fortaleza de un vínculo no reside tanto en la complementariedad total sino, más bien, en disfrutar lo que se comparte y respetar las diferencias.

Por Gabriela Navarra

De jefes y empleados

¿Quién no se ha enojado alguna vez con un superior (jefe o alguien con mayor jerarquía), sin tener la posibilidad de manifestar abiertamente esa emoción?"Esas situaciones son parte del aprendizaje al que nos enfrentan las frustraciones en la vida –dice Norberto Levy–, los dolores por los que tenemos que pasar cuando estamos involucrados en relaciones de poder… Lo máximo que uno puede hacer en estas situaciones es tratar de expresar cómo se siente e intentar hacer una propuesta para un cambio. Pero, atención: todo esto sabiendo que uno puede ser escuchado o no, porque la decisión de prestar oídos no depende de uno… Lo importante, en estos casos, es saber que uno hizo bien su parte, aprender a ser perceptivos y saber qué se puede esperar concretamente. Eso hará que adecuemos nuestra actitud a lo que las circunstancias puedan proporcionarnos."

¿Emociones o pecados?
–Algunas de estas emociones llamadas negativas son consideradas hasta pecados. ¿Realmente son algo tan malo?

–La palabra pecado tiene muchos sentidos, pero uno de ellos, el más inadecuado, es el que alude a la presencia de algo malo esencial en mí como si hubiera transgredido la voluntad de Dios, algo así como una especie de esencia inmutable destructiva. Esto hace que la persona se sienta mala, y la idea de que la vida es una eterna lucha entre el bien y el mal es una de las que más daño hacen. Si no, fijémonos en qué situación se pone al mundo entero cuando Ben Laden dice de Bush que es el eje del mal y Bush lo dice de Ben Laden… Nosotros somos aprendices, y estas emociones no son pecados de maldad: son ignorancia. Nuestra tarea más difícil como seres humanos es aprender a resolver con amor los problemas que surgen de tener una conciencia individual.

–¿Cómo es eso?

–Claro, las hormigas trabajan juntas en forma totalmente cooperativa; nadie pelea con nadie por la parte de la tarea que le toca: la que tiene que ir a la guerra, va. Pero cuando nace la conciencia individual aparecemos cada uno de nosotros, que sentimos que somos el ombligo del mundo. Yo no quiero ir a la guerra, ni quiere Juan ni quiere María… Por eso, todos los de­sencuentros y batallas que suceden, y todos tenemos que pasar por esas situaciones, nos lleven el tiempo que nos lleven, hasta darnos cuenta de que no somos ese ombligo del mundo, sino simplemente una pequeña parte de él.

Perfil
Norberto Levy

Es médico y psicoterapeuta, autor de:
El asistente interior (Ed. Del Nuevo Extremo)
La sabiduría de las emociones (Ed. Sudamericana)
Aprendices del amor (Ed. Grijalbo)
Más datos: autoasistencia@fibertel.com.ar


LA NACION 07.05.2006 Página 00 Revista


Cuando el cerebro desconecta el yo

Nuevos estudios demuestran que si el cerebro se concentra en una tarea, la percepción de sí mismo desaparece. Además, por medio de la región cerebral especializada en la lectura percibimos palabras enteras, y no letras.

Auto-percepción y velocidad no van de la mano

Todos conocemos la sensación de perder el contacto con lo que nos rodea. Puede suceder por varias razones, y una de ellas es la concentración. Cuando nos abocamos a resolver una tarea, el cerebro desconecta la percepción del yo, a tal punto que perdemos la noción de nosotros mismos.

El neurólogo Ilan Goldberg, del Instituto Weizmann en Israel, sometió a voluntarios a experimentos en los que debían observar diversas fotografías. Al reconocer en ellas una figura conocida, como la de un animal, debían apretar un botón. Se trataba de una simple tarea cognitiva. Al aumentar la velocidad de la secuencia, la concentración también aumentaba.

Luego, en otra prueba de menor velocidad, se les pedía que relacionaran las fotografías con un sentimiento. La intención
de Goldberg era provocar en los voluntarios la introspección u observación de sí mismo. Como se esperaba, los lóbulos frontales presentaban mayor actividad que otras regiones del cerebro. Al pasar a una secuencia más rápida, el mecanismo de percepción del yo permanecía totalmente inactivo.

Según Goldberg, “las regiones del cerebro responsables de la introspección están separadas de las zonas responsables de la percepción sensorial”. El investigador explica además que, cuando el cerebro necesita todos sus recursos para llevar a cabo tareas complejas, la zona de la auto-percepción se bloquea. Es decir que dejamos de percibirnos a nosotros mismos.

Goldberg cree que esto responde a un mecanismo de defensa. “Cuando nos vemos en peligro, como al aparecer una serpiente, no tiene sentido reflexionar acerca de qué sentimos”, explica. El equipo de Rehovot presentó este informe sobre su trabajo en la revista “Neuron”.

Palabras, no letras

El ser humano conoce la palabra escrita desde hace algunos milenios, poco tiempo comparado con los cientos de miles de su existencia. Toda una novedad en nuestra historia evolutiva. Y hace ya siglo y medio que la ciencia trata de averiguar si existe una región cerebral especializada en reconocer palabras formadas.

En París, en el Hopital de la Salpetrière, trabaja Laurent Cohen para comprobar la hipótesis que formulara Jules Déjerine hace más de cien años. En una operación realizada en un paciente epiléptico, los cirujanos del equipo de Cohen planearon extirpar tejido del área llamada de “formación visual de la palabra”, Word Form Area (WFA), ubicada en la parte postero-superior del hemisferio cerebral izquierdo.

Anteriormente, Cohen y sus colegas habían colocado seis electrodos en dicha zona. Cuando el paciente leía palabras de tres a nueve sílabas, la actividad cerebral era registrada por un tomógrafo de resonancia magnética. Los científicos tomaron el tiempo que necesitaba para leer, y comprobaron que el lapso era independiente de la longitud de las palabras. El tomógrafo mostraba plena actividad en el área de formación visual de las palabras, y también los electrodos, lo que confirmaba la tesis: el cerebro percibe las palabras como un todo.

Un lugar especial para la lectura

Luego de la operación, los neurólogos repitieron el experimento. Para su sorpresa, la velocidad de lectura era menor, y dependía del largo de las palabras. Además, la tomografía no mostraba actividad en la WFA. Lo que sucedió es que el área fue dañada por la operación, según reportan los investigadores en “Neuron”.

“Esto significa que el proceso de la lectura comienza a medio camino entre la visión y la elaboración del lenguaje”, aclara Lionel Naccache, del equipo de La Salpetrière a Der Spiegel. Con esto se demostraría el papel que cumple esa región cerebral en la capacidad de leer.

También científicos estadounidenses ven en estos resultados la prueba de que Déjerine tenía razón: el cerebro posee una región especializada en reconocer palabras enteras. Lo sorprendente es, según ellos, que exista un área que se ocupe de la lectura, una habilidad reciente, evolutivamente hablando.

Fuente: Deutsche Welle

Clarín.com



Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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lunes, junio 12, 2006

La ansiedad y tensión emocional un problema actual

En estos tiempos frenéticos en que nos toca vivir, la gran mayoría de las personas sufren de ansiedad: fiel compañera del estrés cotidiano.

En estos tiempos frenéticos en que nos toca vivir, la gran mayoría de las personas sufren de ansiedad: fiel compañera del estrés cotidiano.

La palabra ansiedad es sin duda muy utilizada en el vocabulario popular. Se emplea frecuentemente como referencia al estrés diario y hasta se le ha asignado un sentido poético, como en aquella canción "Ansiedad, de tenerte en mis brazos".

Actualmente se describe a la ansiedad como un sentimiento persistente de tensión y de expectativa, acompañada por inquietud, aprensión, fatiga, sensación de peligro y reacciones físicas como respiración excesiva, palpitaciones, opresión en la región estomacal, alteraciones respiratorias y otras manifestaciones nerviosas. Un síntoma inicial muy común es la tensión, es decir, la incapacidad de relajarse.

A medida que nuestra sociedad se vuelve más compleja, la presión que actúa sobre cada individuo crece y los trastornos de ansiedad pueden convertirse en una grave enfermedad. De hecho en los últimos años han aumentado significativamente por la constante tensión emocional a la que estamos cotidianamente expuestos.

Todo el mundo sabe que la vida moderna, especialmente en las grandes ciudades, es fuente permanente de ansiedades y de contrariedades, de las cuales es preciso liberarse, siempre que sea posible, para bien de la propia salud y para poder convivir normalmente con los demás. Pero es cierto que no todas las personas logran relajarse, olvidar los problemas y las constantes preocupaciones de esta época. Un mismo dato de la realidad puede causar ansiedad y/o angustia en una persona y en otra, resultar absolutamente tolerable. Saber cuál es el mejor método para relajarse es tan difícil como definir ciertas sensaciones como fatiga, tedio, ansiedad, tensión o frustración, que son precisamente las que hacen necesario y conveniente recurrir a un buen relajamiento. Este, por sí solo, no resolverá el problema pero podrá ayudar a la persona a sentirse mejor consigo misma, al menos temporariamente.

En todos los casos, la ansiedad es producida por la acción conjugada de dos fuerzas opuestas: una tensión instintiva aumentada y el temor a que cualquier comportamiento destinado a aliviar dicha tensión pueda causar efectos desastrosos.

La verdad es que nadie es ajeno a sus síntomas. ¨Quién no ha sentido fuertes palpitaciones cuando se está en peligro, o la necesidad de morderse las uñas como si fueran un delicioso manjar? Todas estas son respuestas perfectamente normales ante eventos que provocan estrés, pero uno podría preguntarse ¨cuándo la ansiedad se convierte en patológica? Yo diría que cuando sus signos se agudizan y comienzan a interferir en el desarrollo de las actividades cotidianas alterando la conducta normal, ahí es momento de preocuparse.

Ahora bien, ¨cuáles son los síntomas de la ansiedad? Los síntomas físicos y emocionales que delatan la presencia de un estado de ansiedad son: transpiración excesiva, náuseas o malestar abdominal, vértigos, mareos, falta de aire, nudo en la garganta, fuertes palpitaciones, insomnio, cansancio, entumecimiento, sensación de pinchazos de agujas, fuertes dolores de cabeza, agitación e inquietud (o sea una tendencia a incrementar la movilidad), nerviosismo, preocupación constante, miedo, hipersensibilidad. Estos son algunos de los síntomas más frecuentes, pero la ansiedad puede causar una amplia variedad de señales que afectan a varias partes del cuerpo, y que en muchos casos son difíciles de diagnosticar. Algunos de los trastornos psicológicos asociados a la ansiedad son: los trastornos de ansiedad generalizada, los causados por estrés post-traumático, las fobias, los trastornos de pánicos, los trastornos obsesivos compulsivos y los trastornos depresivos, entre otros.

Queda claro, no obstante, que la ansiedad por sí sola no es patológica y puede llegar a constituir un estímulo positivo en determinadas circunstancias. También es posible encontrar personas que transforman la ansiedad en una "herramienta" eficiente en sus actividades.

¨Qué causa ansiedad? Probablemente no existe una situación o condición aislada que cause un trastorno de ansiedad por sí misma. Existen innumerables situaciones humanas y sociales que provocan ansiedad. Sin embargo, hay detonantes físicos, emocionales y socio-ambientales que al combinarse, pueden provocarlo.

Ciertas personas, por la misma naturaleza de su trabajo (los ejecutivos y gerentes, por ejemplo) se ven a menudo sujetas a situaciones que generan ansiedad. Evidentemente, los problemas de trabajo no son las únicas causas posibles de la ansiedad.

Como la mayoría de los trastornos emocionales, la ansiedad suele tener sus raíces en problemas de interrelación personal, ya sea en forma directa o a nivel de las estructuras de la sociedad. Los conflictos internos son también una fuente de ansiedad bastante común.

Se considera además que es posible también que una persona pueda desarrollar o heredar una susceptibilidad biológica ante estos desórdenes.

La mayoría de los autores especializados en el tema coinciden en que tanto la herencia como las sustancias químicas del cerebro, la personalidad y las experiencias de la vida, son factores que parecen estar implicados en la aparición de los trastornos asociados con la ansiedad. Por lo tanto, a la hora de formular un diagnóstico, el psicólogo deberá tener en cuenta las situaciones difíciles que el paciente enfrenta, su nivel intelectual y cultural, su situación económica y su estado psicofísico

¨Cómo se puede ayudar a las personas que padecen un trastorno de ansiedad? Para ayudar a estas personas se han desarrollado varios métodos de relajación y de psicoterapia que tienden a atenuar los síntomas de la ansiedad. También existen tratamientos psicofarmacológicos, utilizando fármacos como los tranquilizantes o ansiolíticos que sirven para reducir la ansiedad a límites soportables, lo que hace posible el tratamiento psicológico de estas personas.

La mayoría de los métodos de relajamiento buscan enseñar al individuo que los adopta cómo disminuir su propia tensión muscular mediante una serie de ejercicios.
Probablemente la más conocida -y la más antigua- de dichas técnicas sea el yoga, que ayuda a controlar mejor las reacciones del cuerpo. Análogamente, el sauna, los baños turcos, los masajes y otros tratamientos a base de calor, tienden a producir efectos semejantes.

Los ejercicios físicos, los cambios de actividad mental y las técnicas destinadas a disminuir la tensión general, constituyen los tres tipos básicos de relajamiento.

Tan sólo una cosa es segura: para la mayoría de los individuos, una determinada cantidad de ejercicio es imprescindible para llevar una vida equilibrada. Entre las razones para que así sea está el hecho de que el ejercicio o la actividad física es, en sí misma, una forma de relajamiento. Llevar a cabo alguna actividad física no sólo hace bien a los músculos sino que promueve un cambio de ánimo, alejando de la mente el trabajo, las preocupaciones cotidianas y las ansiedades que estas situaciones provocan.

Existen muchas otras actividades que ayudan a relajarse, liberar tensiones y disminuir el incremento de ansiedad. Muchas personas encuentran en la pesca la fórmula ideal para esto. Otras prefieren desviar la mente de las actividades cotidianas concentrándose en trabajos manuales absorbentes que exigen gran pericia y paciencia. Hay quienes eligen formar parte de un grupo de teatro, actividad que les permite escapar de la rutina y entrar en un mundo pleno de fantasía.

En síntesis, relajarse es cambiar: cambiar de ánimo, de intereses, de desafíos.

Es importante por lo tanto construir nuestra vida en torno de una variedad razonablemente amplia de intereses. Quien sólo vive para el trabajo (o, como en el caso de muchas mujeres, sólo para el hogar), se aburre y es vulnerable. Para este tipo de personas una buena manera de relajarse es interesarse por algo totalmente diferente cada día, algo que les brinde una oportunidad de realizarse en un campo nuevo de actividades.

Poco importa cuál sea esa actividad, lo importante es no mostrarse demasiado exigente respecto a las que puedan parecer triviales o incluso tontas. Lo fundamental es que el individuo saque provecho y satisfacción de su elección.

Todo el mundo necesita tener de vez en cuando una válvula de escape porque no hay duda que las emociones o tensiones contenidas y acumuladas generan ansiedad.
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Saludos Cordiales

Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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viernes, junio 09, 2006

Afirman que la soledad tiene un componente genético

No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Y ahora hay una tercera opción: ¿Y si la soledad está en los genes? Desde hace un tiempo pareciera que todo está en los genes: la obesidad, la infidelidad. ¡Ahora la soledad!

Un estudio realizado por las Universidades de Chicago y Libre de Amsterdam reveló que existe una predisposición genética a padecer esa sensación. Que al igual que uno puede llevar escrito en su ADN mayores chances de padecer sobrepeso o enfermedades cardiovasculares, también podría tener grabada una tendencia al aislamiento.

La información sobre estos temas siempre suena a una especie de "determinismo biológico". Pareciera que uno finalmente les puede echar la culpa de todo a los genes. Que gracias a ellos se podrían justificar algunas conductas. "Y... mirá, no quise ser infiel pero, viste, está en mis genes". O peor: "No sos vos, lo que pasa es que quiero estar sola porque tengo una predisposición genética".

Las investigaciones que llevaron a la conclusión de la tendencia genética hacia la soledad se hicieron sobre gemelos idénticos y no idénticos en Holanda (ver Experiencia con...). En ellos es más fácil discernir la influencia genética. La autora fue Dorret Boomsma, profesora de Psicología Biológica de la Universidad Libre de Amsterdam, experta en mellizos y herencia. Consultada sobre sus conclusiones, Dorret le comentó a Clarín, desde su laboratorio holandés: "Es cierto que existe una predisposición o vulnerabilidad a padecer soledad por cuestiones genéticas. Pero también es cierto que si las condiciones ayudan a frenarla, entonces no logrará desarrollarse".

En realidad, ni los genetistas pretenden encontrarles una explicación "hereditaria" a todas las características humanas, ni todas las conductas pueden estar predeterminadas por mandato de los genes. Lo dice, desde los Estados Unidos, uno de los principales investigadores de la Universidad de Chicago, John T. Cacioppo, que antes ya había demostrado que la soledad es mala para la salud porque afecta especialmente al corazón.

"Tiene componentes hereditarios, así que no se puede decir que únicamente influye en ella lo ambiental. Pero hay que poner todo en un marco. Si una persona corre el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares a raíz de sus genes, eso no quiere decir que tendrá sí o sí dolencias cardíacas", explica Cacioppo.

Es decir: sólo se puede afirmar que algunas personas "corren el riesgo" de sufrir soledad a pesar de que el medio ambiente y la forma en cómo piensan y tratan a otros juegan un importante papel para desarrollarla. Además, para hablar de este sentimiento no se puede estacionar sólo en el área de los genes.

"Es necesario distinguir entre soledad deseada —que permite un encuentro con uno mismo— y la que provoca angustia —cuando el estar solo se vive persecutoriamente como un signo de castigo, abandono o rechazo", puntualiza Estela Allam, psicóloga y psiquiatra de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Claro que hay que diferenciarla, además, de un estado de aislamiento social no deseado, como el que se desarrolla en algunas situaciones patológicas.

"Son casos que corresponderían a estados de retraimiento o de presiones melancólicas", describe Allam. Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Irene Meler se detiene en otro aspecto, el de diferenciarla según el género.

"Se supone que la socialización femenina impulsa a las mujeres a ser más proclives a vincularse, mientras que los varones suelen tender al individualismo. Son tendencias que varían mucho entre individuos, y son aprendidas. Porque nada hay en la testosterona andrógena que impulse al sujeto a ser más individual. Es la forma en que se lo educa —para reprimir la dependencia y tolerar la soledad— lo que hace la diferencia", comenta Meler.

Varios de esos casos mencionados y sus variantes son parte de las cifras de los solos y solas de la Argentina. Según las estadísticas del INDEC, 1.700.000 hogares de nuestro país son unipersonales. Y los porteños son los que están a la cabeza de estos números: 26% de la población de Capital Federal. La mayoría son mujeres (179.628) frente a 88.873 hombres. Un dato más: el 56% de los hogares unipersonales son sustentados por ellas.

"Muchas de las características de la personalidad, así como la predisposición a enfermedades e incluso características aparentemente menos complejas como la estatura son producto de una combinación de determinantes genéticos y determinantes ambientales", asegura Esteban Hopp, profesor de Genética de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

A veces no es fácil estar solo. Parece que tampoco lo es descubrir el entramado complejo que une lo genético con lo cultural para descifrar sus causas.

El legado de Macondo
Diana Baccaro
dbaccaro@clarin.com

Como metáfora de la realidad, la literatura suele adelantarse a la ciencia. En "Cien años de soledad", García Márquez creó una estirpe marcada por el aislamiento. En los diecisiete Aurelianos y demás criaturas de la novela, la soledad es hereditaria, y se la sufre como una maldición que no puede superarse. La única forma de combatir ese sentimiento interior es a través de la búsqueda continua del amor. Una receta similar a la que ahora —de alguna manera— revelan los científicos, que sostienen que si bien existe una predisposición a padecer aislamiento por cuestiones genéticas, también es cierto que si las condiciones ayudan a frenarla, entonces no logrará desarrollarse.


Experiencia con gemelos

Para realizar este estudio sobre la relación entre genes y soledad, se tomó como base a 8.387 gemelos idénticos y no idénticos de Holanda, que fueron controlados regularmente desde 1991.

Trabajos anteriores, en niños, ya habían demostrado que la tendencia a la soledad podía ser hereditaria. Esta nueva investigación es la primera que se hace en adultos y demuestra que la herencia sigue jugando un papel importante en lo que tiene que ver con este sentimiento a medida que la gente envejece.

Se les preguntó a los voluntarios en qué medida algunas descripciones sobre el aislamiento se podían aplicar en ellos. Aparecieron frases como "no le gusto a la gente", "pierdo amigos con rapidez", "me siento solo". El 35% de los hombres y el 50% de las mujeres dieron señales de padecer soledad. El estudio fue financiado por la Organización de Investigaciones Científicas y el Instituto del Envejecimiento holandeses.

Los primeros ermitaños

¿De dónde viene la soledad? Según los investigadores que la estudian desde varios puntos de vista (psicológico, genético), se habría desarrollado en los comienzos de la evolución humana.

Apareció como una respuesta de los cazadores que enfrentaban situaciones de desnutrición y que, para no morir, decidieron no compartir sus alimentos con otros familiares.

Al sobrevivir a una hambruna, estuvieron en mejores condiciones para reproducirse durante períodos de abundancia. Así, al desarrollar la soledad como una adaptación a la supervivencia, contrajeron, además, una predisposición hacia la ansiedad, la hostilidad y la exclusión social.

http://www.intramed.net

Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

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