Los retos de la esquizofrenia
El 90% de los pacientes depende de sus familiares, y uno de cada tres no responde bien al tratamiento
La esquizofrenia, una enfermedad mental crónica (no tiene cura) y persistente, sigue planteando muchísimos retos a las autoridades sanitarias españolas. La inmersión de los esquizofrénicos en la vida laboral requiere programas de trabajo y tratamientos adecuados que aún no se han consolidado. Nueve de cada diez pacientes dependen económicamente de sus familiares, y uno de cada tres no responde bien a los tratamientos farmacológicos.
Madrid
La reincorporación de los pacientes esquizofrénicos a la vida laboral requiere un programa específico de trabajo para ellos, además de un tratamiento farmacológico adecuado, según la presidenta de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental y jefe del servicio de psiquiatría del Hospital Clínic Universitari de Valencia, Carmen Leal. Leal también explicó que este tipo de enfermos supone una sobrecarga importante para las familias, pues de estas depende económicamente el 90 por ciento de los pacientes, mientras que el 34 por ciento no responde bien al tratamiento.
«Para la reincorporación a la vida laboral de los pacientes esquizofrénicos hacen falta más cosas que encontrar fármacos mejor tolerados, que, por otra parte, ya existen. Pasa porque haya programas específicos para estos pacientes, y eso no depende del psicofármaco, aunque es verdad que cuando el antipsicótico sea mejor tolerado, provoque menos efectos indeseables y haga que el paciente -si cumple el tratamiento- se encuentre mejor, será más fácil que se reincorpore a un trabajo», asegura.
Y es que el 73 por ciento de los pacientes esquizofrénicos ni estudia ni trabaja, y hasta nueve de cada diez dependen de sus familiares, según los datos del estudio el estudio ACE (abordaje clínico de la esquizofrenia en España), patrocinado por los laboratorios Bristol-Myers Squibb y Otsuka Pharmaceuticals, en el que han participado casi 2.000 pacientes y 500 psiquiatras. Este hecho influye directamente en los costes indirectos que genera la enfermedad.
«La repercusión que tiene la enfermedad en la familia es que genera una sobrecarga social muy importante, porque muchos de ellos no tienen un trabajo, y porque pasan muchas horas en el hogar», explica la presidenta de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental, que añade que «la importante sobrecarga en la familia se manifiesta en la disminución de la calidad de vida de los cuidadores y en la discriminación o estigma de los pacientes».
Además, a esta circunstancia poco valorada hay que añadir la dificultad que supone mantener el tratamiento de una manera continuada en el tiempo. El 34 por ciento de los enfermos no responde de manera adecuada. Por si fuera poco, la esquizofrenia tiende a manifestarse en las primeras fases de la edad adulta, cuando el paciente está en pleno desarrollo de su actividad profesional y personal. El 38 por ciento de los de este último grupo sufre recaídas, el 29 por ciento de los que cambian la medicación lo hace porque no experimenta ninguna mejoría, y el 21 por ciento la abandona por reacciones adversas. En este sentido, según Leal, «los últimos antipsicóticos tienen mejor tolerancia y menos efectos secundarios que los medicamentos clásicos, pero los pacientes cumplen mal el tratamiento, uno de los problemas graves de la enfermedad».
Leal añade que aún no existe un fármaco que resuelva la enfermedad. Y es que la esquizofrenia, desgraciadamente, no tiene cura.
En España, 400.000
Se trata, además, de uno de los trastornos frecuentes más graves, que interfiere en la capacidad de las personas para pensar y actuar racionalmente, controlar las emociones y tomar decisiones. Afecta al 1 por ciento de la población mundial, 61 millones de personas, de las que 400.000 viven en España.
La mayoría de los medicamentos que están en el mercado actúan bloqueando los receptores de la dopamina, un neurotransmisor implicado en la aparición de síntomas como las ideas delirantes, alucinaciones y trastornos de la conducta. Sin embargo, este mecanismo de acción puede acarrear unos niveles de esta sustancia excesivamente bajos, lo que puede producir en el paciente síntomas como trastornos del movimiento, alteración de la capacidad mental, disfunción sexual y aumento de peso.
En este marco se acaba de aprobar en España el uso de un nuevo fármaco, el aripiprazol, que actúa modulando -no bloqueando- el mecanismo de la dopamina, y también el de la serotonina. Los desequilibrios relacionados con este último neurotransmisor se refieren a otro ramillete de síntomas, como el retraimiento social, el embotamiento afectivo y la apatía, todos ellos menos aparatosos, aunque igualmente comprometedores en la evolución del enfermo a medio y largo plazo. Esta doble acción hace que muchos expertos ya lo consideren como el primero de una nueva generación de antipsicóticos.
Según el profesor Arvid Carlsson, premio Nobel de Medicina en 2000 por su descubrimiento del papel de la dopamina, «si el agonista parcial de este neurotransmisor logra una estimulación adecuada, puede mantener el sistema dopaminérgico en un nivel normal. Previene los efectos de la dopamina, pero también los derivados de una reducción anormal de esta sustancia». Esto, en su opinión, está muy próximo al ideal.
La esquizofrenia, una enfermedad mental crónica (no tiene cura) y persistente, sigue planteando muchísimos retos a las autoridades sanitarias españolas. La inmersión de los esquizofrénicos en la vida laboral requiere programas de trabajo y tratamientos adecuados que aún no se han consolidado. Nueve de cada diez pacientes dependen económicamente de sus familiares, y uno de cada tres no responde bien a los tratamientos farmacológicos.
Madrid
La reincorporación de los pacientes esquizofrénicos a la vida laboral requiere un programa específico de trabajo para ellos, además de un tratamiento farmacológico adecuado, según la presidenta de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental y jefe del servicio de psiquiatría del Hospital Clínic Universitari de Valencia, Carmen Leal. Leal también explicó que este tipo de enfermos supone una sobrecarga importante para las familias, pues de estas depende económicamente el 90 por ciento de los pacientes, mientras que el 34 por ciento no responde bien al tratamiento.
«Para la reincorporación a la vida laboral de los pacientes esquizofrénicos hacen falta más cosas que encontrar fármacos mejor tolerados, que, por otra parte, ya existen. Pasa porque haya programas específicos para estos pacientes, y eso no depende del psicofármaco, aunque es verdad que cuando el antipsicótico sea mejor tolerado, provoque menos efectos indeseables y haga que el paciente -si cumple el tratamiento- se encuentre mejor, será más fácil que se reincorpore a un trabajo», asegura.
Y es que el 73 por ciento de los pacientes esquizofrénicos ni estudia ni trabaja, y hasta nueve de cada diez dependen de sus familiares, según los datos del estudio el estudio ACE (abordaje clínico de la esquizofrenia en España), patrocinado por los laboratorios Bristol-Myers Squibb y Otsuka Pharmaceuticals, en el que han participado casi 2.000 pacientes y 500 psiquiatras. Este hecho influye directamente en los costes indirectos que genera la enfermedad.
«La repercusión que tiene la enfermedad en la familia es que genera una sobrecarga social muy importante, porque muchos de ellos no tienen un trabajo, y porque pasan muchas horas en el hogar», explica la presidenta de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental, que añade que «la importante sobrecarga en la familia se manifiesta en la disminución de la calidad de vida de los cuidadores y en la discriminación o estigma de los pacientes».
Además, a esta circunstancia poco valorada hay que añadir la dificultad que supone mantener el tratamiento de una manera continuada en el tiempo. El 34 por ciento de los enfermos no responde de manera adecuada. Por si fuera poco, la esquizofrenia tiende a manifestarse en las primeras fases de la edad adulta, cuando el paciente está en pleno desarrollo de su actividad profesional y personal. El 38 por ciento de los de este último grupo sufre recaídas, el 29 por ciento de los que cambian la medicación lo hace porque no experimenta ninguna mejoría, y el 21 por ciento la abandona por reacciones adversas. En este sentido, según Leal, «los últimos antipsicóticos tienen mejor tolerancia y menos efectos secundarios que los medicamentos clásicos, pero los pacientes cumplen mal el tratamiento, uno de los problemas graves de la enfermedad».
Leal añade que aún no existe un fármaco que resuelva la enfermedad. Y es que la esquizofrenia, desgraciadamente, no tiene cura.
En España, 400.000
Se trata, además, de uno de los trastornos frecuentes más graves, que interfiere en la capacidad de las personas para pensar y actuar racionalmente, controlar las emociones y tomar decisiones. Afecta al 1 por ciento de la población mundial, 61 millones de personas, de las que 400.000 viven en España.
La mayoría de los medicamentos que están en el mercado actúan bloqueando los receptores de la dopamina, un neurotransmisor implicado en la aparición de síntomas como las ideas delirantes, alucinaciones y trastornos de la conducta. Sin embargo, este mecanismo de acción puede acarrear unos niveles de esta sustancia excesivamente bajos, lo que puede producir en el paciente síntomas como trastornos del movimiento, alteración de la capacidad mental, disfunción sexual y aumento de peso.
En este marco se acaba de aprobar en España el uso de un nuevo fármaco, el aripiprazol, que actúa modulando -no bloqueando- el mecanismo de la dopamina, y también el de la serotonina. Los desequilibrios relacionados con este último neurotransmisor se refieren a otro ramillete de síntomas, como el retraimiento social, el embotamiento afectivo y la apatía, todos ellos menos aparatosos, aunque igualmente comprometedores en la evolución del enfermo a medio y largo plazo. Esta doble acción hace que muchos expertos ya lo consideren como el primero de una nueva generación de antipsicóticos.
Según el profesor Arvid Carlsson, premio Nobel de Medicina en 2000 por su descubrimiento del papel de la dopamina, «si el agonista parcial de este neurotransmisor logra una estimulación adecuada, puede mantener el sistema dopaminérgico en un nivel normal. Previene los efectos de la dopamina, pero también los derivados de una reducción anormal de esta sustancia». Esto, en su opinión, está muy próximo al ideal.
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