Psicologia - Psiquiatria *

jueves, marzo 30, 2006

Hiperactividad en adultos

De origen desconocido, la mayor parte de personas que sufren Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) tiene antecedentes familiares. Los expertos estiman que en España el 4% de los adultos padece este trastorno y, aunque se considera que decrece en la adolescencia, se calcula que entre un 30% y un 60% de los niños que lo sufren seguirá con síntomas en la edad adulta. Los datos de un estudio publicado en el Canadian Medical Association Journal señalan que el porcentaje de adultos afectados a nivel mundial oscila entre el 2% y el 6%. Y en Estados Unidos, un informe de salud pública ha confirmado que aumenta entre los adultos el uso de medicación para corregir la falta de concentración debido a la hiperactividad, y lo hace a un ritmo más rápido que entre los niños. Actualmente no se conocen medidas preventivas para reducir la incidencia del TDAH. Sin embargo, una detección e intervención tempranas pueden reducir la gravedad de sus síntomas.

El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad es un desconocido para la ciencia y, a pesar de ser una patología que se diagnostica y trata desde hace muchos años, aún no se ha encontrado la clave para conocer las causas que lo originan
Según explica Concepción Etiens Cruzado, psicóloga clínica de la Clínica Arga de Madrid, parece que existe una disfunción del lóbulo frontal y, desde el punto de vista neuroquímico, una deficiencia en la producción de importantes neurotransmisores cerebrales. Éstos son sustancias químicas que producen las neuronas, es decir las células nerviosas y para que se produzca una buena comunicación entre las neuronas y todo funcione normalmente debe existir la cantidad adecuada de determinados neurotransmisores, en este caso de dopamina y la noradrenalina. En las personas que padecen TDAH, según señala la psicóloga, “lo que se observa es que existe una producción irregular en estos dos neurotransmisores”.


Pero además, como indica Cristina Weddle, del gabinete de psicología Previ, de Valencia, existe una combinación de factores, tanto biológicos como ambientales, que pueden ayudar a explicar por qué se padece el TDAH:

Factores biológicos: El temperamento de la persona, que influye en su actitud y personalidad; lesiones cerebrales debidas a un trauma de nacimiento o a problemas prenatales. Además, el consumo materno de alcohol y drogas e incluso de tabaco predispone a padecer este trastorno. Y si el padre o la madre ha padecido el síndrome, sus hijos tienen un riesgo del 44% de heredarlo.

Factores del entorno: Entre ellos destacan el estrés familiar y las dificultades educativas. Las psicopatologías paternas, un bajo nivel económico, la marginalidad… un entorno inestable puede agravar de manera significativa el trastorno.

Teniendo en cuenta que estos factores afectan a una gran cantidad de población y no todos padecen el TDAH, la psicóloga Asunción Pérez, del madrileño gabinete Avance Psicólogos, argumenta que en la mayoría de los casos se trata de un modo de comportamiento aprendido, salvo casos excepcionales, como la presencia de un tumor cerebral. Sea de uno u otro modo, ¿cómo puede reconocerse al adulto que padece esta patología, cuáles son sus síntomas?

Los síntomas

Cuando una persona adulta padece TDAH no hay duda de que ha sido, en todos los casos, un niño hiperactivo, explica la psicóloga. Por ello, desde su infancia habrá presentado síntomas como inquietud, nerviosismo, dificultades para centrarse en una tarea o impaciencia. Cuando el trastorno ha pasado desapercibido o no se ha diagnosticado en la niñez, los adultos suelen experimentar problemas significativos en una o más áreas de la vida, síntoma de que se puede padecer el TDAH:

  • Ejecución inconsistente en los estudios o el trabajo: No terminan sus estudios, pierden los trabajos o renuncian con excesiva frecuencia a ellos. Además, poseen un historial de desempeño académico o laboral pobre.
  • Poca habilidad para manejar las responsabilidades cotidianas: No suelen poder completar los quehaceres del hogar o las tareas de mantenimiento. También presentan dificultades para pagar las cuentas y organizarse.
  • Problemas en las relaciones sociales: Les resulta difícil tener buenas relaciones laborales y personales al no completar las tareas, olvidarse de hacer cosas importantes o molestarse con facilidad por asuntos menores.
  • Estrés y preocupación crónicos: Provocados por el fracaso en alcanzar las metas que se han propuesto y la imposibilidad de cumplir con sus responsabilidades.
  • Sentimientos crónicos e intensos de frustración, culpa o reproche.
  • Síntomas físicos: Taquicardias, diarreas, hormigueos en manos y piernas… Todos los síntomas de un cuadro de ansiedad.

Como explica la psicóloga Concepción Etiens, las consecuencias del trastorno revisten cierta gravedad, ya que muchos adultos hiperactivos se encuentran “de manera más o menos crónica en situaciones de desajuste familiar, social, económico y personal”. Como indica la experta, muchos fracasan en los estudios desde muy temprana edad; bastantes, presentan un historial de relaciones sociales y afectivas fracasadas o abandonadas. Y un gran número de personas hiperactivas bebe o fuma en exceso, no administra bien su patrimonio y tiene problemas económicos frecuentes. Algunos hiperactivos cometen delitos que los llevan a prisión. Además, los afectados también presentan niveles de ansiedad y depresión más elevados que el resto de la población. Algunas personas pueden no experimentar problemas significativos hasta llegar a la universidad o en su carrera profesional. A veces, los progenitores pueden haber sido sobreprotectores y han podido reducir el impacto de los síntomas del TDAH hasta que su hijo o hija ha comenzado a vivir independientemente como adulto.

Las soluciones

Actualmente no se conocen medidas preventivas para reducir la incidencia del TDAH.
Sin embargo, una detección e intervención tempranas pueden reducir la gravedad de sus síntomas, labor que, como aseguran las expertas, siempre debe desempeñar un profesional cualificado, que será quien determine si los problemas que presenta el paciente se deben al TDAH, a alguna otra causa, o a una combinación de factores. El diagnóstico pueden realizarlo psicólogos clínicos, médicos (psiquiatras, neurólogos, médico de familia…), o trabajadores sociales clínicos. Lo importante, como subrayan desde Previ, es que tenga probada experiencia trabajando con adultos que presentan el TDAH, ya que esta dolencia en los adultos no es aún muy conocida y no siempre se les atiende correctamente.

Tras el estudio y diagnóstico de cada paciente, la necesidad de abordar el trastorno con terapia y con fármacos, o sólo con terapia, se determina en función de la severidad de los síntomas. Pero, como indican desde el gabinete valenciano Previ, el tratamiento ya supone un control, “y una atenuación de los síntomas que puede dar lugar a una buena adaptación y a que la persona se sienta mas responsable de su vida”.

El tratamiento farmacológico es una ayuda más para que este tipo de pacientes pueda funcionar y encajar mejor en la sociedad, indica la experta de la Clínica Arga, quien indica que los medicamentos utilizados habitualmente en el tratamientos del TDAH son los estimulantes del sistema nervioso central, como algunos derivados de las anfetaminas, “fármacos muy eficaces para reducir la hiperactividad e impulsividad y para ayudar a mejorar la atención y concentración”, señala.

Desde la terapia se puede trabajar técnicas de aucontrol, de relajación de habilidades sociales, de solución de problemas y trabajo sobre ideas irracionales. Estas técnicas de modificación de conducta son fundamentales en el tratamiento del TDAH y son el único tratamiento elegido para los problemas leves de déficit de atención. Otras modalidades de tratamiento psicológico incluyen terapias enfocadas para la disminución de la ansiedad, las terapias para la mejora de las habilidades sociales y ciertas terapias de grupo.

Asimismo, la psicóloga Asunción Pérez explica la importancia que “construir una escala de valores” tiene en la mejoría de estos pacientes, que deben tomar conciencia de la importancia de “frenar y replantearse su modo de vida”. Concepción Etiens señala que la solución puede estar también en el entorno familiar, que puede resultar de gran ayuda para un adulto hiperactivo. Pueden “servirle de refuerzo” en las conductas y habilidades que se consideran necesarias para llevar una vida normal y estable, implicarse en la resolución conjunta de problemas, así como tolerar sus altibajos o conductas no apropiadas.

http://www.consumer.es



Saludos Cordiales

Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

lunes, marzo 27, 2006

DOLOR Y DEPRESIÓN, DOS PROCESOS ASOCIADOS

El grupo de investigación 'Farmacología y Neurociencias' de la Universidad de Cádiz, liderado por el profesor Juan Antonio Micó, estudia desde hace veinte años las confluencias que existen en nuestro cerebro entre la depresión y el dolor. Este grupo ha demostrado que los antidepresivos son analgésicos reales e investiga los condicionamientos genéticos del dolor y la relación de los antidepresivos con ciertos fármacos analgésicos como los opiáceos.

Está demostrado que el dolor tiene una parte física y otra emocional. Los fármacos antidepresivos, se utilizan en pacientes con dolores crónicos de tipo cancerosos o neuropáticos desde hace 60 años, con lo cual ya se sentaron las bases de la relación entre estas dos sensaciones humanas. Desde hace 20 años, el grupo de investigación de la Universidad de Cádiz 'Farmacología y neurociencias', trata de descifrar esta relación, que según el director del Departamento de Neurociencias de la UCA, Juan Antonio Micó, “se trata de un círculo vicioso clínico, ya que cuando hay un dolor de difícil tratamiento, la mente termina también afectándose”. Este círculo vicioso es difícil de romper con analgésicos tradicionales de tipo opiáceo, paracetamol, etc., ya que éstos no actúan sobre la parte emocional también afectada.


El grupo investigador gaditano comenzó a estudiar las relaciones entre dolor y depresión en los años 80. La investigación principal llevada a cabo pretendía saber si los antidepresivos tienen realmente un efecto analgésico. Tras 20 años de estudio, se ha comprobado este efecto en los antidepresivos, y han conseguido que este descubrimiento sea aprobado por la FDA Norteamericana (Food and Drug Administration), por la EMEA (Agencia Europea de Medicamentos) y por el Ministerio de Sanidad Español. También los descubrimientos de este grupo han llegado al mecanismo del primer antidepresivo que se puede prescribir como analgésico, la Duloxetina, comercializada por la empresa farmacéutica americana Lilly, con la cual ha trabajado el grupo gaditano.

Experiencia sensorial y emocional

La explicación científica de todo esto se encuentra en las neuronas. El antidepresivo es una molécula con la capacidad de mejorar el humor por aumentar la disponibilidad de dos sustancias: la Noradrelanina (NA) y la Serotonina (5-HT) que hay en el espacio siláctico (neuronas). Estas dos sustancias controlan el dolor y las emociones, y todos los antidepresivos cuentan con estos dos componentes.
Según Juan Antonio Micó “el dolor es una experiencia subjetiva que está condicionada por muchos factores, por ejemplo, las mujeres son menos sensibles al dolor que los hombres, y genéticamente también hay distinciones”. Es la genética otra de las líneas que siguen estos científicos de la UCA junto con expertos de la Universidad de Barcelona, que intentan saber cuáles son los genes que regulan el dolor para hacer una terapia génica.

Según la definición de dolor de la Unión Internacional para el Estudio del Dolor, ésta es una “experiencia sensorial y emocional”. Cuando se habla de lo emocional es cuando juegan su papel los antidepresivos. La investigación principal del grupo 'Farmacología y Neurociencias' es saber cuáles son los mecanismos que regulan el dolor y qué coincidencias hay con los mecanismos que regulan la

depresión. Según indica Juan Antonio Micó, “si ya tenemos un fármaco que actúa contra las dos cosas, estudiamos las coincidencias que existen entre ambos elementos, y una vez conocidos los factores coincidentes, vamos a diseccionarlos y a intentar conseguir fármacos más potentes que actúen sobre el dolor y la depresión”.

Núcleo que regula dolor y depresión

Una de las partes del cerebro a estudio por el grupo gaditano, es el llamado Locus Coeruleus. En este momento se cree que es este núcleo el que regula el dolor y la depresión y por ello investigan esta parte, porque se cree que es ahí donde se cruzan los mecanismos que regulan ambas dolencias. Este pequeño espacio cerebrar regula las funciones emocionales y sensitivas, por lo cual los antidepresivos tienen una función muy clara en esta zona. Se ha demostrado que cuando hay depresión o dolor, el Locus Coeruleus se pone de color rojo y con el suministro de antidepresivos se relaja notablemente.

Este grupo de investigación de excelencia, ha conseguido demostrar en los últimos 20 años de estudio que el dolor y la depresión son dos procesos asociados, tanto desde el punto de vista clínico, como neurobiológico en sus mecanismos. También ha demostrado que en los antidepresivos hay un efecto real de analgésico, ya que si se asocia un antidepresivo a un analgésico, éste siempre tiene un efecto más potente. Aún así, el antidepresivo por sí solo tiene un efecto analgésico, sólo con mecanismos diferentes a otro tipo de analgésicos habituales como el paracetamol o los opiáceos. Por ejemplo, en el caso de los opiáceos (morfina), se ha comprobado que el suministro de antidepresivos aumenta los receptores de éstos, por lo cual pueden servir como aumento de su eficacia contra el dolor, y permitir que se suministre menor dosis del analgésico en cuestión. También se ha demostrado que un antidepresivo por sí solo combate la migraña y también la previene..

El grupo de investigación de la Universidad de Cádiz, trabaja también conjuntamente con la Unidad de Dolor del Hospital Puerta del Mar en la misma ciudad. Además, desarrolla en este momento dos proyectos con el FIS (Instituto de Salud Carlos III) y varios contratos con distintas empresas farmacéuticas como Lilly o Grünenthal, que preparan fármacos ideados desde Cádiz.

Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

Aislada la proteína y el gen p11, objetivos potenciales de terapias antidepresivas

El déficit de serotonina, neurotransmisor implicado en la comunicación neuronal, explica algunos de los procesos depresivos; de forma que la mayoría de terapias antidepresivas tiene como principal objetivo restablecer su funcionamiento y niveles normales en el paciente. Sin embargo, la fisiopatología de la depresión sigue siendo, en gran parte, todo un enigma para los investigadores.

Así lo reconocen los autores de un estudio que la revista Science acaba de publicar en su primer número del año y que, sin embargo, acaban de aportar su granito de arena al tratamiento de esta enfermedad. Se trata del descubrimiento de una proteína directamente relacionada con los síntomas depresivos y del gen que la produce, ambos denominados p11, y que podrían convertirse en el primer paso para el desarrollo de nuevos y más eficaces antidepresivos.

El equipo internacional de investigadores liderado por Per Svenningsson (del Laboratorio de Neurociencia Molecular y Celular de la Universidad de Rockefeller, dirigida por Paul Greengard, premio Nobel de Medicina en 2000) confirmó la fuerte interacción entre uno de los 14 receptores de la serotonina, el 5-HT1B —también implicado en otros trastornos como la ansiedad, la agresividad, la adicción a las drogas o los problemas obsesivos y/o compulsivos—, y la proteína p11.

Para ello analizaron muestras cerebrales de pacientes ya fallecidos y modelos de ratones depresivos, y confirmaron la reducida expresión de la proteína en las mismas. La administración posterior de antidepresivos o de electroshock obtuvo en todos los casos el mismo resultado: "un aumento de la p11", independientemente de la terapia utilizada, concreta Greengard. En una última etapa, los científicos trabajaron con ratones genéticamente modificados, en unos casos para eliminar la proteína y en otros para sobreexpresarla, logrando resultados "elocuentes": los primeros mostraron un comportamiento identificable con el patrón depresivo, mientras los segundos reaccionaron de forma opuesta, similar a la de los roedores tratados con antidepresivos y muy diferente a la de los sanos.

"Este estudio revela la interacción entre la proteína p11 y el receptor de la serotonina (5-HT1B), ambos clave en los mecanismos de modulación del humor, explica Jean Marie Vaugeois, miembro del equipo, destacando que el mismo "confirma también la validez del modelo genético de ratón deprimido". En la especie humana, sin embargo, "estos receptores no son la única causa de la depresión, de igual forma que en el caso de la p11 habrá otras proteínas implicadas", reconoce su colega Philippe Courtet, dejando la puerta abierta a ulteriores investigaciones.


Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

sábado, marzo 25, 2006

¿Qué es la autoestima?

La calidad de vida personal está notablemente influenciada por la forma como cada persona se percibe y se valora a sí misma. Esta valoración que cada individuo hace de sí mismo es lo que en la literatura científica se conoce con el nombre de autoestima. La palabra autoestima está compuesta por dos conceptos, el de "auto" que alude a la persona en sí y por sí misma y "estima" que alude a la valoración, por lo tanto podemos definir la autoestima como la valoración que una persona hace de sí misma. Cuando la valoración que hacemos de nosotros mismos es beneficiosa para nuestra calidad de vida se puede decir que tenemos una autoestima positiva, mientras que si es perjudicial nos hallamos ante una autoestima negativa.

El proceso de mejora de la autoestima es un proceso de aprendizaje, en el que juegan un papel fundamental diversas claves, así como un trabajo continuo de crecimiento personal.

Autoestima positiva

La autoestima positiva aporta un conjunto de efectos beneficiosos para nuestra salud y calidad de vida, que se manifiestan en el desarrollo de una personalidad más plena y una percepción más satisfactoria de la vida.

Aumenta la capacidad de afrontar y superar las dificultades personales al enfrentarnos a los problemas con una actitud de confianza personal.

Fomenta la capacidad de adquirir compromisos y por lo tanto de ser más responsables al no eludirlos por temor.

Potencia la creatividadal aumentar la confianza en nuestras propias capacidades personales.

Fundamenta la autonomía personal, al aumentar la confianza en nosotros mismos, tenemos más capacidad de fijar nuestras propias metas.

Nos permite establecer relaciones sociales más igualitarias y satisfactorias, al ser más asertivos y enfrentarnos a los conflictos con actitud positiva.

Autoestima negativa

Cuando la autoestima es negativa, nuestra salud se resiente porque nos falta confianza en nosotros mismos para abordar los sucesivos retos que nos presenta la vida desde una perspectiva positiva y esto hace que nuestra calidad de vida no sea todo lo óptima que pudiera serlo.

Al faltarnos confianza personal, disminuye nuestra capacidad para enfrentarnos a los múltiples problemas y conflictosque se nos presentan en la vida.

La falta de confianza hace que evitemos los compromisosy por lo tanto abordemos nuevas responsabilidades, privándonos así de una mayor riqueza en nuestras experiencias vitales, o bien cuando afrontamos nuevos compromisos nos abruman las responabilidades, siendo nuestro umbral de resistencia al conflicto más limitado.

No contribuye a fomentar nuestra creatividad,puesto que no confiamos en nuestras capacidades personales.

Al faltarnos autoconfianza, difícilmente nos fijamos metas y aspiraciones propias por lo que somos más vulnerables a actuar de acuerdo con lo que se espera de nosotros y no de acuerdo a nuestras propias decisiones.

Las relaciones que establecemos con otras personas no son de igualdad, dado que nuestra falta de confianza nos impide abordar los conflictos personales desde una perspectiva igualitaria, adoptando muchas veces actitudes sumisas o bien agresivas.

La autoestima puede cambiarse

La autoestima se forma a través de la observación y apreciación que cada persona hace de sí misma.

También contribuyen las creencias que cada uno de nosotros tenemos acerca de la imagen que las demás personas tienen de nosotros.
Cambiar la autoestima supone modificarla para aumentar la confianza en nuestras propias capacidades personales.

La autoestima se va formando a lo largo de nuestra vida

El proceso de formación de la autoestima se inicia desde nuestras edades más tempranas y se continúa a lo largo de la edad adulta. En la formación de la autoestima influye el entorno familiar próximo y el contexto cultural en el que nos desarrollamos.
Los modelos familiares se transmiten influyendo en su configuración no sólo la vinculación afectiva con el mundo adulto, sobre todo con el padre y la madre, sino también el mayor o menor aprecio que se hace de nuestro comportamiento y lo que se espera de nosotros por el hecho de ser mujeres u hombres.
Desde pequeños, por el hecho de ser niñas o niños, interiorizamos una serie de creencias acerca de lo que se espera de nosotros, que vamos asumiendo y, al llegar a la edad adulta tendemos a reafirmar porque es lo que, por el hecho de ser mujer u hombre, se ha asumido como modelo cultural.

Tanto los modelos familiares como los culturales conforman nuestra autoestima por eso es importante observarlos y revisarlos para tener conciencia de los modelos negativos que hemos interiorizado y así poder cambiarlos.

Aspectos que componen la autoestima

Modificar la autoestima para fomentarla y potenciarla positivamente, supone actuar sobre los diferentes componentes de la misma:
-Componente cognitivo, supone actuar sobre "lo que pienso" para modificar nuestros pensamientos negativos e irracionales y sustituirlos por pensamientos positivos y racionales.

-Componente afectivo, implica actuar sobre "lo que siento", sobre las emociones y sentimientos que tenemos acerca de nosotros mismos.

-Componente conductual, supone actuar sobre "lo que hago", esto es, sobre el comportamiento, para modificar nuestros actos.

Los tres componentes están muy relacionados entre sí, de manera que actuando sobre uno de ellos, obtenemos efectos sobre los otros dos. Si modifico un pensamiento negativo acerca de mí mismo por otro positivo, seguramente me sentiré mejor conmigo mismo y este sentimiento de bienestar me impulsará a actuar, probablemente haciendo algo de lo que no me creía capaz.

Algunas claves para mejorar la autoestima

La autoestima puede ser mejorada a lo largo de nuestra vida, cuando tomamos conciencia de nosotros mismos y decidimos cambiar el modelo de pensamiento, sentimiento y conducta aprendidos. Cambiar este modelo supone:

Aceptarnos tal y como somos, para ello hay que tomar conciencia de nosotros mismos cuestionándonos acerca de nuestra autovaloración y reflexionando sobre los modelos familiares y culturales que están influyendo en la opinión que tenemos de nosotros mismos.

Intentar cambiar los modelos negativos por otros positivos que fomenten nuestra autoestima.

Controlar la crítica destructiva porque lo que pensamos tiende a cumplirse, es el "autocumplimiento de la profecía", sea positivo o negativo y por ello si nos mandamos permanentemente mensajes negativos, al interiorizarlos y creérnoslos acabamos actuando de tal forma que propiciamos su cumplimiento.

Evitar compararnos con otras personas, puesto que cada persona somos única y singular no tiene ningún sentido hacerlo y, además, al compararnos siempre encontramos a alguien que a nuestros ojos es mejor o más feliz.

Una mente positiva produce realidades positivas una mente negativa atrae realidades negativas



Enviado por Graciela E. Prepelitchi

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

domingo, marzo 19, 2006

Hablar a solas

Quién no ha hablado alguna vez a solas en el metro, en el autobús o mientras daba un paseo. Este hábito inconsciente es tan frecuente que los psiquiatras aseguran que todas las personas lo hacemos en determinados contextos -para recordar un número de teléfono o enumerar las tareas que debemos realizar en el día- y descartan la necesidad de acudir al especialista por esta conducta si no hay otros síntomas de trastorno mental. Comportamientos extraños, incoherentes o mecimiento del cuerpo, son algunas de las pistas para pensar que el soliloquio puede tener relación con otra patología. No obstante, lo habitual es que hablemos solos como una forma de pensar en voz alta, sin esperar respuesta, o como mecanismo de defensa para hacer frente a la soledad. En los niños, es muy frecuente que creen amigos imaginarios cuando no tienen cerca compañeros de juego.

Por qué hablamos solos?“La gente habla sola porque tiene capacidad de lenguaje”. Así resume Julio Bobes, catedrático de psiquiatría de la universidad de Oviedo, la tendencia de las personas a hablar solos. Asegura que no debemos preocuparnos por contarnos cosas a nosotros mismos, “salvo porque socialmente no está bien visto”. A su juicio, hablar es tan humano, que todo el mundo puede experimentar en algún momento de su vida contestar a discursos que tiene dentro de su aparato psíquico, e insiste en que sólo los prejuicios sociales y una “supuesta anomalía” en esta conducta hacen que una de las funciones propias del ser humano no esté completamente aceptada. “Cuando alguien habla a solas no siempre es porque tiene problemas o trastornos mentales, sino que todo el mundo en algún momento responde en voz alta a estímulos internos”, señala.

Según este especialista, se considera completamente normal que las personas tengan soliloquios, ya que muchas veces se trata de contestaciones a discursos que creamos en nuestro interior. “De repente, alguien habla, manifiesta una frase que, si no se conoce el contexto o al individuo, no se entiende, pero que no deja de ser un pensamiento en voz alta”, explica.

De niños o adultos todos hablamos alguna vez a solas: podemos narrar una receta mientras la cocinamos, mostrar nuestro enfado o frustración cuando algo nos sale mal, recordar una cita que tenemos ese día o repetir varias veces un número de teléfono que queremos recordar. “Este tipo de conductas se da muchas veces cuando la persona se queda sola y necesita comunicar, expresar, lo que le pasa por la cabeza en ese momento -apunta Bobes-. Pero el soliloquio no es una expresión de soledad, sino una conducta que se produce bajo determinados estímulos sociales”.

Por el contrario, puede darse el caso de que los soliloquios estén relacionados con alguna alteración en las áreas del cerebro encargadas del lenguaje (durante el curso de varias enfermedades) o que respondan a algún trastorno mental como la esquizofrenia, la psicosis o el trastorno bipolar. “En la esquizofrenia, personas que están en fase activa de la enfermedad pueden tener alucinaciones auditivas, oír voces que los demás no pueden oír, y contestar a las mismas, por lo que quienes les rodean observan que están hablando solos”, explica Pedro Moreno, director médico del Instituto Balear de Psiquiatría y Psicología. “En el caso de enfermos esquizofrénicos, es una respuesta a ideas y pensamientos delirantes”, añade Bobes.

Entonces, ¿cuándo debemos consultar al médico sobre esta conducta? “Cuando esto se transforma en una conducta iterativa, es decir, que ocurre con mucha frecuencia. Cuando no se encuentra explicación o argumentos de tipo lógico para explicar estas circunstancias. Cuando el soliloquio está fuera de contexto y, sobre todo, si la conducta es claramente extraña e incoherente”, responde Moreno, quien precisa que a consecuencia de algunas enfermedades como la esquizofrenia el paciente debe someterse a un tratamiento con fármacos antipsicóticos, “que son muy eficaces y en un alto porcentaje hacen desaparecer las alucinaciones en pocos días”.

Soliloquio infantil

Una vez que el niño comienza a hablar, repite todo lo que oye. Le gusta aprender nuevas palabras y es habitual que balbucee. Por ello, esta conducta no debe extrañar tampoco a medida que el niño crece. Investigadores del Laboratorio de Neurolingüística del Massachussets General Hospital aseguran que entre un 20% y un 60% de los comentarios que los menores de 10 años hacen en voz alta no van dirigidos a nadie. En este sentido, según la psicóloga infantil y profesora de esta disciplina en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) Victoria del Barrio, “cuando los niños hablan a solas, sólo están pensando en voz alta”.

“La gente se alarma mucho porque los soliloquios son uno de los síntomas de psicosis u otros trastornos mentales, de ahí que cuando ven a un niño hablar solo piensan que hay ideaciones imaginarias o alucinaciones y se asustan mucho, pero en los niños todas las conductas humanas tienen una fase que es perfectamente normal”, explica la psicóloga. “A partir de los dos años -continúa-, cuando el niño empieza su introducción en el lenguaje, habla elementalmente, pero expresa sus deseos, sus emociones y, en línea general, sus necesidades”. Es entonces cuando el pequeño encuentra en ese lenguaje elemental una gran satisfacción al poder comunicar a un nivel superior todo aquello que ha comunicado antes gestualmente. Y, aunque creamos que habla solo, lo que hace es jugar con el lenguaje y describir las acciones que realiza. “Es una forma de jugar que ni siquiera es comunicativa, sino descriptiva”, describe Victoria del Barrio.

El pensamiento en voz alta no es más que una estrategia de fijación. Todos los niños describen siempre lo que hacen.

Por ejemplo, cuando juegan narran constantemente lo que hacen, la acción que realizan, y pueden continuar así hasta que dan el salto intelectual, sobre los cinco años, y comienzan a razonar sin necesidad de hablar en voz alta.

Otra situación que puede darse entre los infantes es que cuando hablen se dirijan a un interlocutor, pese a que estén solos. En este caso, los menores recurren al lenguaje como un mecanismo para afrontar su soledad. Inventan los compañeros de juego (amigos imaginarios) que no tienen e idean personajes a los que casi siempre ganan en cualquier competición o, incluso, formulan obligaciones. Esa manera de jugar es más sorprendente para quien contempla la escena, porque el niño no tiene un compañero al lado y se sabe con precisión que está hablando solo. Para Del Barrio, esto puede alarmar aún más porque tiene más parecido con perturbaciones mentales graves, pero en el 99% de los casos es una solución imaginativa a la soledad y no hay que darle más solución que la compañía. “Es algo pasajero y tiene una solución inmediata: relacionarse con otros niños. Cuando uno es dueño absolutamente del juego manda a los demás, aunque los amigos sean imaginarios, porque mandar le gusta a todo el mundo. Pero eso no tiene más problema que el hecho de que es un niño muy imaginativo, que está solo y que necesita socializarse con otros niños”, asevera la psicóloga, quien advierte, no obstante, de la importancia de acudir al especialista si esos comentarios privados van acompañados de movimientos de mecimiento, agresividad u otro tipo de conductas “extrañas”. “Entonces, es necesario acudir al especialista y que éste haga un diagnóstico”, aconseja.


Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

lunes, marzo 13, 2006

El síndrome de Wendy Un trastorno basado en la necesidad de satisfacer al prójimo

Miedo al rechazo, al abandono, deseo de complacer a los demás y sobre todo a la propia pareja… Estas son algunas de las causas que se encuentran tras el llamado ‘Síndrome de Wendy’. Una compleja conducta que a simple vista no tiene patología alguna y guarda una estrecha relación con el más conocido ‘Síndrome de Peter Pan’, descrito por el psicólogo Dan Kiley en 1983 y que hace referencia a todos aquellos hombres y/o mujeres que no quieren crecer.

¿Quién es Wendy?

Wendy es aquella mujer u hombre que se encuentra detrás de un Peter Pan. Y es que, como relata el psicólogo clínico Ángel Marín Tejero, “tras un Peter Pan siempre tiene que haber una persona, hombre o mujer, dependiendo del caso, que se encargue de hacer todo aquello que no hace él. Peter Pan no existe si no hay una Wendy que le aguante”. Pese a ello, el psicólogo Marín Tejero asegura que no se puede hablar del Síndrome de Wendy como una patología. “Hay trastornos de la personalidad que se podrían asemejar a éste síndrome, pero éste síndrome como tal no es una patología clínica, lo que no quiere decir que con el tiempo no acabe produciendo desajustes y sufrimiento, tanto en la persona que lo sufre como en quienes le rodean”.

El Síndrome de Wendy se puede definir como el conjunto de conductas que realiza una persona por miedo al rechazo, por necesidad de sentirse aceptado y respaldado, y por temor a que nadie le quiera. En definitiva, por una necesidad imperiosa de seguridad. “Cuando el sujeto actúa como padre o madre en su pareja o con la gente más próxima, liberándoles de responsabilidades, podemos hablar de Wendy”, explica la psicóloga Pilar Arocas, quien añade que “estas conductas pueden darse tanto dentro del núcleo familiar, en los roles de padre-madre sobreprotectores, como en las relaciones interpersonales, con aquellas personas muy cercanas”. La madre que despierta todos los días a su hijo para que no llegue tarde a clase, aquella que le hace los deberes, le resume las lecciones o subraya los apuntes, la esposa que asume todas las responsabilidades domésticas… es una Wendy en el núcleo familiar. Lo mismo ocurre en la relación de pareja si es ella o él quien toma todas las decisiones y asume las responsabilidades, actúa como madre o padre y como esposa-esposo o justifica la informalidad de su pareja ante los demás.

Las conductas más significativas que acompañan una persona que padece este síndrome los las siguientes:


Sentirse imprescindible
Entender que el amor es sacrificio y resignación
Evitar a toda costa que alguien se enfade
Intentar continuamente hacer feliz a la pareja
Insistir en hacer las cosas por la otra persona
Pedir perdón por todo aquello que no ha hecho o que no ha sabido hacer
Necesidad imperiosa de cuidar del prójimo
Convertirse en un progenitor o progenitora en la pareja
Los psicólogos aquí consultados aclaran que en algún determinado momento de la vida todas las personas pueden actuar de esta forma. Por tanto, “para hablar de un verdadero Síndrome de Wendy habría que tener en cuenta que todas estas acciones se basan en ese miedo al abandono y son constantes en el tiempo”, explica la doctora Arocas.

Origen del trastorno

Actualmente no existen estudios epidemiológicos que arrojen unos datos fiables sobre el porcentaje de la población que puede sufrir este síndrome. No obstante, sí se han establecido las diferentes variables que pueden desencadenar su aparición. “Lo primero que hay que tener en cuenta es que puede afectar tanto a hombres como a mujeres, aunque es cierto que es más frecuente en ellas”, comenta Ángel Marín Tejero.

Afirmación que corrobora la psicóloga Pilar Arocas, quien añade que “esta diferencia entre los sexos puede ser debida, entre otras cosas, a la cultura en la que estamos inmersos. Queramos o no, todavía sigue siendo la figura de la mujer quien tiene más peso en el cuidado de los miembros de la familia y esas ideas que se nos inculcan en el proceso educativo tienen su respuesta en la vida adulta”.

Y es que el Síndrome de Wendy no depende de un sólo factor, sino de un conjunto de variables, entre las que destacan la educación recibida, la personalidad y las circunstancias que rodean a la persona. No obstante, la doctora Arocas reconoce que ninguna de estas variables por separado sería la responsable de su aparición. “Por ejemplo, la educación recibida no determina necesariamente este tipo de conductas. En ocasiones, tener una madre o un padre sobreprotector puede crear en sus hijos o hijas un gran deseo de independencia. Aunque es cierto que también hay ocasiones en las que se perpetúan los patrones de conducta adquiridos y vistos durante la infancia y adolescencia, continuando el ejemplo de los superiores”, subraya.

¿Se trata de un síndrome de la nueva sociedad? “Rotundamente, no. Lo que ocurre es que hace años no se planteaban estos asuntos. Las cosas eran así, y así estaban bien”, asegura el doctor Marín Tejero. “Ahora la mujer sale de casa a trabajar y es consciente de que existen más cosas, además del hogar. Se carga con nuevos roles, sin abandonar los antiguos, se satura de responsabilidades y ni se plantea que podría negociar con su pareja su nueva situación, y al final acaba sintiéndose mal, sin identificar exactamente qué le ocurre. Algunas mujeres, en este punto, piden ayuda profesional, pero muchas sufren en silencio sin saber que hacer”, añade el psicoterapeuta. Se trata, según los expertos, de un cambio en los roles que cuesta asumir tanto al hombre como a la mujer.

Lo que tampoco resulta sencillo es su detección. La mayoría de las mujeres y de los hombres acuden a la consulta del especialista porque se sienten ‘quemadas’ y ‘quemados’, no están felices con su vida y siente una insatisfacción total en sus relaciones de pareja. Sólo a través de las sesiones de terapia van descubriendo la razón de malestar. Una sensación que también afecta a aquellas madres que ven que sus hijos no quieren crecer y evitan tomar responsabilidades acordes con su edad. “Es por ello que este síndrome de Wendy se relaciona con el de Peter Pan, pues es frecuente que madres ‘Wendy’ generen hijos ‘Peter’”, aclara Pilar Arocas.

Sin embargo, no existe una edad definida a la que pueda aparecer, aunque es en los últimos años de la adolescencia, cuando están ya formadas las características de la personalidad, cuando se pueden observar los primeros signos que delatan que la persona pueda sufrir este síndrome en algún momento de su desarrollo evolutivo.

Cómo superarlo
En muchas ocasiones son los propios afectados los que acuden por su propia voluntad a la consulta del psicólogo, “aunque no son conscientes de lo que les sucede. No son capaces de comprender qué les pasa”, asegura Ángel Marín Tejero. Para quienes sufren este trastorno su forma de actuar es una necesidad y no consideran que lo estén haciendo mal, sino que simplemente con su actitud cubren unas necesidades de afecto, pertenencia y seguridad.

Su superación depende en un alto porcentaje de la capacidad de quien lo sufre y de reconocer que sus conductas son equivocadas. “Deben reconocer sus propios miedos y a partir de ahí aprender a tener su propio sitio. Transigir pero con cautela, ser flexible, tolerar al prójimo, pero sin aceptar por ello todo lo que le digan”, explica la psicóloga Arocas.

Se trata, en definitiva, de:


Establecer relaciones equitativas con las personas: escuchar activamente los problemas de los demás, pero sin sentirse obligado por ello a resolverlos.
Incrementar la autoestima personal.
Acostumbrarse a decir NO.
Aprender a madurar, a pensar que cada uno es responsable de su vida.
No asumir los deberes y responsabilidades del otro.
Ser consciente de que los cambios de hábitos son lentos, no se producen de la noche a la mañana.

Estas pautas sirven como prevención y superación de este trastorno. La conducta de cualquier ‘Wendy’ está basada en el miedo al rechazo personal, en el complejo de inferioridad y el impulso por agradar a todos. Por tanto, si en el proceso educativo se enseña a la personas conductas asertivas -aquellas que defienden los propios derechos, sin agredir a los demás ni dejarse avasallar-, se enseña a desarrollar una sana autoestima, a aprehender unas adecuadas habilidades sociales que hagan de las relaciones sociales un foco de satisfacción y gratificación, las personas estarán más cualificadas para evitar el sufrimiento que a la larga supone este síndrome.



Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

domingo, marzo 12, 2006

Descubren un mecanismo molecular en el cerebro que podría desvelar las causas biológicas de la depresión

Investigadores de la Universidad de Rockefeller en Nueva York (Estados Unidos) han descubierto un mecanismo molecular en el cerebro que podría desvelar las causas biológicas de la depresión. Las conclusiones del estudio se publican en "Science". La investigación puede ayudar a explicar la conexión entre la depresión y las anomalías en la transmisión de serotonina.

Los resultados revelan que las interacciones entre un gen llamado p11 y el receptor de la serotonina 5-HT1B (serotonina 1B) afectan a la transmisión de este neurotransmisor. El citad receptor ya ha sido asociado con anterioridad con la depresión y con el trastorno obsesivo compulsivo, la adicción a las drogas, la ansiedad, la agresividad y el sueño.

La proteína fabricada por el gen p11 aumenta el número de receptores de serotonina 1B en la superficie celular, y el estudio apunta la posibilidad de que la p11 desempeñe un importante papel tanto en las causas de la depresión como en el éxito del tratamiento.

Los investigadores descubrieron que la proteína p11 se encuentra en mayores niveles en el cerebro de ratones tratados con antidepresivos, pero reducida en animales que padecen un trastorno similar a la depresión, así como en tejido cerebral de humanos con la enfermedad y que han fallecido recientemente.

Además, los autores muestran que los ratones con la proteína p11 desactivada muestran una conducta similar a la de los ratones deprimidos y que un aumento de la proteína p11 está asociado con un alivio de la conducta depresiva en los roedores.

Science 2006;311:77-80




Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

Stress, angustia, depresión y memoria.

Por Carmen Girona *
Desde Madrid.

La edad es el factor de riesgo más importante para desarrollar el mal de Alzheimer. Muchas personas bromean con la enfermedad de Alzheimer cuando se les olvida un nombre o no recuerdan dónde han puesto las llaves. Otros, sobre todo si tienen familiares con esta patología, no bromean cuando eso les ocurre. Al contrario: se angustian porque temen padecerla. El estrés, la angustia y la depresión pueden afectar la memoria. Pero las fallas de memoria también pueden ser el primer síntoma de una enfermedad neurodegenerativa. ¿Cómo distinguirlos? Ese es el gran reto de los especialistas. El 40 por ciento de la población mayor de 65 años refiere problemas de memoria que no afectan a su vida diaria, pero entre un 12 y un 14 por ciento desarrollará Alzheimer con el tiempo. Los especialistas se plantean detectar las demencias en su estadio más precoz, el del llamado deterioro cognitivo leve.

“Para poder retener una información se ha de estar atento, alerta, vigilante, y así poder empezar una acción y terminarla. Esta situación de atención-concentración se relaciona con el estado psicoafectivo. Cuando se evalúa a adultos con problemas de memoria, se observa que la mayoría de ellos no presenta déficit en las pruebas de memoria pura, sino en las de atención-concentración, que secundariamente van a producir una pérdida de memoria. El estrés, el insomnio, la ansiedad o la depresión son las causas que subyacen en muchos casos con problemas de memoria”, explica Mercé Boada, neuróloga del hospital Vall d’Hebrón de Barcelona.

En personas de más de 65 años, los síntomas de alarma comienzan, según los expertos, cuando la pérdida de memoria se mantiene durante meses y con una intensidad suficiente para que los familiares se den cuenta. En estos casos es preciso realizar una exploración formal y protocolizada de la memoria (visoespacial, de lenguaje, verbal, lógica o biográfica) y de otras áreas cognitivas (lenguaje, reconocimiento o cálculo).

En la mayor parte de quienes se quejan de problemas de memoria, la pérdida no se confirma en las exploraciones clínicas. Es un efecto transitorio de situaciones de estrés, angustia o depresión. Pero hay un porcentaje de personas en las que se aprecia un deterioro cognitivo leve, un concepto que se ha consolidado en los últimos años y que refleja una situación de pérdida cognitiva que puede desaparecer, estabilizarse o derivar en una demencia.

Las demencias afectan a entre el 5 y el 10 por ciento de los mayores de 65 años, porcentaje que se dobla cada cuatro años de edad hasta alcanzar el 30 por ciento entre quienes tienen más de 80 años. Según una guía elaborada por el Grupo de Trabajo de Demencias de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (Semfyc), la demencia más frecuente es la de Alzheimer (56 por ciento), seguida por la vascular (20,3 por ciento) y la mixta (6 por ciento), que incluye ambas.

“Para diagnosticar un deterioro cognitivo leve, según los criterios de Ronald Petersen, uno de los expertos que más ha trabajado en este campo, es necesario que exista pérdida de memoria o de una función ejecutiva, es decir que no se produzca como consecuencia de una enfermedad de base que lo justifique, y que además exista una desviación estándar de 1,5 en las pruebas neurológicas que se realizan habitualmente, esto es, una desviación sobre el resultado de población sana de edad y características similares a las del paciente”, subraya Pedro Gil, responsable de la Unidad de Memoria del Servicio de Geriatría del hospital clínico San Carlos de Madrid.

Hacer un diagnóstico de deterioro cognitivo leve no es una tarea fácil, aunque el verdadero reto descansa en diferenciar este primer estadio de una demencia en inicio. Para llegar a un diagnóstico correcto los facultativos realizan una valoración clínica extensa, recabando información de la persona y de su entorno más próximo, así como una amplia batería de pruebas neuropsicológicas y al menos una prueba de neuroimagen. También se indican pruebas analíticas o radiológicas para excluir otras enfermedades.

Entre las técnicas neuropsicológicas que más se utilizan en España para valorar la memoria figuran la escala de inteligencia de Wechsler (WAIS en sus siglas en inglés), y la batería Cerad, que comprende un grupo de siete pruebas. Para analizar las funciones ejecutivas se muestran dibujos o se cuentan historias que luego tiene que repetir el paciente. La película Gente de Roma muestra una entrañable escena en la que se practican algunas de estas pruebas para determinar si el paciente sufre Alzheimer. Las técnicas de neuroimagen apoyan el diagnóstico y, entre otros, valoran el grado de atrofia del hipocampo, que es la zona del cerebro relacionada con la memoria, el grado de perfusión en zonas temporales, o la atrofia cerebral en general.

“En el deterioro cognitivo leve hay dos grandes grupos de pacientes: los de tipo amnésico, que pierden exclusivamente la memoria, y los que sufren un deterioro cognitivo de dominios múltiples, que pueden o no perder memoria, pero que, además, tienen deterioradas otras áreas de la función cognitiva, como el lenguaje o la función ejecutiva. En general, continúan haciendo una actividad diaria normal y el rendimiento no difiere mucho de los sujetos normales”, explica Marcelo Berthier, coordinador del Grupo de Neurología de la Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología.

A los pacientes con deterioro cognitivo leve, tanto amnésico como el que afecta a más de un área cognitiva, se les debe hacer un seguimiento periódico muy de cerca, según apunta Boada: “Se podría detectar la enfermedad muy al inicio y, por tanto, tratarla en la fase inicial, retrasar los síntomas y poder aumentar la calidad de vida del paciente y su familia”.

De momento, no hay ninguna prueba que permita determinar cómo evolucionará el paciente con deterioro cognitivo leve. Lo que sí se sabe es que el 14 por ciento de ellos desarrolla demencia al año y estudios recientes han mostrado que la atrofia cerebral progresa a razón de un 14 por ciento anual. “No podemos perder de vista que, aunque los médicos tenemos que preocuparnos por ese porcentaje, la sociedad ha de ser consciente de que un 86% no la sufrirá”, dice Boada.

El concepto de demencia senil o problemas de memoria asociados a la edad es un concepto obsoleto, según los expertos. Éstos distinguen dos patrones, el de demencia neurodegenerativa o de Alzheimer y el de demencia vascular. El primero es una enfermedad progresiva, que en estos momentos se atribuye a una acumulación anómala de una proteína que degenera la función de las neuronas y que, a la larga, las mata. La demencia vascular o la presencia de lesión vascular en Alzheimer aparece además por la asociación con factores de riesgo vascular (hipertensión, cardiopatías, obesidad, sedentarismo o diabetes), que provocan pequeñas trombosis.

“Aunque la edad es el factor de riesgo más importante para desarrollar Alzheimer, también es un factor crucial para padecer una patología vascular cerebral y, según se va envejeciendo, estos procesos pueden coexistir en un mismo individuo’, indica Mercé Boada, que también es directora médica de la Fundación ACE, entidad especializada en el diagnóstico y tratamiento de enfermos de Alzheimer y que trabaja con programas de estimulación integral desde 1990.



http://www.intramed.net/



Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

miércoles, marzo 08, 2006

Síndrome de Peter Pan

Son adultos sólo en apariencia porque su actitud continúa siendo la de alocados niños y adolescentes que no se responsabilizan de sus actos. Las personas que padecen el síndrome de Peter Pan o de Inmadurez Emocional son incapaces de crecer, y su alegría y seguridad suelen ser una máscara que esconde su inseguridad y temor a no ser queridos. Aunque difícil de solucionar porque es un problema que no reconoce quien padece el trastorno, puede superarse con terapia psicológica y ayuda de sus parejas o familiares.

Incapaces de crecer

Hijos que nunca creen apropiado marcharse de casa, cuarentones con una vida social típica de un adolescente, amistades y grupos de salida mucho más jóvenes… Se trata de personas que, a pesar de haber alcanzado la edad adulta, son inmaduros emocionales y no quieren o son incapaces de crecer y afrontar las responsabilidades que conlleva la vida adulta. Son personas que padecen el denominado síndrome de Peter Pan, un nombre que se basa en el conocido personaje de la literatura infantil creado por el escocés James Matews Barrie en el año 1904. La primera vez que se utilizó el nombre de Peter Pan, haciendo alusión a un problema emocional fue en el año 1966, cuando el psiquiatra Eric Berne se refirió con este nombre al niño que todo adulto lleva dentro y que está centrado sólo en satisfacer sus propias demandas y necesidades. Casi veinte años más tarde, en 1983, el psicólogo Dan Kiley escribió en un libro en qué consistía el que ya denominaba como “síndrome de Peter Pan”. El psicólogo lo aplicaba, tal y como se continúa haciendo en la actualidad, para definir a los adultos que no quieren o se sienten incapaces de crecer. Un año después utilizó el término de “Síndrome de Wendy” para describir a quienes actúan como padre o madre con su pareja o con la gente más próxima, liberándoles de la asunción de responsabilidades.


La infancia es una etapa de felicidad, en la que no se tiene conciencia de la existencia de problemas, ya que otros (padres, maestros, abuelos…) los solucionan por ellos. Hacia el final de la adolescencia, sin embargo, se produce un cambio de mentalidad y una toma de conciencia sobre las responsabilidades que hay que tomar. Cada persona empieza a orientar su vida hacia una determinada dirección, aunque algunos individuos se niegan a superar esta etapa y se resisten a crecer y afrontar responsabilidades de la vida adulta. Según indica la psicóloga María Rodríguez, del Centro psicológico de Estudio y Terapia del Comportamiento de San Sebastián, las personas que padecen este trastorno tienen un cuerpo de hombre con mentalidad de niño. El síndrome de Peter Pan puede darse en ambos sexos, aunque es más frecuente entre los hombres, según explica Concepción Etiens, psicóloga de la clínica Arga de Madrid. El de Wendy, por el contrario, es más frecuente entre mujeres (madres o parejas) que suelen justificar las “niñerías” de estos adultos incapaces de crecer y soportan, e incluso alientan de manera involuntaria, la actitud infantil y enfermiza del Peter Pan de turno.

Cómo reconocerlo

Los adultos que padecen este trastorno lo son “sólo de nombre”, como indica Concepción Etiens, porque actúan como niños a pesar de ser adultos, que en muchos casos superan los veinte y treinta años. Estas personas crean entre sus familiares, sobre todo, un alto grado de confusión porque a primera vista aparentan estar seguros de sí mismos, incluso, tal y como explica la experta, pueden parecer personas arrogantes. “Son capaces de entrar a una reunión y cautivar de inmediato a su auditorio. Su presencia no suele pasar desapercibida: chispeantes, seductores… hacen que los demás parezcan insignificantes”, detalla la psicóloga.

Sin embargo, Etiens subraya que se trata de personas indecisas e inseguras, que temen que no les amen y camuflan sus inseguridades con una máscara de seguridad y alegría ficticias. Quienes padecen el síndrome de Peter Pan se esconden detrás de fachadas y excusas; disimulan su incapacidad de madurar con juegos, pasatiempos, negocios fantásticos, grandes proyectos imposibles y aventuras amorosas. “Por una parte, suelen ser personas divertidas y a su lado todo parece pura alegría de vivir. Pero por la otra, tratan de evadir continuamente sus responsabilidades y se refugian en fantasías imposibles de cumplir y culpan a los demás de todo lo que les ocurre”y, aunque encantadores al principio, después de un tiempo suelen tener graves problemas de adaptación en el trabajo o sus relaciones de pareja.

Si bien pueden camuflarse bajo un tiempo, es fácil terminar reconociéndolos, ya que según la psicóloga donostiarra, su comportamiento presenta las siguientes características:

  • Le seduce más la juventud, que suele tener idealizada, que su momento real de madurez.
  • Tiene un enorme miedo a la soledad.
  • Es inseguro, aunque no lo demuestre e incluso pueda aparentar lo contrario.
  • Su actitud se centra en recibir, pedir y criticar y no se molesta en dar o hacer.
  • No está hecho para la vida adulta, no se compromete por creer que el compromiso es un obstáculo para su libertad.
  • Tiene al lado a otra persona que cubre estas necesidades básicas.
  • No se responsabiliza de lo que hace, pero cree que los otros sí lo hacen
  • Vive centrado en sí mismo: sus disgustos, su estrés, su excesivo trabajo...
  • Aunque disfrute de éxito profesional, económico... Se da cuenta de que su vida no tiene la firmeza ni la estabilidad que le gustaría
  • Está permanentemente insatisfecho con lo que tiene, pero nunca toma iniciativas ni hace nada por solucionar su situación.

Cómo solucionarlo

No es fácil enfrentarse a un problema cuando no se reconoce su existencia, y ésta suele ser la principal característica en quienes padecen este síndrome de inmadurez emocional. Por ello es esencial que, en primer lugar, “el enfermo sea capaz de darse cuenta de que su actitud no es normal ni adecuada y asumir que tiene un problema”. Y, aunque para muchas personas pueda parecer obvio, “no es tarea sencilla”, según asegura Rodríguez, porque culpar y hacer responsables siempre a los demás de todo cuanto les sucede es parte de este síndrome.

La asunción de su responsabilidad no llega en muchos casos hasta que sienten en carne propia las consecuencias de sus actos, y es únicamente entonces cuando piensan en la necesidad de algún cambio de actitud.

Las conductas ejercidas durante muchos años no se modifican fácilmente, por lo que una terapia psicológica sería la mejor indicación, en opinión de la experta del Centro de Estudio y Terapia del Comportamiento de San Sebastián, quien añade la conveniencia de comenzar con una terapia de pareja o familiar, para evitar el error de considerar que el problema se encuentra sólo en uno de los integrantes de la familia o la pareja, cuando en muchos casos los demás favorecen, sin darse cuenta, conductas de este tipo. Hay que tener en cuenta, además, que si no se supera esta fase, se puede originar en quien padece el trastorno diversas quejas emocionales:

  • Baja autoestima: Lo quiere todo y no está dispuesto a renunciar a nada de lo que tiene ni a poner nada de su parte para conseguir las nuevas metas y objetivos. No conseguirlo le genera una frustración continua e importantes problemas de autoestima.
  • Sentirse incomprendido: Siempre culpa a los demás de todo cuanto sucede en su vida, incluso de situaciones provocadas por su inmadurez. No se siente parte del problema o dificultad, y ni siquiera es capaz de creer que él pueda tener algo que ver con la evolución de los problemas.

A pesar de que, efectivamente, no es fácil tratar el problema, María Rodríguez propone una serie de pistas que pueden ayudar a que un adulto que presenta este trastorno emocional pueda recuperarse del síndrome, soluciones en las que debe intervenir la pareja o familiares del enfermo:

  • Permitir que se enfrente la realidad y asuma las consecuencias de su conducta: Por más duro que parezca al principio, no hay que hacerse cargo de sus responsabilidades. Si no paga las cuentas, la familia no lo debe hacer por él; si se queda dormido sin ir a la universidad o al trabajo, no hay que despertarlo… Es el único modo de ayudarles a ser conscientes de que tienen una responsabilidad que cumplir y que nadie va a asumirla por ellos.
  • Ante sus continuadas quejas, en vez de consolarle, hay que dejar que tome iniciativas para cambiar la situación. Pero no hacer las cosas por ellos no impide darle apoyo y ayudarle a observar los aspectos positivos de su personalidad fomentando que desarrolle su potencial adulto basándose en ellas.


Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

martes, marzo 07, 2006

Un 15% de la población mundial padece depresión unipolar, lo que explica la relevancia social de esta enfermedad

03/03/2006 17:24:13

El porcentaje de deprimidos bipolares se reduce a un espectro que se mueve entre el 0,5 y el 1 por ciento y se calcula que cerca del cuatro por ciento de los habitantes de la tierra padecen un trastorno obsesivo compulsivo.

Vitoria-Gasteiz, marzo 2006.- En los últimos años se han producido una serie de avances en el tratamiento de los trastornos afectivos, aquellos que comprenden la depresión unipolar, la depresión bipolar y los trastornos obsesivo compulsivos. El IV Curso de actualización en Psiquiatría organizado en el Palacio Europa de Vitoria Gasteiz entre los días 2 y 3 de marzo ha organizado una mesa de debate al respecto en la que participa Cristóbal Gastó, profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona y consultor del Hospital Clinic de la ciudad condal. En todo caso, las cifras son concluyentes: un quince por ciento de la población mundial padece depresión unipolar, entre un 0,5 y un uno por ciento depresión bipolar y un cuatro por ciento cualquier tipo de trastorno obsesivo compulsivo. “Son enfermedades de relevancia social”, concluye el experto.

En lo que se refiere al tratamiento de la depresión unipolar, el profesor Gastó entiende que“se han producido considerables avances en el tratamiento, tanto a nivel de nuevos fármacos como del manejo de los enfermos depresivos a corto y largo plazo. A partir de los estudios de seguimiento iniciados en EE.UU. Hace una década, hoy en día se conocen bastante bien las fases terapéuticas por las que debe pasar un enfermo afecto de depresión para conseguir una recuperación completa (los síntomas residuales son muy frecuentes) y para evitar nuevas recaídas”.

Se trata de una cuestión de extrema sensibilidad, toda vez que, según precisa el experto, “la depresión unipolar abarca, en sus distintas gravedades, a un diez o quince por ciento de la población mundial, lo que le convierte en una patología grave, que afecta tanto a nivel personal como social”.

Aunque aún no se ha conseguido por completo, Cristóbal Gastó entiende que “la prevención, o al menos una detección precoz y la aplicación de un tratamiento adecuado, resultan fundamentales. En el caso de un primer episodio de depresión unipolar, se considera como necesario un mínimo de un año de tratamiento farmacológico y probablemente psicoterapéutico. Hay un consenso mínimo de entre seis meses y un año aunque la mayor parte de enfermos, no obstante, requieren tratamientos más prolongados”.

A modo de resumen, el experto describe “dos fases del tratamiento: una primera etapa del tratamiento agudo que dura aproximadamente tres meses, que requiere un antidepresivo bien tolerado y un buen cumplimiento terapéutico. Hay que tener en cuenta”, advierte el especialista, que “todos los antidepresivos que se manejan en la actualidad, incluso los de aparición más reciente, tardan entre cuatro y seis semanas en hacer efecto y mejorar el cuadro clínico. Este periodo de latencia es un momento de alto riesgo a la hora de que el enfermo deje la medicación porque no se encuentra bien y quiere mejorar con rapidez”.

Una vez trascurrido este periodo, Cristóbal Gastó puntualiza que “se requiere una consolidación de la respuesta terapéutica y, si se trata de un primer episodio, el tratamiento debe durar entre seis y doce meses, de manera ininterrumpida y a dosis óptimas. Este es el manejo consensuado hoy en día.”

Respecto a los fármacos, Gastó señala que “en los últimos años han aparecido básicamente dos: el escitalopran y la duloxetina. Hay que decir que, en principio, todas las familias de antidepresivas conocidas tienen un efecto terapéutico similar. No hay ningún antidepresivo superior a otro y quizás en el caso de los más modernos puede matizarse que existen menos efectos adversos secundarios”.

Esta sería una visión del perfil general, “aunque pueden reseñarse cuestiones más sutiles en subtipos de la depresión unipolar como pueden ser las depresiones delirantes o psicóticas y las depresiones refractarias. En estos casos se requieren técnicas más complejas.”

El alto riesgo de las depresiones bipolares

Subraya el profesor Gastó que “la depresión bipolar tiene unas características muy distintas a la depresión unipolar. Para empezar forma parte de una entidad superior que es el trastorno bipolar y el enfermo tiene un alto riesgo de viraje hacia la manía y hacia estados mentales muy graves. Por todo ello, las recomendaciones son muy distintas al caso anteriormente citado”.

En el caso de los depresivos bipolares “se requieren antidepresivos con muy poco riesgo de cambio de estado, de viraje hacia la manía. De hecho, algunos autores consideran que no deben darse antidepresivos y que un tratamiento con los eutimizantes actuales sería suficiente para manejar a estos pacientes. En todo caso no hay un acuerdo unánime al respecto”.

Habitualmente, “la depresión bipolar aparece en un enfermo con trastorno bipolar que ha pasado previamente por una fase maníaca. Es una condición muy grave, con más riesgo de suicidio que las depresiones unipolares. Estos enfermos han de tomar como mínimo uno o dos eutimizantes”.

Apunta el psiquiatra que “algún eutimizante actual como la lamotricina o el topiramato parecen tener ciertos efectos antidepresivos y algunos autores consideran que si la enfermedad bipolar se maneja bien desde un primer momento con eutimizantes, incluido el litio, se podría prevenir estos episodios depresivos”.

Si esto no se logra y al final aparece el episodio depresivo en el enfermo bipolar, “hay que tratarlo con antidepresivos. Entre ellos hay que escoger los antidepresivos menos tóxicos y que provoquen menos virajes hacia la manía. Entre ellos estarían los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. También aparecen estudios con la duloxetina”.

En estos casos, “el tratamiento es mucho más corto que en la depresión unipolar. En el caso de la depresión bipolar se recomienda retirar el antidepresivo lo más rápidamente posible, justo cuando el enfermo se ha recuperado, justo para evitar la inducción del estado mixto o la situación de cambio rápido”.

“Aunque los datos son variables porque se calcula que hay dos tipos de bipolares, bipolar uno y bipolar dos”, el profesor Gastó calcula que “los bipolares uno ocuparían entre un 0,5 y un uno por ciento de la población. Quizás los bipolares dos ocuparían más, pero no hay estudios epidemiológicos muy exactos. El salto porcentual entre ambas depresiones es alto, pero hay que tener en cuenta que la depresión unipolar es un término que se aplica a un grupo muy heterogéneo de enfermos, mientras que los bipolares suelen ser más homogéneos”.

Trastorno obsesivo compulsivo

Respecto al tratamiento del trastorno obsesivo compulsivo, Gastó considera que “desde hace quince años no se han producido avances notables. Lo que se ha logrado es pulir y perfeccionar las técnicas de diagnóstico y clarificar los criterios que se emplean para el manejo de enfermos obsesivo compulsivo. El trastorno obsesivo compulsivo puro responde, prioritariamente, al tratamiento con antidepresivos serotoninárgicos. Se trata de enfermos particularmente graves porque no responden relativamente y requieren tratamientos combinados con terapias comportamentales. Son enfermos crónicos, aunque este término no guste. Lo que quiere decirse es que llevan años sin acudir al especialista y se requieren muchos meses para encontrar una respuesta favorable, aunque siempre suele haber síntomas residuales. Está calculado que entre el tres y el cuatro por ciento de la población mundial padece esta enfermedad”.

Explica el experto que “el trastorno obsesivo compulsivo no se considera un trastorno afectivo primario. Aunque en las entradas de clasificación actual se incluye en el terreno de los trastornos de ansiedad, hay un acuerdo casi unánime en que se trata de un trastorno con una entidad propia y muy específica”.




Saludos afectuosos


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

«Pensamos erróneamente que la depresión se cura sola»

Reducción en el tamaño del hipotálamo, alteración en el funcionamiento del cerebro, daños irreparables en el corazón... Son muchos los efectos que origina la depresión. Sin embargo, a menudo es entendida como una fuente de creatividad o de atractiva sensualidad. El doctor Peter Kramer, mundialmente conocido por su superventas Escuchando al Proza c, aborda en Contra la depresión (Seix Barral) la verdadera cara de esta cruel afección.

-« La depresión es una enfermedad mental», sería la tesis del libro -Efectivamente. Desgraciadamente, no siempre actuamos como si fuera una enfermedad. Las personas depresivas llevan asociado un estigma, debilidad de carácter o cualquier otra característica personal. Además, se tiende a romantizar la enfermedad, a pensar que es una actitud ante la vida.

- Debido a esta concepción, la sociedad es reticente a la hora de utilizar medicamentos para tratarla. -El problema es que pensamos erróneamente que la depresión es algo natural y que se cura sola. Por otro lado, no tiene un componente dramático, como ocurre con la epilepsia, que también se ha asociado con la creatividad. Es algo que llega gradualmente y permite mantener una relación con lo que uno era anteriormente. -No obstante, usted la señala como una de las enfermedades crónicas más devastadora s.

. -Desde que publicó «Escuchando al Prozac», le suelen preguntar qué habría ocurrido si Edgar Allan Poe u otros conocidos artistas con depresión hubiesen tomado algún medicamento para superarl a. -El ejemplo que yo utilizo para explicarlo es Van Gogh, que tuvo epilepsia. Se sabe que el artista se medicó para superarla, y no creo que ello marcase grandes diferencias en su obra. Sería la misma, persona, igual de creativa, pero sin sufrimiento .



Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 

sábado, marzo 04, 2006

Bipolaridad,un desorden estigmatizado

Parte de la tragedia de tener un desorden mental es vivir el rechazo de familiares y de la sociedad en general, a causa del desconocimiento. En el caso de la maniacodepresión o bipolaridad, vencer el tabú es el primer paso para ayudar a quienes padecen esta enfermedad.



Si le preguntan qué tenían en común Vincent van Gogh, Michelangelo Buonarroti, Víctor Hugo, Ernest Hemingway y Rigoberto Alpizar, el hombre al que oficiales estadounidenses mataron en diciembre pasado en el aeropuerto de Miami, la respuesta es sencilla: todos padecían desórdenes mentales.

El caso del costarricense Alpizar, era el de un trastorno bipolar, una enfermedad que le costó la vida. Al parecer no había tomado sus medicamentos y esto desencadenó su comportamiento incontrolable que provocó la reacción de las autoridades.

"Las personas con desorden bipolar se caracterizan por tener síntomas, en la fase maniaca, de pensamientos de grandeza, palabrería imparable, energía impresionante, poco sueño, irritabilidad y conductas riesgosas", explicó el doctor Joseph Henry, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Miami. "En la fase depresiva caen en hoyos profundos de culpa, falta de interés en la vida o pensamientos suicidas."

Cuando la enfermedad no es tratada con medicamentos, "el riesgo es, además del suicidio en la fase depresiva, el poder cometer un crimen en el estado maniaco", añadió el psicólogo Leonel Meza, presidente de Reflexion Wellness Center.

Segregación por enfermedad
La familia juega un papel preponderante en el manejo de las personas maniacodepresivas. Según los especialistas, son los seres cercanos los llamados a observar los cambios y recaídas. Para ello, es preciso derrumbar muchos tabúes que existen sobre las dolencias mentales e informarse correctamente sobre la enfermedad.

"Es parte de la concienciación", acotó Meza. "Los familiares (al informarse) empiezan a asimilar mejor y entender cuándo el paciente se está descompensando. Son ellos quienes deben asegurarse de que las personas con bipolaridad estén tomando las medicinas que los equilibran", agregó.

De otro lado, el desconocimiento de la realidad de una enfermedad mental como la maniacodepresión puede llevar incluso a la segregación.

"Hay muchos riesgos en este proceso", dice María, una madre de 42 años que reside en la Florida y a quien hace cinco años le fue diagnosticado un trastorno bipolar. "Mucha gente a tu alrededor no aprueba que tomes medicamentos; hay mucha presión por el desconocimiento y la ignorancia", agregó.

Además de lidiar con su enfermedad, esta mujer tuvo que enfrentar el abandono de su esposo, una situación frecuente para este tipo de pacientes, cuyos familiares deciden no cargar con el peso de la enfermedad.

"La gente que rodea a un bipolar puede sentirse sobrecargada, asfixiada emocionalmente", acotó Leonel Meza. "No es fácil tratarlos por las crisis y hospitalizaciones. Es desgastador, pero por eso se dan charlas para que ellos puedan sentir que el esfuerzo de ellos no es en vano. Tienen que escuchar que ese cariño tiene resultados".

Solamente en Estados Unidos existen en la actualidad cerca de 2,1 millones de personas con trastorno bipolar. La cifra representa el dos por ciento de la población.

Testimonio: María, 42 años
María, una mujer de 42 años que padece el trastorno bipolar, narra su propia experiencia con la enfermedad. Este es su testimonio:

Desde pequeña tenía unos cambios drásticos de ánimo. Estaba jugando y de pronto empezaba a llorar a cántaros. Del llanto pasaba a la euforia, y hacía en media hora cosas que tomaban semanas. Otras veces me aislaba.

En la adolescencia fui más agresiva, si me provocaban me ponía violenta. Luego sentía culpa y llanto. Ya de adulta tenía conductas desafiantes. Me agredía a mí misma de diferentes maneras y hasta pensé en suicidarme.

La crisis mayor vino con una circunstancia en mi vida en la que tenía problemas en mi matrimonio. Había tensiones entre mi esposo y mi hija de una relación anterior. Pensé que tenía que escoger entre mi esposo y mi hija y no podía entender eso. Empecé a tener ataques de pánico y ansiedad. Un día él se fue de viaje y tuve una visión, me vi ahorcada en la escalera. Eso me asustó tanto que no me atreví a acercarme a ese sitio, no me bañé ni comí bien durante cinco días. Allí busqué ayuda.

Me dieron medicamentos y me internaron. Mi diagnóstico fue el desorden bipolar y, luego de pruebas y tratamientos, tomo antidepresivos. También tengo tranquilizantes para controlar los ataques de pánico, y estoy en terapia individual y de grupo desde hace cinco años.

Hoy en día siento que puedo manejar esta enfermedad; ya no me maneja a mí. Siento que por fin empecé a tomar las riendas de mi vida.

http://www.correodelcaroni.com


Saludos Cordiales


Dr. José Manuel Ferrer Guerra

 

Bookmark and Share

 

Si quieres recibir por mail publicaciones de esta pagina " click aqui

 

 


 
[1] [2] [3] [4] [5] [6] [7] [8] [9] [10]