Un estudio encuentra que los niveles de depresión y ansiedad siguen altos al menos dos años después de escapar de una relación abusiva

MIÉRCOLES, 1 de septiembre (HealthDay News/HolaDoctor) — Incluso tras escapar de una relación violenta o controladora, la salud mental de una madre podría continuar declinando, encuentra un estudio reciente.

Investigadores de la Universidad Estatal de Ohio analizaron datos de 2,400 mujeres que estaban casadas o vivían con el padre de su hijo al final del primer año de un periodo de tres años. Las mujeres fueron divididas en tres grupos, las que no experimentaban abuso, las que estaban en relaciones en que había violencia física, y las que estaban en relaciones de control en que sus parejas eran extremadamente críticas y ofensivas, e intentaban controlar las acciones de la mujer.

El estudio encontró que todas las mujeres, incluso aquellas que no estaban en relaciones abusivas, reportaban más depresión y ansiedad al final de los tres años, un hallazgo que los investigadores atribuyeron a la naturaleza de la muestra. Casi todas las mujeres que participaron eran madres primerizas minoritarias y de bajos ingresos, así que era probable que tuvieran un estrés considerable, anotaron.

Sin embargo, las mujeres que se quedaron o que abandonaron una relación física o emocionalmente abusiva mostraron niveles significativamente más elevados. El estudio encontró que las mujeres que abandonaron relaciones abusivas tras el primer año se deprimieron más, y seguían teniendo niveles altos de ansiedad en los dos años siguientes. En términos de la salud mental, a estas mujeres no les iba mejor que a aquellas que permanecieron en relaciones abusivas, según los investigadores.

Pero sí encontraron que a las madres abusadas que tenían más respaldo social les iba mejor tras el fin de su relación que a aquellas que tenían menos ayuda de familiares y amigos.

“Nuestros hallazgos realmente nos ayudan a comprender lo inestables que son esos primeros años para las madres que abandonan relaciones violentas o de control”, apuntó en un comunicado de prensa de la OSU la autora principal Kate Adkins, que llevó a cabo el estudio como estudiante doctoral de la universidad.

“Aunque salir de una relación tal vez sea bueno a largo plazo, primero (las mujeres) tienen que lidiar con fuentes múltiples de estrés, que incluyen problemas financieros, ser madre soltera, y compartir la custodia con el abusador”, añadió.

Los hallazgos, que aparecen en la edición en línea de la revista Social Science Research, no sugieren que las mujeres no deban abandonar a sus parejas abusivas.

“Lo que nuestros resultados significan es que esas mujeres siguen necesitando mucho respaldo y muchos servicios incluso tras dejar la relación. Los familiares y amigos podrían pensar que están bien porque han abandonado al abusador. Pero siguen necesitando mucho respaldo y servicios sociales”, señaló en el comunicado de prensa la coautora del estudio Claire Kamp Dush, profesora asistente de desarrollo humano y ciencias familiares.

La investigación fue apoyada por una subvención del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano.

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Los trastornos de la personalidad

Written by post on August 17th, 2010 in Sicologia - Siquiatria.

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Una personalidad mal formada tiene efectos sobre las emociones, el pensamiento, el comportamiento y las relaciones del afectado

Los trastornos de la personalidad son una patología que afecta a entre el 5% y el 15% de la población. Se dan tanto en hombres como en mujeres e impiden que la persona se adapte a su entorno y generan un importante sufrimiento psicológico. Los primeros síntomas se dan durante la adolescencia o al inicio de la edad adulta. A pesar de que entre la comunidad científica predomina la idea de que su origen se debe a una suma de factores biológicos y ambientales, muchos especialistas consideran que la raíz de estos trastornos hay que buscarla en la infancia. Su tratamiento se realiza, por norma general, con una combinación de psicofarmacología y psicoterapia.

* Autor: Por JOSÉ ANDRÉS RODRÍGUEZ
* Fecha de publicación: 15 de agosto de 2010

La personalidad: la manera de ser

La personalidad es la forma reconocible por uno mismo y por los demás de comportarse y relacionarse con el entorno, la columna vertebral sobre la que se construye toda la vida psicológica. El sufrimiento que generan los trastornos de la personalidad no tiene que ver con circunstancias externas sino que deriva, precisamente, de que la estructura básica no está bien formada. La personalidad se tambalea y la mayor parte de los ámbitos de la vida de la persona se ven afectados: las emociones, el pensamiento, el comportamiento y las relaciones.

Por este motivo, para diagnosticar un trastorno de la personalidad es necesario descartar que haya factores externos (divorcio, consumo de drogas u otros trastornos) que expliquen los problemas psicológicos. A pesar de que se trata de una patología muy frecuente, no es tan conocida como la depresión o la ansiedad, cuya incidencia en la población es mucho menor. Este desconocimiento provoca que muchas personas sufran un trastorno de la personalidad sin saberlo.

“Creo que hay muchas personas con trastorno de la personalidad que están sin diagnosticar y que, de manera clara, llevan una vida de no adaptación al medio”, según Elisabeth Sogorb, psicóloga especializada en el trastorno límite de la personalidad en la Fundación ACAI-TLP. Aunque no reciban tratamiento, la intensidad de estos trastornos suele disminuir con la edad. Por otro lado, la prevalencia es mayor en ambientes marginales y de desintegración social, y cuando se mejoran las condiciones en estas zonas, las cifras disminuyen.

Características generales

Los afectados manifiestan una serie de comportamientos y sentimientos rígidos y desadaptativos que les generan sufrimiento psicológico y problemas en sus relaciones personales. Esta forma de actuar es duradera y no se limita a episodios concretos de su vida. Las primeras señales, a menudo, se observan ya al final de la infancia o durante la adolescencia; y se prolongan durante la madurez. Estas personas creen que su forma de ser es inevitable. Aseguran que, muchas veces, intentan cambiar pero sienten que ello no depende de su voluntad; consideran que son así, que es su forma de ser.

Actualmente, predomina la idea de que su origen se debe a una suma de factores biológicos y ambientales. De todos modos, muchos expertos consideran que la raíz de estos trastornos hay que buscarla en la infancia.

“Lo principal son los primeros vínculos del bebé con el entorno: padre y madre. Si se crea un buen apego, la personalidad se puede formar con confianza y se pueden generar buenos relaciones también con el exterior y con las personas de fuera de la familia (colegio, amigos, etc.). Aunque las causas son múltiples: hay aspectos biológicos y genéticos que hacen que la persona sea más vulnerable a padecer un trastorno de la personalidad, ya sea por su extrema sensibilidad o porque es muy reactiva. Y si, además, se forma en un ambiente no contenedor, desestructurado, que no entiende su sensibilidad, se puede producir un trastorno de la personalidad”, explica Elisabeth Sogorb.

Diagnóstico reciente

No es extraño que estos trastornos sean poco conocidos, porque se empezaron a estudiar hace treinta años, esto es poco tiempo en términos de historia de la ciencia. “Antes no se hablaba de trastorno de la personalidad, sino de personalidad psicopática”, explica Joan Romeu, psiquiatra y neurólogo. “De esta manera, se definía a las personas que no sufrían un trastorno mental pero que tenían algunos rasgos psicopatológicos”, añade. Da la impresión de que cada vez se diagnostican más trastornos de la personalidad, pero tiene que ver con el aumento de la esperanza de vida.

La esperanza de vida es mayor y hay más tiempo de sufrir más enfermedades. Además, la población ha aumentado mucho. Algunos trastornos de la personalidad se pueden considerar como formas menos graves de otras enfermedades mentales. Por ejemplo, es el caso del trastorno esquizotípico de la personalidad y el trastorno esquizoide de la personalidad. Son menos graves que la esquizofrenia pero comparten algunos rasgos con ésta.

Lo mismo sucede con el trastorno de la personalidad obsesiva-compulsiva y el trastorno obsesivo-compulsivo. De todos modos, cabe remarcar que hay algunos trastornos de la personalidad especialmente graves, “como el trastorno límite de la personalidad y el trastorno narcisista de la personalidad”, apunta Romeu.

Tipos de trastornos de la personalidad

Hay numerosos trastornos de la personalidad con importantes diferencias entre ellos. El DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), que emplean la mayoría de los psiquiatras y psicólogos, los divide en tres ejes o grupos:

Grupo A (trastornos raros o excéntricos)

  • Trastorno esquizoide de la personalidad: personas que no necesitan a los demás. Son fríos e introvertidos. Viven muy aislados. Este trastorno comparte muchos rasgos con la esquizofrenia pero es menos grave. Tiene mal pronóstico porque es difícil que la persona que lo sufre se vincule a un tratamiento.
  • Trastorno esquizotípico de la personalidad: las personas que lo padecen tienen relaciones personales muy pobres. Además, se comportan y hablan de una forma rara, tienen ideas alejadas de la realidad, son un poco paranoicos. No hay que confundir este trastorno con la esquizofrenia, porque los esquizotípicos están mucho más conectados con la realidad y no tienen alucinaciones.
  • Trastorno paranoide de la personalidad: los afectados interpretan casi siempre las conductas de los demás como malintencionadas. Son personas muy desconfiadas, irascibles y suspicaces. Intentan comportarse de forma fría y distante con los demás porque tienen miedo de que éstos descubran sus presuntos puntos débiles y se aprovechen de ellos.

Grupo B (trastornos dramáticos, emocionales o erráticos)

  • Trastorno antisocial de la personalidad: personas sin respeto por las normas sociales o los derechos de los demás. Muchas caen en la delincuencia. Tampoco tienen ningún sentimiento de culpa. Está considerado como uno de los trastornos de la personalidad más difíciles de tratar porque la persona que lo sufre difícilmente reconocerá que tiene un problema. Antiguamente, eran conocidos como “psicópatas”. Es frecuente que durante la niñez sufrieran algún tipo de abandono emocional.
  • Trastorno límite de la personalidad: uno de los trastornos de la personalidad más graves porque presenta una alta tasa de suicidio. Se caracteriza por inestabilidad emocional, impulsividad, autoagresiones, intentos de suicidio, sentimientos crónicos de vacío y miedo al abandono real o imaginario. Afecta a tres mujeres por cada hombre. Las personas que lo sufren suelen caer en conductas de riesgo como promiscuidad o consumo de drogas. Algunos estudios señalan que es frecuente que hayan sufrido algún tipo de abuso sexual durante la infancia.
  • Trastorno histriónico de la personalidad: los histriónicos actúan de una forma muy exagerada y dramática porque quieren llamar la atención. Pueden ser personas perfectamente integradas, con muchas relaciones sociales, con éxito laboral. Son seductores, están muy pendientes de lo que los demás piensan de ellos, necesitan ser el centro de atención, son muy expresivos y exagerados con las emociones (los demás suelen tener la sensación de que son muy afectados) y cambian de estado emocional de forma muy rápida en función de sus intereses.
  • Trastorno narcisista de la personalidad: los narcisistas tienen fantasías de grandiosidad y éxito, necesitan llamar constantemente la atención, no pueden empatizar con los demás, necesitan su admiración y son muy pretenciosos y soberbios. Son muy sensibles al fracaso y la crítica. Esperan ser admirados. Y, si no se sienten así, creen que les envidian. Este trastorno puede ser muy grave y es muy difícil de tratar.

Grupo C (trastornos ansiosos o temerosos)

  • Trastorno de la personalidad dependiente: quienes lo sufren necesitan de manera desesperada a los demás para satisfacer sus necesidades psicológicas, incluso para tomar las decisiones más sencillas y tienen mucho miedo a ser abandonados. No les gusta sentirse solos. Es uno de los trastornos de la personalidad más habituales.
  • Trastorno de la personalidad por evitación: la característica principal es un patrón general de inhibición social y de sentirse inadecuado o fuera de lugar. Sufren por su aislamiento. Los afectados son muy sensibles a las opiniones que los demás tienen de ellas. Pero no responden con rabia si sienten rechazadas, sino que optan por la sumisión. Necesitan gustar a los demás, tienen pánico a hacer el ridículo y evitan el contacto social en la medida de lo posible. Este trastorno se parece mucho a la fobia social, por lo que a veces es difícil de diagnosticar.
  • Trastorno de la personalidad obsesiva-compulsiva: estas personas están muy preocupadas por las reglas, el orden y el control. Tienen muchas dudas y preocupaciones y son muy perfeccionistas, escrupulosos y obstinados. Se quejan de que se sienten invadidos por pensamientos que no pueden controlar. Se da con más frecuencia en los hombres. Suelen mejorar de forma más rápida y evidente que el resto de los trastornos de la personalidad.

CÓMO SE TRATAN

En un buen número de casos, los tratamientos de los trastornos de la personalidad son una combinación de psicofarmacología y psicoterapia. Hay síntomas que responden muy bien a los psicofármacos. Por ejemplo, algunos antidepresivos son adecuados para los síntomas obsesivos típicos del trastorno de la personalidad obsesiva-compulsiva. Asimismo, en las personas esquizotípicas se utilizan antipsicóticos. Por otro lado, en muchos de estos trastornos son habituales los síntomas ansiosos o depresivos, por lo que se prescriben ansiolíticos o antidepresivos.

En todo caso, la mayoría de los expertos coinciden en la importancia de realizar algún tipo de psicoterapia para mejorar el problema de base: la personalidad. Elisabeth Sogorb señala que “los tratamientos de estos trastornos son, sobre todo, psicológicos, ya que lo que se ha de cambiar del paciente es su forma de estar en el mundo, de relacionarse con las personas y con ellos mismos. Lo principal es la terapia psicológica que reciba el paciente, sea de orientación psicoanalítica o de cognitivo-conductual. Lo más importante es que el paciente se sienta cómodo con el terapeuta y que confíe en él para poder trabajar”.

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Según un estudio, un tono muscular en los brazos y procesamiento visual anormales son evidentes en bebés de meses

Por Jenifer Goodwin
Reportero de Healthday

MARTES, 3 de agosto (HealthDay News/HolaDoctor) — Las señales de autismo podrían presentarse en bebés de hasta un mes de edad, según muestra un estudio reciente.

Pero dichas señales no son las alarmas usuales, como la falta de contacto visual o sonrisas, anotaron los investigadores.

En vez de esto, encontraron que los bebés que necesitaban cuidados intensivos neonatales y luego se les diagnosticó un trastorno del espectro autista eran más propensos a presentar un tono muscular anormal en los brazos y diferencias en su procesamiento visual que los bebés que se desarrollaron de forma normal tras el tiempo que pasaron en la unidad de cuidados intensivos neonatales (UCIN).

Las diferencias, que eran sutiles y probablemente algo que los padres no captarían con facilidad, fueron detectadas por expertos entrenados que observaron a los bebés de cerca, señaló el coautor del estudio, Ira Cohen, catedrático del departamento de psicología del Instituto de Investigación Básica sobre Discapacidades del Desarrollo del Estado de Nueva York.

Aún así, “cualquier padre preocupado sobre el desarrollo de su hijo debe pedir que lo evalúen”, aconsejó Cohen.

El autismo es un trastorno del desarrollo neural que se caracteriza por problemas con la interacción social, la comunicación verbal y no verbal, e intereses y conductas restringidas.

Si los hallazgos del estudio son confirmados por investigaciones futuras, podrían llevar a una identificación y tratamiento más tempranos para los niños autistas, aseguran los expertos.

Para el estudio, que aparece en la edición de septiembre de la revista Pediatrics, los investigadores identificaron a 28 bebés que estuvieron en la UCIN y a los que luego se les diagnosticó un trastorno del espectro autista. Los compararon con 112 bebés del mismo sexo y edad gestacional que no tenían autismo.

La conducta y el desarrollo de los niños se evaluó al mes de edad, a los cuatro meses, y de forma periódica hasta los dos años.

Al mes de edad, los bebés que luego seles diagnosticó autismo eran más propensos a mostrar “anomalías neuroconductuales persistentes” tras ser dados de alta del hospital, en comparación con los demás bebés. Alrededor del 40 por ciento de los bebés que luego se les diagnosticó autismo mostraron anomalías en la forme en que rastreaban visualmente objetos, en comparación con el 10.5 por ciento de los bebés que no recibieron tal diagnóstico.

Más de la mitad de los bebés que luego se les diagnosticó autismo tenían un tono anormal en los brazos, o demasiado flojo o demasiado rígido, en comparación con 22 por ciento de los bebés que se desarrollaron con normalidad.

A los cuatro meses, los bebés que luego se les diagnosticó autismo preferían mayores cantidades de estimulación visual que los demás bebés de su edad. Para evaluarlo, los investigadores mostraron a los bebés destellos de luz a distintas velocidades. A los niños se les dio la opción de ver un monitor con luces que estimulaban la visión más o menos. Los investigadores determinaron la preferencia al medir cuánto tiempo miraba el bebé cada monitor.

“Encaja anecdóticamente con lo que observamos luego”, aseguró Cohen. “A los niños autistas les gusta ver cosas que se mueven frente a sus ojos, como manos que se agitan, o seguir contornos”.

Entre los siete y diez meses, los bebés luego se les diagnosticó autismo también mostraron un declive en sus habilidades de pensamiento y motrices, tal vez como consecuencia de las señales sensoriales y motrices muy tempranas. Para alrededor de los trece meses, el desarrollo de los niños autistas comenzó a diferenciarse marcadamente de los que no sufrían la afección, según el estudio.

“El motivo de intentar identificar a estos niños antes es que se puede comenzar la intervención más temprano, y los datos indican que mientras más pronto se inicie la intervención, mejor le va a los niños”, aseguró Cohen.

Los autores escribieron que la intervención para los dos años de edad ofrece el mejor resultado.

Los investigadores enfatizaron que esta investigación se llevó a cabo con bebés de la UCIN. Se necesita más investigación para confirmar si los bebés nacidos a término y saludables que luego se les diagnosticó autismo muestran tipos similares de anomalías desde temprano, señaló Cohen.

Cálculos recientes apuntan a que el número de niños de EE. UU. que tienen el trastorno es de uno por cada 110, una cifra que ha aumentado de manera constante desde los 80, según la información de respaldo del estudio.

Investigaciones anteriores han encontrado que los niños nacidos prematuramente o con bajo peso son más propensos a desarrollar autismo, aunque la mayoría de niños autistas no son prematuros, comentó la Dra. Rebecca Landa, directora del Centro de Autismo y Trastornos Relacionados del Instituto Kennedy Krieger en Baltimore.

Landa dijo que los profesionales médicos que cuidan a bebés que han pasado por la UCIN deben prestar más atención a las anomalías del tono muscular.

“Una de las grandes moralejas de este estudio es que los investigadores informan sobre el tono muscular y el sistema visual, cosas que no son lo que uno observaría, o esperaría como precursores del autismo”, planteó Landa. “Ahora pensamos que las señales principales de autismo en un bebé no serán los factores obvios conocidos como la expresión facial y el contacto visual”.

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Un estudio encuentra que el abandono escolar o el retraso en la graduación son más comunes entre los niños con el trastorno de la atención

MIÉRCOLES, 28 de julio (HealthDay News/HolaDoctor) — Los adolescentes que sufren del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) son más propensos a abandonar la secundaria, o a graduarse con retraso, que otros jóvenes, según un estudio reciente.

Los investigadores analizaron datos de EE. UU. y encontraron que casi un tercio de los estudiantes con el tipo más común de TDAH abandonan la secundaria o se gradúan con retraso. Esa tasa duplica la de los estudiantes sin trastornos psiquiátricos.

Hay tres tipos de TDAH, el hiperactivo, el de falta de atención y el mixto, que incluye síntomas de hiperactividad y falta de atención. Cuando se combinaron, los estudiantes que sufrían de TDAH con falta de atención o mixto tenían una tasa de abandono escolar de 28.6 por ciento. Pero cuando fueron observados de forma independiente, los estudiantes con TDAH mixto tenían una tasa de 32.3 por ciento.

“La mayoría de personas piensan que el estudiante que se comporta mal, que miente y que roba, es el que tiene más probabilidades de dejar la escuela. Pero encontramos que los estudiantes con el tipo mixto de TDAH, que es el más común, tienen mayores probabilidades de abandonar la escuela que los estudiantes que tienen problemas de disciplina”, apuntó en un comunicado de la Universidad de California en Davis la autora principal del estudio Julie Schweitzer, experta en TDAH y profesora asociada de psiquiatría y ciencias conductuales de la institución educativa.

“Este estudio muestra que el TDAH es un trastorno grave que afecta la capacidad de un niño de tener éxito en la escuela, y por tanto en una forma que puede limitar el éxito en la vida”, añadió.

Desarrollar métodos para ayudar a los estudiantes con TDAH a graduarse de la secundaria podría tener beneficios sociales significativos a largo plazo, según Schweitzer.

“Si no se cuenta con un diploma de secundaria, se generarán menos ingresos. No podrá comprar casas ni automóviles. Las personas que abandonan la secundaria son más propensas a depender de la ayuda pública. Se trata de un trastorno que tiene impactos graves a largo plazo sobre la capacidad de tener éxito y contribuir a la sociedad, no sólo en la escuela, sino durante toda la vida”, advirtió.

Los investigadores también encontraron tasas altas de abandono escolar entre estudiantes que sufrían de otros trastornos de salud mental. Las tasas fueron de 26.6 por ciento entre los que tenían un trastorno del estado de ánimo, de 24.9 por ciento entre los que sufrían de un trastorno de pánico, y de hasta 20 por ciento entre los que padecían trastorno por estrés postraumático, depresión, trastorno de ansiedad generalizada y fobia social.

Fumar también se asoció con un alto riesgo de abandono escolar. El estudio encontró que el 29 por ciento de los estudiantes que fumaban no terminaban la secundaria a tiempo, frente a veinte por ciento de los que usaban alcohol y 24.6 por ciento de los que usaban drogas.

El estudio aparece en la edición en línea de julio de la revista Journal of Psychiatric Research.

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Investigadores hallan vínculo entre ambos males

Por BBC Mundo

Las personas que sufren depresión podrían tener el doble de riesgo de desarrollar demencia más tarde en la vida, afirman científicos.

Los expertos saben que ambas enfermedades a menudo coexisten, pero hasta ahora no había estado claro si en realidad una lleva a la otra.

Ahora dos estudios publicados en la revista Neurology sugieren que la depresión hace que la demencia sea más probable es un individuo. Pero los científicos no saben por qué.

La investigación subraya que este hallazgo sólo revela un vínculo y no una causa directa.

Los investigadores dicen que se necesitan más estudios para confirmar por qué ambos trastornos están vinculados.

Se cree que los compuestos químicos del cerebro y los factores de estilo de vida, como la dieta y las relaciones sociales, pueden jugar un papel.

La doctora Jane Saczynski de la Universidad de Massachusetts, quien dirigió el primero de los dos estudios, afirma que “aunque no está claro si la depresión causa demencia, hay varias formas por las que la depresión puede tener un impacto en el riesgo de demencia”.

“La inflamación del tejido cerebral que ocurre cuando una persona está deprimida podría contribuir a la demencia. Ciertas proteínas que se encuentran en el cerebro que aumentan con la depresión también podrían incrementar el riesgo de desarrollar demencia”, dice la investigadora.

Este estudio, que siguió a 949 ancianos durante 17 años, mostró que a menudo la demencia surge después de una crisis de depresión.

Al final del estudio, 164 de los participantes habían desarrollado demencia.

Específicamente, un 22% de los que tenían depresión desarrollaron demencia, comparado con un 17% de los que no sufrieron depresión.

Factor de riesgo

El segundo estudio, mientras tanto, siguió a 1,239 personas y analizó el vínculo entre el número de veces que una persona había experimentado depresión y su riesgo de demencia.

El estudio mostró que cuantas más veces una persona había sufrido depresión, mayor su riesgo de demencia.

Aquellos que habían tenido dos o más episodios de depresión mostraron casi el doble de riesgo de demencia.

Según Rebecca Wood, presidenta ejecutiva del Fondo de Investigación de Alzheimer del Reino Unido, afirma que “la similitud en los síntomas de la demencia y la depresión puede significar que ambas se confunden en el momento del diagnóstico, pero no sabemos porqué están biológicamente vinculadas”.

“Estos estudios sugieren que puede haber conexiones profundas entre la demencia y la depresión, así que es necesario ampliar la investigación para obtener más información”.

Por su parte, el profesor Clive Ballard, de la británica Sociedad del Alzheime, está de acuerdo en que es necesario llevar a cabo más estudios para establecer por qué existe este vínculo entre ambas enfermedades.

“Es bien sabido que la depresión es común en las primeras etapas de la demencia. Lo que estos estudios demuestran es que la depresión en una edad joven es probablemente un factor de riesgo significativo de demencia”, expresa el experto.

elnuevodia.com

Citas para El Alma

Perder un empleo tiene repercusiones que van más allá de la reducción del poder adquisitivo

Para numerosas personas, la crisis económica ha supuesto un auténtico descalabro. En torno a 4.600.000 estaban desempleadas en España en el mes de abril, según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). Esta cifra supone que más del 20% de los ciudadanos en edad de trabajar está en paro y es el dato numérico de muchos dramas familiares y personales. No sólo se trabaja para ganarse la vida, sino también para lograr el desarrollo personal. Por este motivo, desde la vertiente psicológica, perder el empleo resulta demoledor, incluso aunque los recursos económicos estén asegurados.

* Autor: Por CLARA BASSI
* Fecha de publicación: 23 de mayo de 2010

¿Qué significa estar parado?

Cuando se han disparado todas las alarmas por las cifras de personas que permanecen desempleadas en España, cabe reflexionar sobre el malestar psicológico que causa esta situación. En su libro “El impacto psicológico del desempleo”, José Buendía, profesor de Psicopatología de la Universidad de Murcia, ahonda en esta cuestión más allá del dato estadístico. Desvela por qué es tan destructivo perder un empleo y defiende la aplicación de soluciones sociales, más allá del subsidio, para aliviar el dolor psicológico de los desempleados.

Síndrome de la invisibilidad

El primer gran impacto del desempleo es el padecimiento del síndrome de la invisibilidad, afirma este psicólogo. Cuando una persona es víctima de este síndrome, siente que “no le ven”. “En esta sociedad, a pesar de la crisis, sólo cuenta la productividad, el parecer o el tener”, manifiesta Buendía. Los parados vagan por las calles, donde observan cómo los cines, los escaparates, los restaurantes, los cafés o las oficinas funcionan, sin que ellos puedan consumir ni formar parte de ese engranaje productivo que constituye el mercado de trabajo.

El mundo sigue, pero cada vez hay más personas desempleadas y aquejadas por un profundo malestar psicológico, con el agravante de que muchas no se atreven a pedir ayuda por vergüenza o por orgullo.

El beneficio del trabajo

Mientras se trabaja, son muchos quienes se lamentan de los horarios, el salario, las relaciones laborales o el estrés, entre otros factores. Pero el trabajo es una fuente muy importante de bienestar psicológico y social, que se constata cuando se pierde. “Obtener un empleo es una expectativa social y cultural adquirida desde la infancia y, desde entonces, continuamente reforzada a través de las influencias de la escuela, la familia y los medios de comunicación”, explica Buendía. Cuando una persona logra formar parte del mundo laboral, accede a un nuevo estatus y a una nueva identidad social. El desempleo interrumpe ese proceso y se convierte en una sensación de derrota y fracaso.

El trabajo tiene unas funciones manifiestas, como percibir un salario y las condiciones mismas del empleo, que justifican que los trabajadores experimenten sentimientos negativos hacia su ocupación. Pero también tiene unas funciones latentes que justifican todo lo contrario: una motivación positiva hacia el empleo, incluso aunque sus condiciones salariales y laborales no sean muy favorables.

Entre esas funciones latentes, cabe distinguir cinco: el empleo impone una estructura del tiempo, implica experiencias compartidas y contactos con personas ajenas al núcleo familiar, vincula al individuo con metas y propósitos que rebasan el propio yo, proporciona un estatus social y clarifica la identidad personal y, por último, requiere de una actividad habitual y cotidiana. Puesto que no sólo se trabaja para ganarse la vida, sino también para el desarrollo personal, perder el empleo resulta destructivo desde la vertiente psicológica, incluso cuando se tenga una fuente de ingresos económicos asegurada.

Jóvenes y mayores, consecuencias distintas

Las consecuencias psicológicas son diferentes para los distintos grupos de población. En la juventud, el desempleo prolonga la dependencia de los padres y provoca un estado de agresividad y de rebelión que, poco a poco, deriva en otro de marginalidad “con propensión hacia vías alternativas de socialización, como la delincuencia”, añade el profesor José Buendía. Los jóvenes viven el paro como un fracaso y esto puede abocarles a la depresión, reducir sus relaciones sociales y aumentar su pasividad.

A menudo, se recluyen en casa para ver la televisión o escuchar música y experimentan vergüenza ante la familia, porque sienten que les han mantenido y se han sacrificado en beneficio de su preparación profesional. Es más, algunos estudios constatan que los jóvenes acaban imbuidos por sentimientos de apatía y resignación, y abandonan la búsqueda de trabajo ante los fracasos repetidos. Otras veces, en especial quienes tienen un elevado nivel cultural, transforman su irritabilidad en trastornos psicofisiológicos que se concretan en problemas digestivos, broncopulmonares y dermatológicos. Y muchos acaban por pensar que son ellos los verdaderos culpables de estar en el paro.

Los adultos pasan en general por varias fases ante un despido. Primero experimentan un shock, se sienten sorprendidos por la noticia, desorientados y tienen miedo. Después, creen estar de vacaciones (aún no han interiorizado que están desempleados), lo perciben como una situación temporal y, a menudo, se dedican a hacer arreglos en la vivienda durante un tiempo. Pero llega un punto en el que tienen la necesidad de buscar trabajo y, ante los repetidos fracasos, se sienten ansiosos e irritables, una fase que puede durar varios meses y que puede derivar en distintos trastornos psicofisiológicos.

Por último, terminan por reconocer su identidad de desempleados y la viven como un fracaso personal y social. Igual que los jóvenes, tienden a quedarse en casa ante la televisión o duermen más horas de lo habitual, con una enorme sensación de vacío.

Golpe a la autoestima

En España, la mentalidad de las generaciones más mayores, educadas para tener un empleo para toda la vida, tampoco ayuda a salir de esta espiral. En cambio, entre la gente más joven, es normal que se cambie de actividad y de profesión. En Estados Unidos, se calcula que, durante su vida activa, una persona tiene entre 5,6 y 7 empleos distintos, informa Buendía. No obstante, “al desempleado no hay que tenerle lástima ni caridad. Debe recibir el mensaje de que ser parado no es lo que le define. El desempleo es una transición entre dos trabajos. Y debe mantener una actitud de las ’3 C’: combativa, comprometida y de control de la situación”, puntualiza.

A pesar de todo, el desempleo supone un golpe a la autoestima. Sus efectos serán más intensos entre las personas que perciben el trabajo como algo atractivo, tienen altas expectativas de conseguir empleo y están muy motivados para buscarlo. Quienes tienen una actitud más positiva hacia el trabajo sufrirán con más intensidad los efectos del paro.

Según añade el especialista, el despido también es un riesgo para la salud física de las personas, hasta el punto de que puede considerarse un factor más de riesgo cardiovascular. Cuando un desempleado se siente atrapado en la espesa red de preocupaciones diarias con motivo de haber perdido el trabajo, son frecuentes los sentimientos de fracaso, la sensación de no soportar cargas familiares y frustración, pero también de ira, rabia y hostilidad. Además, se ha demostrado que una irritabilidad desproporcionada, el sentimiento de desmoralización y, sobre todo, la hostilidad constituyen un factor clave que pueden llevar a trastornos cardiovasculares.

Este aumento del riesgo es independiente de la edad, el estado civil, el nivel educativo, la posición socioeconómica y otros factores de riesgo cardiovascular como el colesterol, la obesidad, la hipertensión, el consumo de alcohol o la baja actividad física.

MODELO S.O.S.

Es un error pensar que los problemas por estar en paro se reducen a la pérdida de ingresos e intentar paliarlo con la ampliación de la cobertura del subsidio por desempleo. José Buendía destaca que se necesita también disponer de un lugar en la sociedad, niveles adecuados de autoestima para poder funcionar como persona, realizar unas actividades que los otros reconozcan y valoren y, sobre todo, “la percepción de suficiente apoyo”.

En línea con esta filosofía, José Buendía y el profesor Francisco Ramos, de la Universidad de Salamanca, han ideado el Modelo S.O.S. (Supervivencia, Organización y Solidaridad) contra la crisis. Ambos profesionales sostienen que no hay que “psicologizar” la crisis -tratar desde el punto de vista de esta disciplina- cuando se habla de la atención psicológica a los desempleados, ni suministrarles psicofármacos, sino proporcionarles técnicas de supervivencia, organización y solidaridad e implicar a toda la sociedad.

Las técnicas de supervivencia y solución son fundamentales para dejar atrás las lamentaciones y empezar a ejecutar planes de acción, en los que se deberían implicar profesionales que puedan resolver estos problemas desde una perspectiva clínica y laboral. La organización se refiere a los recursos y medios disponibles de todas las instituciones, así como a la necesidad de coordinarse a escala mundial, mientras que la solidaridad social es una llamada para colaborar de manera económica y humana con las personas desfavorecidas para amortiguar el impacto de la crisis, así como con las ONG que ya trabajan en este ámbito.

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A menudo escuchamos gente (e incluso niños y adolescentes) decir no quiero ir al psicólogo porque yo no estoy loco(a), por lo que resulta necesario aclarar las diferencias y dejar claro que ambos profesionales de la Salud Mental trabajan en coordinación como un equipo, en busca de prevenir, evaluar y/o curar las enfermedades mentales.

Básicamente podemos decir que hay una diferencia en la formación profesional de cada uno:  el psiquiatra es un médico que hizo como especialidad la Psiquiatría; el psicólogo es un licenciado en Psicología, que además de la licenciatura probablemente haya cursado una especialidad o una maestría en un área de la Psicología como puede ser Clínica, Industrial, Escolar, etc.  Normalmente al psicólogo(a) clínico(a) es a quien confunden con el o la psiquiatra,  ya  es quien coincide en el campo de acción, pues el psicólogo escolar o industrial tiene áreas  “más definidas” o su campo de acción está más delimitado, que del clínico.

Otra gran diferencia es con respecto al tratamiento o intervención: los psiquiatras, como médicos que son,  utilizarán, dependiendo el caso,  los medicamentos o lo que es lo mismo, la farmacoterapia; en cambio, los psicólogos que se dedican al área Clínica dependen casi exclusivamente de lo que es la Psicoterapia, que consiste en el manejo de los conflictos y problemáticas humanas a través del diálogo principalmente y de otras técnicas específicas creadas con el fin de modificar pensamientos irracionales, conductas inapropiadas, etc.

El uso de pruebas o test psicométricos es propio del profesional de la psicología, sin importar el área, es otra de la tareas que lo distinguen  del psiquiatra.  Dichas pruebas buscan medir desde los niveles de inteligencia, perfiles de personales, autoestima, etc., hasta las actitudes e intereses vocacionales de las personas.  Es frecuente que el psiquiatra refiera al cliente al psicólogo para ser evaluados mediante pruebas y escalas diseñadas según se requiera.

Es importante destacar que las enfermedades o más bien, trastornos mentales están definidos claramente y aparecen  clasificados en lo que se conoce como DSM o Manual Diagnóstico  y Estadístico de los Trastornos Mentales.  Dichos trastornos pueden ir desde el insomnio, las fobias, retraso mental, enuresis, hasta trastornos sexuales, del estado del ánimo , trastornos psicóticos y esquizofrenia.  Lo que quiere decir que todos son del campo de acción de ambos profesionales, lo que determinará adónde acudir es quizás, la fase en que se encuentre el trastorno y la gravedad del mismo, además de las particularidades de cada profesional, pues un psiquiatra puede ser psicólogo al mismo tiempo o terapeuta familiar, por ejemplo.  Para ilustrar, un paciente con un trastorno del estado del ánimo (depresión por ejemplo),  puede ser atendido por el psiquiatra y el psicólogo en conjunto, o por uno de los dos, y en algunos casos, por el neurólogo.  Lo importante es que la persona reciba el tratamiento ya sea farmacológico y/o psicoterapeútico  según requiera la situación.

Asimismo, podemos agregar que dificultades menores, tales como conflictos personales, de interrelación,  etc. y que no requieren medicación, pueden ser tratados por los psicólogos y terapeutas especializados tales como terapeuta sexual, familiar, de pareja, etc.

elnuevodiario.com.do



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