Después de varios días de descanso en medio de la bulla de los niños, el guayabo, el exceso de comida, etc. todo empieza a ser aburridor.
Las vacaciones son muy buenas, deliciosas. Pero, no nos digamos mentiras, a los pocos días, el encanto comienza a esfumarse y, de pronto, sentimos ganas de halarnos las mechas con todos. Nos aburren los afanes de la esposa, el "pantufleo" del marido, los gritos de los niños, el desorden, el gato, el perro y hasta los programas sonsos de la televisión, el ruido de los vecinos y el pito de los carros. Hasta el no tener nada que hacer nos aburre.
Tampoco nos digamos mentiras: durante estos días de descanso, se nos instalaron unos kilos de grasa en donde menos los necesitábamos; se nos olvidaron la disciplina y el juicio; descuidamos la rutina de ejercicios; y gastamos demasiada plata. Además, todavía nos persigue una resaca amarga que nos pone de mal humor y desluce la lozanía de la piel.
Y, francamente, reconozcamos: aún si durante todo el año nos quejamos de la rutina, del trabajo, del jefe, de las responsabilidades, de las dificultades, todo esto nos empieza a hacer falta. Porque, finalmente, nos sentimos bien cuando producimos, que nuestra vida es útil, que los días son provechosos y que nos permiten realizarnos como profesionales.
En resumen: al empezar el año, vale la pena hacer un balance concienzudo para conservar lo bueno, lo positivo, de las vacaciones y el descanso; y descartar lo negativo.
Veamos: lo positivo: el descanso, el escaparse del estrés y de los afanes, el reencuentro con la familia, la oportunidad de dialogar con el o la compañera, con los hijos, con los padres. El lograr comer a horas "normales", regulares; el sueño y la sensación de estarse recargando de energías. Hasta la dicha de poderse duchar con todo el tiempo deseado, de echarse menjurjes en la cara y en el pelo, de visitar lugares nuevos y amigos descuidados. Estas y tantas cosas más -propias a cada persona- rescatadas durante el descanso, deben conservarse a lo largo del año.
Y, para ello, el primer paso es reorganizar la vida cotidiana.
Pero antes de hablar de este orden distinto de vida, pensemos en lo negativo que pudo suceder durante los días pasados. Por supuesto, para la mayoría de nosotros, hubo demasiada comida, demasiado trago y quizá demasiados cigarrillos. Hubo descuido en casi todos los órdenes de la salud y, por ende, se fueron por la borda todas las medidas de prevención. Quizá, para muchos, hubo descuido de la familia, en aras de dedicarse a la parranda. La plata se fue corriendo, las tarjetas de crédito funcionaron demasiado; se abandonaron los estudios, la lectura; se huyó de programas culturales. Y, en general, hubo bastante desorden en la cotidianidad.
Aquí también, entra el concepto de establecer un pacto consigo mismo. No hablemos de propósitos, palabra ésta demasiado manoseada y de poca envergadura. Pensemos más bien en establecer un orden distinto en las prioridades, y de diseñar metas cotidianas o, por lo menos, de corto plazo. Si aceptamos firmar ese pacto, hagámoslo con honestidad. De por medio no sólo está la salud mental y física sino también el bienestar. Teniendo como meta primordial velar para una buena calidad de vida.
Conservar lo positivo
Sería especulativo decir que todos aprovechamos para dialogar y acercarnos a la familia, o que todos comimos y bebimos demasiado.
Pero supongamos que pongamos dentro de un canasto, sin personalizar, todo lo bueno que pudo haber ocurrido. Y tratemos de rescatar -para preservar algunos de estos aspectos. Podremos destacar:
- El diálogo. Si usted tiene hijos, piense en lo importante que es mantenerse cerca de ellos. No se trata de una presencia física permanente; la mayoría de los que trabajan no tienen a veces ni siquiera el tiempo de pasar con ellos una hora al día. Pensamos en ofrecerles un apoyo seguro, en poderlos escuchar y tenderles la mano cuando lo necesitan, en adivinar sus inquietudes y crear el ambiente propicio para analizarlas, en actualizarse y ponerse al día en sus gustos, pasatiempos, pensamientos. Aún si tenemos poco tiempo disponible, tratemos de que esos minutos les sean dedicados a ellos. Es una forma de darles confianza y seguridad en sí mismos, y de hacerles sentir que los quieren y que cuentan con ustedes (en los éxitos y también en los reveses). Un abrazo es siempre bienvenido.
-! El bienestar. Hablemos de su salud física y también de su equilibrio emocional. La rutina suele atraparnos y no nos deja tregua ni siquiera para ocuparnos de nuestra salud o del bienestar. Así, pensamos que existen pasos importantes para asumir. El primero, es asistir a una cita de control médico general, con unos exámenes de laboratorio básicos (niveles de colesterol y triglicéridos; glicemia, tiroides si ha habido antecedentes; uremia). En la misma cita, se controlará la tensión arterial. Para las mujeres, es indispensable la visita al ginecólogo, con citología incluida, y mamografía para las mayores de 40 años. Para los hombres, el urólogo los espera: control de próstata, consulta de posibles problemas de disfunción eréctil. También son importantes las consultas con el odontólogo, el oftalmólogo y el otorrinolaringólogo.
-! La alimentación. Las dietas extremas o demasiado estrictas rara vez surten efecto a largo plazo. El resultado puede ser espectacular durante las primeras semanas pero, una vez abandonada la dieta, se recuperan los kilos perdidos con gran facilidad. Queda así mismo el riesgo de haber quedado con severos desequilibrios orgánicos. La dieta más sabia es la de comer de todo pero en pequeñas cantidades. Sí es aconsejable eliminar algunos productos que aportan demasiadas calorías (helados, pastelería, chocolates, fritos, grasas sin límites), mientras se incrementa el consumo de verduras, frutas, cereales. Más que una dieta, es preferible hablar de hábitos distintos de alimentación. Unos hábitos que no deberían ser esporádicos sino permanentes.
- El ejercicio. Bien es sabido que la actividad física es la gran aliada de la longevidad. Ayuda a recuperar el equilibrio emocional, a luchar contra el estrés, despeja la mente y contribuye a la adopción de actitudes positivas. En lo físico, mejora la digestión y la circulación, aleja la aparición de enfermedades como la osteoporosis, nivela las cifras de glicemia (cuando no hay diabetes), protege el corazón y ayuda a combatir el exceso de grasa. El ejercicio debe convertirse en una rutina, y no ser esporádico. Ojalá rutina cotidiana o de por lo menos tres a cuatro veces por semana.
- El equilibrio emocional. Y ya que estamos comenzando el año, comencemos a edificar murallas para que el estrés no se instale en nuestras vidas. Un tiempo de ocio es indispensable, dedicarse a actividades gratificantes, redimensionar las propias capacidades (físicas, mentales y económicas) para no asumir responsabilidades excesivas son algunas de las medidas apropiadas para frenar el embiste del estrés. Cada cual tiene uno o varios pasatiempos agradables. Dedicarles un tiempo es necesario para la salud mental. Lo mismo lo es el tener tiempo para sí mismo, aún para realizar las actividades habituales cotidianas como son el bañarse y el arreglarse. Enriquecerse espiritualmente, leer, escuchar música también son pasos recomendados. Y, ante todo, procurar mantener una actitud positiva. La vida suele recompensar a los que saben sonreír.
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